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11:28h. Sábado, 28 de marzo de 2020
Una de las mayores preocupaciones de la actualidad es el despoblamiento de una gran parte del territorio: eso que se llama la España vacía. Pero también existe una Canarias vacía que preocupa bastante poco.

Habrán oído, como yo, hablar mucho de la necesidad de un cambio del modelo económico de Canarias. Pero seguramente poco, por no decir nada, de la urgencia de cambiar nuestro modelo de sociedad. Una que ha creado desigualdades, pobreza y despoblación. Hoy es un hecho cierto que no es igual nacer en una isla no capitalina que en una de las dos mayores. Que no es igual vivir en el campo que en las grandes aglomeraciones urbanas. 


Una de las mayores preocupaciones de la actualidad es el despoblamiento de una gran parte del territorio: eso que se llama la España vacía. Pero también existe una Canarias vacía que preocupa bastante poco.


Piensen en este disparate. Más del 80% de la población de Canarias está concentrada en el 40% del territorio. Y solo en las dos grandes áreas metropolitanas vive casi un millón de personas. Esto no solo supone una pésima distribución de la población, sino un desequilibrio permanente en los recursos.


En un reciente artículo, el catedrático de Filosofía, José Luis Villacañas,  citaba a Geoffrey Brian West, un físico teórico que trabaja en la aplicación de las proporciones de escala a los entes colectivos, intentado mostrar las relaciones y consecuencias que hay entre la forma y el tamaño de los organismos y la energía que consumen. Brian West argumenta y demuestra con datos que la forma de la gran ciudad que la humanidad está promoviendo, impulsada por el capitalismo, es insostenible. 


Lo que ha sucedido en Canarias es paradigmático. La administración del Estado, primero, y la autonómica, después, se asentaron en las dos grandes capitales de las islas. Allí fueron los funcionarios y se centralizó toda la actividad. Más de ciento veinte mil empleos públicos están radicados en ambas capitales. Y a su vez, las grandes infraestructuras, puertos, aeropuertos, autopistas,los futuros trenes, las universidades o los grandes hospitales, han atraído miles de puestos de trabajo, la sede de las grandes empresas y la población que ha emigrado desde el resto de las islas. La pasada dictadura fue un régimen centralista y vertical, pero la democracia no ha mejorado las cosas: las no tan ciegas fuerzas del mercado son despiadadas, pero la acción de los poderes públicos debe ser anticíclica; debe estar cargada de sentido, de responsabilidad y, sobre todo, de solidaridad.


El modelo que después de muchos años hemos consolidado en el Archipiélago es el del desequilibrio poblacional, económico y social. Hay islas que pierden población, secuestrada por las oportunidades laborales o formativas que les ofrecen otros territorios de la propia comunidad. Pero la concentración de recursos, servicios y economías en solo unas islas está provocando el colapso de la capacidad del territorio para soportarlo.


Brian West, entre otros muchos científicos, sostiene que los Gobiernos deben actuar contra la fuerza inercial de los grandes errores. Es decir, deben discriminar a favor de los menos favorecidos y crear las condiciones que incentiven el poblamiento racional del espacio y una sociedad equilibrada. “Eso —dice West— implica transferir recursos a las pequeñas ciudades, a los pueblos, a las personas que viven en ellos. Y la solidaridad impone que se le transfieran desde los lugares en los que la escala de beneficios también se dispara. Un régimen fiscal específico, un tratamiento diferente de los autónomos rurales, una capitalización mediante crédito público, una autonomía energética limpia, una incentivación del cooperativismo, una mejora de la educación y de la sanidad... Todo eso es necesario”.


Eso es justo lo que en Agrupación Socialista Gomera venimos reclamando desde hace ya algunos años. Ese es el mensaje que venimos lanzando para construir una Canarias de ciudadanos iguales en derechos y en deberes.

No se puede perpetuar ni alimentar el modelo ineficiente de una exagerada concentración de riqueza y de recursos que ha dibujado una comunidad desequilibrada y profundamente injusta. El ser humano y el territorio, la persona y el espacio que habita, están unidos por un mismo destino. La justicia social hoy consiste en trasvasar recursos, solidariamente, desde donde hay más a donde hay menos. En las sociedades, en las comunidades, en las islas. Exactamente todo lo contrario de lo que hasta hoy hemos venido padeciendo. Ese es el reto por el que un día decidimos convertirnos en la fuerza que representa a La Gomera y, por extensión, a quienes luchan por una sociedad más justa.