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05:07h. Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Las Ánimas de Ercheje

Cansado de sufrir esas inoportunas visitas "cuasi anuales" en sus predios, pensó en  una estratagema con la que poner remedio y llegó a la conclusión que, la aparición espontánea de  unos “espíritus” en su finca serían la solución definitiva.

Muchos son los avatares y vivencias que han protagonizado aquellos habitantes de cualesquier rincón de  La Gomera en los albores del mil novecientos, unas han permanecido en la memoria popular y  otras tantas, las que a lo largo de los años se han perdido definitivamente; bien por falta de quienes las recopilasen o, porque algunos episodios de esa cotidianidad,  ha convenido sepultar en el olvido.

La Gomera, isla que de manera similar a otras del archipiélago, sufrió un profundo  aislamiento y atraso en comparación con otros territorios del país y la época, se le sumo el hándicap añadido al de una población dominada por “terratenientes” o “caciques” que para nada deseaban perder ese “status quo” y que les permitía vivir de un pueblo “sumiso por necesidad”.

Desgranar el rosario de calamidades y abusos a los que muchos fueron sometidos, nos llevaría sin duda, más que páginas toda una Biblia; episodios que por funestos y cruentos, se han querido, como he dicho, silenciar y dejar sepultados como algunos de sus protagonistas. 

Pero el gomero de la época, hombre sufrido pero afable, servicial y compasivo, supo siempre “hacer de tripas corazón” y sobre todo, agudizar el ingenio y crecerse ante las adversidades.
Pero vayamos al anecdotario y de cómo, con más imaginación que recursos, en determinado lugar del Valle y a partir de esa fecha, las frutas de la finca “caían maduras al suelo” sin que nadie se atreviese a tocarlas.

Decía que la vida cotidiana por aquel entonces, no resultaba fácil en un tiempo en el que lo que “daba la tierra” era a lo único a lo que aferrarse para mitigar, en parte, la aguda escasez  de productos y que los mismos eran guardados con tanto celo como “cazuela de leche al fuego”, habida cuenta que no todos tenían la suerte de poseer un “trozo de tierra”, ya fuere incluso de medianerías, porque en propiedad era artículo de lujo.

Lógicamente, aquellos que, no teniendo más recursos que una extensa prole,  hambre crónica y grandes dotes para la supervivencia; se afanaban como podían en “arañar” de aquí y allí lo que podían por mor de saciar las cornadas de las tripas que constantemente protestaban reclamando sustento.
Claro que, es entendible, que con el ronronear del estómago, se obnubilasen otros sentidos y, lo de “tomar prestado” alguna fruta o verdura de la huerta del vecino, casi llegase a ser “cotidiano”. 

En la zona de Ercheje, una finca era “visitada” por épocas de vendimias con ese fin y como es de suponer, su dueño, que también esperaba la ansiada cosecha, se encontrase con la sorpresa de que alguien se le había adelantado en las tareas de recolección.
Cansado de sufrir esas inoportunas visitas cuasi anuales en sus predios, pensó en  una estratagema con la que poner remedio y llegó a la conclusión que, la aparición espontánea de  unos “espíritus” en su finca serían la solución definitiva.

Dicho y hecho. Una noche oscura de abril y cuando aún las frutas y demás hortalizas esperaban el tiempo de acrecencia y madurez,  pertrecho a sus seis hijos con sendas calabazas agujereadas al más puro "estilo Halloween" y en las que había introducido una vela.

Llegados al lugar y con unos movimientos previamente establecidos, los portadores de las calabazas con las velas encendidas, iban apareciendo y desapareciendo a la vista de todos, dando la sensación que un espíritu de luz recorría a toda prisa toda la finca. La puesta en escena de la supuesta aparición se prolongó durante más de tres horas, tiempo suficiente para que fuese vista por todos y quedase de manifiesto que en aquel lugar habían fantasmas o algo parecido.

Como quiera que, el atribuir una explicación mágica a la generación de fenómenos no conocidos o de dudosa etiología, era costumbre bastante extendida; muchos dieron por sentado que lo sucedido esa noche guardaba relación con lo “maligno”.

Durante bastantes días posteriores, la “comidilla” en las reuniones y mentideros del pueblo, eran la de las luces misteriosas que se divisaron durante horas en Ercheje y que éstas, a buen seguro decían, eran almas que penaban en busca del descanso eterno y a las que cabía dejar marchar sin tan siquiera acercarse al lugar para no importunarlas y caer en desgracia. 

Y así, con esa “obra teatral” magistralmente interpretada, el dueño de uno de los terrenos de Ercheje, pudo ser ese año y los venideros, el único recolector de la “Finca de las ánimas”.

José Andrés Medina, Editor y Director de GomeraActualidad.com

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