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21:59h. Sábado, 18 de Noviembre de 2017

Si no quieres que se enteren…no lo cuentes.

De repente suena la puerta. Algo extraño cuando nadie tiene esta dirección y a nadie le he dicho que iba a estar aquí.  Por lo que de manera cautelosa pregunto ¿quién es?

– Vengo a la consulta. Tengo un problema y quizá usted me pueda ayudar.
– Pero, ¿a qué consulta se refiere? – Dije yo.
– A la del psicólogo. Me han dicho que tiene usted un diván – aseveró la voz tras la puerta.

Así que cuando me decidí a explicarle que ni allí se pasaba consulta, ni había un psicólogo, al abrir la puerta allí estaba.

– Pero si usted es…el 1 de septiembre – murmuré asombrado.
– Sí…y como no me deje pasar ya, vendrá detrás el 2 – afirmó irónicamente.
– Pase, pase. En qué puedo ayudarle?
– Verá. Cada año me pasa lo mismo. Disfruto de los meses de junio y julio con total tranquilidad pero cuando llega agosto no paro de oír voces criticando mi llegada. Que ojalá me muera. Que porque tengo que existir y así constantemente.
– Entiendo.
– Me culpan del comienzo del curso escolar, cuando eso no es cierto. Me acusan de haberles destrozado la vida porque doy fin a las vacaciones y otros lloran porque no volverán a ver a sus amores de verano por mi llegada inminente – comentó visiblemente irritado.
– En primer lugar he de decirle…- intentando no alterar aún más su estado -. Que yo no soy psicólogo pero que puedo ayudarle con dos condiciones.
– Usted dirá.
– Una: que no me denuncie al colegio de psicólogos ya que mi ayuda no es profesional. Y dos: que si se tumba en el diván no se quede dormido. Odio cuando alguien ronca.
– A lo primero, no tenga problema. A lo segundo…no sé si ronco…cuando yo me acuesto, el día dos se levanta de la cama. Pero no se preocupe que siempre intento aprovechar mi día.

Así que ante aquel panorama y la promesa de que no me iba a denunciar, el 1 de septiembre se abrió a mí y expresó sus sentimientos. Desde la envidia que le causaba el 1 de noviembre por ser el Día de Todos los Santos a la pena que le daba el 1 de enero, día de la resaca nacional. Tras escuchar atentamente durante 40 minutos tuve que ir poniendo fin a aquella sesión.

– Pues viendo lo visto y escuchando lo escuchado…no creo que sea tan grave – dije pensativo.
– ¿Ah no? ¿Y eso? – respondió el 1 de septiembre con cierto sarcasmo.
– Verá. Tras escucharle atentamente he visto que lamenta que muchos se metan con usted por poner fin a sus sueños de verano. Le condenan por ser el responsable de su vuelta al trabajo. ¿Pero no se da cuenta de que para otros tantos usted es el comienzo de un merecido descanso más tranquilo sin las aglomeraciones de agosto? A todo ello se le suma que también hay gente que desea empezar nuevos proyectos tras el descanso veraniego. Y no hablemos de los padres que ya no aguantan a sus criaturas y que desean fervientemente que llegue usted con el resto de sus compañeros de septiembre para perderlos de vista.

– Pues visto así…no es tan grave – afirmó feliz.
– Me alegra haberle ayudado en algo – respondí.
– Entonces… ¿estoy curado? ¿Cuánto le debo? – dijo llevándose la mano al bolsillo  removiéndolo buscando, a buen seguro, las monedas más pequeñas.
– Nada, nada. Yo no me dedico a esto y mi recompensa es haberle dado una solución.
– Pues entonces, ¿Cuándo vuelvo?
– Viendo su actividad laboral…creo que nos volveremos a ver dentro de un año por estas fechas – comenté decidido para no tener que pasar más por este trance.
– Muy bien, que así sea.

Tras levantarse del diván, le acompañé a la puerta, le estreché la mano y le deseé mucha suerte en su único día de trabajo del año. No sin antes asegurarme de que esta fuera la única vez que alguien se sentara en mi diván.

– Una cosa más – le dije desde el marco de la puerta  – no le diga a nadie que ha pasado por mi consulta.
– Ni lo sueñe – respondió él – Ese diván es una maravilla.