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07:58h. Sábado, 19 de Enero de 2019

El Ángel del Palmar en Hermigua

Cada luna llena de Febrero, la zona del Palmar en Hermigua, es visitada por lo que parece la figura etérea  de un joven que busca, desesperado,  un abrigo para su abuela.

Cuenta la leyenda que, cuando en la isla de La Gomera no existían carreteras, los caminos y veredas que unían los diferentes pueblos eran casi tan transitados en horas nocturnas como diurnas. Y es que, por aquel entonces,  cualquier cuestión relacionada con la vida diaria, como el comercio, la salud u otros, pasaban indefectiblemente por la necesidad de recorrer a pie las distancias que separaban de unos a otros, los pueblos.

Precisamente, por cuestiones “médicas”  es lo que motivó que nuestros protagonistas iniciaran el camino hacia la Capital y sin saberlo, la historia que les relatamos.

Carmita era por aquel entonces una afamada “partera” y adelantada conocedora del tratamiento de ciertas enfermedades  pese a no haber estudiado ni tener relación directa con la Medicina. Ayudaba, la mayoría de las veces, de forma altruista a quienes se acercaban a su casa o solicitaban su “auxilio” en el de estos porque, Carmita era así; generosa y desprendida, sin ambiciones de riquezas y cosas materiales a las que aspiramos la mayoría de los humanos.

Pese a ser tan “generosa”  y poco dada a cobrar por ayudar a los demás, a nuestra protagonista no le faltaba en su humilde casa lo fundamental para llevar una vida feliz y tranquila, aún en el panorama de dificultades y escasez que se padecía en aquellos tiempos.

Abuela de tres zagales y viuda de un” señor venido a menos” que un día embarcó para “Ultramares” y que nunca más recordó regresar, Carmita dedicó su vida a “sacar adelante”  a su única hija hasta casarla y después, tras fallecer esta de unas “fiebres tifoideas”, ocuparse de su tres nietos. Una vida difícil y no exenta de lágrimas que hicieron más fuerte aún si cabe a nuestra abuela, pero también iluminada con los tres “tesoros” que la vida le había dado.

Pero vayamos a la supuesta “noche de autos” en la que termina la vida y comienza “la leyenda”.

Dicen que por aquellos días, la luna llena brillaba tanto en el cielo de Hermigua que los faroles y  candiles eran prescindibles para aquellos que debían recorrer en la noche los caminos y veredas y,  quiso la providencia o más bien el infortunio, que una de esas noches, Carmita tuviese que iniciar el camino reclamada desde San Sebastián donde la aguardaba una “parturienta” que debía asistir.

Dispuesta a ayudar como siempre, no pensó dos veces el acudir a esa llamada y , tras dejar a sus dos nietos “cenados y acostados”, emprendió el camino con el mayor. Con las prisas olvidó, como era su costumbre, cargar con un par de abrigos extras y el “yesquero” para asegurar la lumbre.

A la salida, nada hacia presagiar que el cambio brusco en el tiempo les iba a sorprender .

Cuando ya llevaban poco más de media hora de camino, la noche brillante comenzó a tornarse gris y oscura y las primeras rachas de brisa hacían descender una ligera, que luego se tornaría espesa, niebla sobre sus cabezas.

La desesperación, los nervios  y la  angustia ante el súbito cambio del tiempo, hizo que Carmita y su nieto se despistasen en el camino y, de forma inconsciente, lo abandonaron para llegar a un lugar en el que, viéndose perdidos y con los primeros síntomas de hipotermia, decidieron resguardarse hasta que el alba llegase.

Pero lejos de que la noche se mantuviese más o menos tranquila, el cielo se cerró y miles de   gotas de agua fría, resbalaban por sus cuerpos hasta calar en lo más profundo mientras la abuela se afanaba, en vano, en intentar mantener  despierto y abrigado al joven nieto que comenzaba a desvanecerse. Las lágrimas comenzaron a correr sobre las frías mejillas de la anciana que veía como, en sus brazos, la vida de su nieto se le escapaba; y como quiera que pudo, comenzó a pedir a “los cielos” que dejasen de “llorar” y que, a cambio de la vida de su retoño, exponía la suya.

La mañana llegó y con el ella el primer rayo de sol; un amanecer que desveló la imagen de nuestra protagonista abrazada a su nieto, inerte ella, pero con una sonrisa en su rostro; una sonrisa que hacia pensar que, como si en el fondo Carmita se “había dormido” sabedora de que había logrado mantener vivo a su nieto.

El joven continuó su vida pero la pena le acompañó durante la misma, el no haber podido salvar la de su abuela como esta, lo hizo con el - y todo por no llevar más abrigos-, se repetía casi todos los días en silencio.

Un día, cuando apenas tenía 36 años, su tiempo en este mundo tocó a su fin…y dicen que, desde entonces, en ese lugar y  cada luna llena de Febrero, la zona del Palmar en Hermigua es visitada por lo que parece la figura etérea  de un joven que busca, desesperado, un abrigo para su abuela.

José Andrés Medina