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11:23h. Jueves, 27 de Junio de 2019

Por Pedro Rodríguez.-Un día que estábamos en el colegio, vino un teniente a visitar a doña Carmen, que era la maestra...

Nosotros estábamos en el recreo, pero como hacía un sol tan fuerte que casi hacía que te lloraran los ojos, nos sentamos a desayunar en un zaguán fresquito que había a la entrada del aula. Doña Carmen nos quitaba con mucha paciencia el papel de platina de los bocadillos y nos observaba.

En esas, apareció un hombre que como ya dije, era un teniente. Mi abuelo fué a una guerra y tenía una foto en la casa con traje de teniente, pero aquel hombre no lo llevaba puesto ese día... dijo que era teniente del Ayuntamiento.

La maestra se acercó a aquel hombre para hablar y se alejaron un poco, pero se les oía... El teniente estaba enfadado y comentó enérgico que a don Carlos no le gustaba lo que ella iba diciendo por el pueblo, que le metía ideas raras a la gente en la cabeza y que aquél era un pueblo pacífico. Doña Carmen le contestó que ella no dependía del ayuntamiento y que podía opinar lo que quisiera...

El teniente se puso colorado y vociferó - ¡Todos dependen del ayuntamiento! y levantando el dedo añadió - ¡Ya tendrás que ir por allí a algo y te acordarás de esta conversación!
Se acordará -pensé- pues doña Carmen tiene buena memoria para todo.

La maestra se enfadó también y le dijo al teniente que eran unos dictadores, a lo que él añadió que la gente les votaba y que no iba a consentir esas palabras. Acto seguido, dió media vuelta y se marchó avanzando a grandes zancadas y murmurando.
La maestra se quedó allí, como petrificada, un rato bajo el intenso sol. Cuando volvió al zaguán con nosotros le lloraban los ojos... normal, el sol era muy fuerte.

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Pedro Rodríguez