Buscar
23:12h. Viernes, 20 de Octubre de 2017

Llevaba dos semanas sin pasar por el apartamento donde guardo los muebles de la herencia de mi tía abuela lejana hasta que recibí una llamada de uno de los inquilinos del edificio para pedirme que me diera una vuelta ya que todos los días oía a alguien tocar en mi puerta…por si fuera importante “me dijo”.

Dicho esto, hoy estoy de vuelta y, además de alguna factura impagada que me sigue llegando del anterior inquilino y que han metido por debajo de la puerta, no hay indicios de que haya tenido visita alguna salvo por algo de arena de playa que hay en la alfombra de bienvenida. Y cuando ya contaba con que mi visita sería plácida ocurrió lo que siempre ocurre en ese apartamento…que alguien llamó a la puerta.


– Buenas, ¿quién toca? – dije fiel a mi costumbre de no abrir sin saber primero quien estaba al otro lado -.
– Hola. ¿Es usted el terapeuta? – contestó la voz-.
– No, pero como sigan estas visitas voy a necesitar uno.
– Venga hombre abra que me han dicho que es usted muy bueno. – Insistió la voz-.

Y claro, ante mi nula oposición a un halago abrí la puerta para encontrarme con algo que no esperaba.

– Pero…usted es…
– El final del verano, sí.  – Aseveró  aquel conglomerado de sueños estivales sin dejarme acabar -.
– ¿Y se puede saber en qué puedo ayudarle? Usted es…tan importante que me extraña que esté aquí. – Indiqué sin dejar pasar aún a tan insigne paciente -.
– ¿Usted qué cree? Le pregunto si es terapeuta. Llevo viniendo todos los días hace más de dos semanas ¿y aún me pregunta en qué me puede ayudar? Déjeme pasar y cúreme. – Dando así por zanjado el control aduanero de mi entrada -.
– Pues pase, pase y túmbese en el diván. Y ahora dígame…¿quién le ha dicho que me puede encontrar aquí?
– Las microalgas – sentenció – . No sé si las recuerda pero como han sido uno de los temas de este verano me las he encontrado varias veces.
– Claro que las recuerdo, – afirmé yo – sobre todo por las manchas verdeazuladas que dejaron en el diván. Pero cuénteme – continué -.
– Le cuento. Como sabrá mi estación toca a su fin en estos días. Y la verdad, vengo a reclamar la injusticia que sufro. Se supone que el final del verano es el día 21 de septiembre. Entonces…¿por qué demonios me dan por acabado desde el 31 de agosto? Que si el verano terminó. Que si adiós a las vacaciones. Que si la operación retorno.
– Bueno, tampoco es tan malo. – Dije yo intentando aplacar su más que evidente ira- . Son más de 20 días que no trabaja.
– Claro – dijo – como si el gobierno fuera tonto y no me lo va a descontar de la nómina como cada año hace.
– ¿Lo hace? – pregunté -.
– Lo hace. Y lo justifica como baja por depresión. Qué manía de recortar y joder al trabajador. Y perdone la palabra pero es que la llegada del otoño me sienta muy mal.
– Pero usted algo depresivo sí que está…sino no estaría aquí.
– Es usted muy hábil – sonrió -, parece que nos empezamos a entender.
– No me diga que ha venido a que le firme una baja laboral para que le descuenten menos, porque yo no estoy colegiado; y por no tener, no tengo ni título de manipulador de alimentos.

Dicho esto se sentó en el diván dejando la cómoda postura habitual de los pacientes y me miró fijamente intentando hipnotizarme; sin surtir efecto, todo sea dicho, porque llevo sin cambiarme las gafas cinco años y no veo la mitad de las cosas. Y tras ver que nada pasaba dijo:

– Ve usted menos que Pepe Leches
– Solo veo lo que me interesa – aseguré -.
– Pues entonces vea que quiero que diagnostique lo contrario. Que no tengo depresión. Que solo quiero trabajar. Que se me reconozca hasta el último de mis días. Y que cuando le ceda el testigo al Otoño, que por cierto tiene una rima feísima, lo haga con el convencimiento de que he agotado mis días al completo.
– Pues me ha convencido. Le haré un informe que no valdrá un pimiento, como todo lo que hago en esta vida, e incluiré en el que además de todo lo que solicita estando en sus cabales sea despedido con honores y con la canción que le dedicó el Dúo Dinámico. – Acerté a decir convencido de mis palabras.
– Pues que mal gusto. Llevo años intentando quitarme de la cabeza ese lastre musical.

– No se queje – incidí -, que a su antecesor, la llegada del verano, solo le endosan canciones de Georgie Dann.

– Touché.
Dicho esto, acabé de redactar el informe. Firmarlo y sellarlo con un una calcomanía de Bob Esponja que encontré, ya que no dispongo de sello oficial, y se lo entregué.  Agradecido me miró y me dijo:
– Ha sido usted de gran ayuda
– Me alegra saber que de algo ha servido ya que por costumbre nadie me paga. – Dije mirando sus bolsillos por si así colaba  -.
– No hace falta pagarle – añadió -, el dinero solo corrompe.
– Y lo dice quien vino a reclamar que no le descuenten días – susurré de manera casi inaudible -.
– Qué?
– Nada, una cosa más – le dije desde la puerta – no le diga a nadie que ha pasado por mi consulta.
– No cuente con ello – respondió él -, ese diván es una maravilla y encima no hay que pagar.