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02:07h. martes, 25 de enero de 2022

Siguiendo las chácaras y tambores de Chipude

Llamaba mucho la atención (y me daba mucha envidia) ver a niños a hombros de sus padres siguiendo también el ritmo con las chácaras en las manos. 

virgen_candelaria

JAVIER RODRÍGUEZ
@elgauchocanario

- Tracatacatrá tracatacatrá tracatacatrá tracatacatrá.

Si nunca antes escuchaste el sonido tradicional de La Gomera, puede llegar a sonarte a “algo así”. Pero es que la música de esta pequeña isla, ubicada a unas pocas millas al oeste de Tenerife, hay que vivirla desde dentro, hay que dejarse envolver por ella. Y eso era algo que yo tenía aún pendiente cuando decidí, por fin, disfrutar de las fiestas que se celebran cada agosto en la localidad de Chipude. Empezaba así una pequeña aventura envuelta en música.

Desde chiquito, mi relación con La Gomera fue de alguna manera especial, ya que fui “fabricado” durante la Semana Santa de hace cuarenfalñjafa… bueno, ya me entienden. Y, de siempre, Chipude fue el pueblo que me venía a la cabeza cuando pensaba en esta isla. No sé si era porque me atraía su fonética o porque me recordaba ese tajaraste que se cantaba en las parrandas de casa:

Quítate d´alante Arure

Que quiero ver a Chipude.

Nada más llegar al aeropuerto tenía un coche de alquiler esperándome. Te adelanto que tener un coche para desplazarte por La Gomera es casi una obligación (sí, hay guaguas y taxis) debido a su agreste orografía y al diseño radial de sus carreteras. Todas las arterias principales confluyen en el centro, en una de las zonas más altas de la isla y, de ahí, ya se distribuyen hacia las distintas poblaciones. No te asustes con esto, vas a disfrutar de los paisajes y, aunque es cierto que hay curvas, no son grandes distancias ni te cruzarás con demasiados coches.

De todas formas, como iba con tiempo, la primera parada la hice en Playa Santiago, a pocos kilómetros del aeropuerto, para asomarme a su puerto y degustar un plato de sus famosos camarones. Y darme un bañito en la playa, ¿o qué te creías?

Hice una raya en la arena por ver la mar donde llega. 

Desde ahí, emprendí ya camino al centro de la isla -¿recuerdas lo que te conté antes?- hasta alcanzar la vía principal rumbo a Chipude, dejando a mi derecha la parte más importante del Parque Nacional de Garajonay.

Al llegar a Chipude, sobre el mediodía, percibía ese aroma que tienen las fiestas populares, engalanadas con banderines y con la muchedumbre caminando, gran parte ataviada con ropas típicas, en dirección al centro del pueblo.

- Hola, caballero, ¿y cómo es que están los locales cerrados a esta hora?

- Oh, mi niño, es que anoche hubo baile…

¡Vaya! Efectivamente, supuse, al ver los carteles pegados por la plaza, que los paisanos habían disfrutado de una buena verbena y ahora no necesitaban que nadie viniera a meterles prisa.

Soy de Chipude‚

traigo mi jerga,

si tengo frío me abrigo en ella. 

A medida que los establecimientos se animaban a abrir sus puertas al público, la plaza se iba llenando de gente. Yo esto, por supuesto, lo veía tranquilamente acomodado en la barra de uno de ellos, degustando un plato de carne de fiesta (de cochino, de cerdo, como prefieras llamarlo) y una cerveza fría, que el calor empezaba a apretar.

- Tracatacatrá tracatacatrá tracatacatrá tracatacatrá.

¡Ya llega la música! La gente se agolpaba alrededor de la plaza y de la iglesia del pueblo, ya que esta fiesta se celebra en honor a la Virgen de Candelaria.

Ya despierta el tambor en Chipude con el eco del silbo gomero mientras canta romances Arure suenan chácaras en Igualeró.

En La Gomera, los danzarines bailan, al son que marcan las chácaras y los tambores, ritmos centenarios, de origen prehispánico. Por si no conoces estos instrumentos, te explico que las chácaras gomeras vienen a ser una “especie de castañuelas”, más grandes y más robustas, con un sonido más grave que la clásica castañuela andaluza. Los tambores, por su parte, son de doble parche, hechos normalmente de piel de cabra.

De la conjunción de estos dos instrumentos, asidos a las manos de una multitud de vecinos, resultaba ese “tracatacatrá” que antes te “cantaba”. Los mayores guiaban a los más jóvenes, compartiendo así el esfuerzo por salvaguardar una de tantas tradiciones arraigadas a los pueblos que están en constante lucha por no desaparecer.

Efectivamente, como pensaba, el sonido de esta música ancestral se abría hueco entre el silencio respetuoso del público, solo interrumpido por algún canto o por algún aplauso. Realmente, vale la pena sentirlo de cerca.

Llamaba mucho la atención (y me daba mucha envidia) ver a niños a hombros de sus padres siguiendo también el ritmo con las chácaras en las manos. Y esto te lo digo porque yo también toco algún instrumento y he intentado tocarlas en varias ocasiones con muy poco éxito. Seguramente, es algo que se lleva en la sangre de los gomeros, sangre de guarapo.

Y, mientras me alejaba de Chipude, me acompañaba el sonido de quien para mí es el mayor músico que ha tenido las Islas Canarias, José Antonio Ramos, genio creador y virtuoso intérprete del timple, nuestro instrumento por excelencia. ¡Que disfrutes de esta joya!