Buscar
08:49h. domingo, 28 de febrero de 2021
ogimage2020021517390696691
A cualquier observador de la realidad mundial actual, no se le escapa el hecho de estar ante un cambio de ciclo, en el que el tiempo de los otrora poderosos Estados Unidos de America ha pasado. 

A los inequívocos síntomas de declive de los últimos años se ha unido la quiebra de la unión y la cohesión interna y el descrédito de valores de identidad como la propia democracia en el país que la configuró como tal en el mundo contemporáneo. Si bien hay que decir, que contrariamente a lo que interesadamente se ha dicho y escrito, Trump no es la causa de un país dividido en torno a valores como la Constitución y la democracia, es el efecto, como muy bien ha expresado la periodista Cristina Losada, pues como escribió “de no haber estado el país dividido o polarizado,….Trump no hubiera reunido la fuerza suficiente para imponerse en un partido republicano que no le era favorable ni para llegar a la Casa Blanca.” En ese contexto decadente es donde encontramos la razón misma de su primer lema electoral: “America primero”. Pero los síntomas de declive de los Estados, cómo les llaman en Inglaterra y la aparición de una nueva“superpotencia” se podía vislumbrar al menos desde finales del siglo pasado.

A aquellos que tuvieron la suerte de estudiar en la Academia Cristo Rey de Hermigua, mas conocida por la “Academia de Don Mario”, les he oído decir de Don Mario Lhermet, que este último con su inconfundible voz y acento francés, solía decir una frase que se ha atribuido a Napoleón Bonaparte, y esa frase era: “cuando China despierte el mundo temblará”. Lo hemos visto venir en estos últimos veinte años, pero parece que el momento del tembleque ya ha llegado, y para constatarlo solo hay que ver que el invitado de honor en Davos al que han aplaudido Macron y Merkel después de un discurso de autobombo comunista era Xi Jinping.

No le ha causado ningún empacho proclamarse campeón de una crisis, que su régimen mismo provocó, dejando propagar por el mundo el virus durante dos meses, con la connivencia de la OMS y su director Tedros  a los que la República Popular ha engrasado debidamente.  En el marco de esa arrogancia que Xi Jinping exhibió es donde hay que entender sus palabras:
“En China estamos siguiendo el camino hacia un país socialista moderno. Ahora desempeñaremos un papel más activo para fomentar una globalización económica mundial que sea mas abierta, inclusiva, equilibrada y beneficiosa para todos”.

Mi maestro y catedrático de Derecho Mercantil Don Jose Antonio Gómez Segade, tenía en sus lecciones un epígrafe referido a la historia del derecho mercantil, que se titulaba “Cambio del centro de propulsión del derecho mercantil del este hacia el oeste”. En este apartado nos enseñaba que el desarrollo del comercio y por extensión del derecho que regulaba las relaciones comerciales había nacido con las primeras civilizaciones en el este. Muchas instituciones venían de los primeros comerciantes de Mesopotamia, pero cuando en la edad media, en las ciudades italianas se empezó a desarrollar el comercio y  los primeros contratos mercantiles, estos ya se conocían en oriente.

De hecho, son los viajantes y comerciantes de la ruta de la seda, como Marco Polo, quienes dan cuenta del papel moneda y del pagaré ya utilizado en la Corte del emperador de la China, así pagaban a sus proveedores y tenían sus propios bancos, siendo por tanto los primeros títulos-valores que después adoptarían  los comerciantes y banqueros de las ciudades-estado italianas. Y el comercio y el derecho mercantil que inicialmente había nacido en el este se fue desplazando con el descubrimiento del nuevo mundo hacia el oeste, hasta llegar a nuevos contratos  e instituciones mercantiles nacidos en los Estados Unidos, muchos de ellos en el ultimo tercio del siglo pasado, como el caso del leasing o arrendamiento financiero y el “know how”, es decir el conjunto de conocimientos  técnicos y administrativos que son indispensables para conducir un proceso industrial o comercial y que no están protegidos por una patente.

En los últimos años me he acordado mucho de ese epígrafe de mis lecciones de derecho mercantil, observando la expansión de muchas franquicias de origen norteamericano y también como occidente abandonaba su capacidad productiva para quedarse en centros de investigación, innovación y diseño, dejando para los países de oriente la producción de los bienes industriales. En el caso de China por tener una abundante mano de obra industrial que abarata los costes de producción. Parece evidente que si a Occidente le cuesta más la mano de obra industrial, hasta el punto de preferir producir en centros de trabajo tan lejanos como los de la república popular, es porque ese mismo desarrollo industrial que tuvo en su día mejoró las condiciones de trabajo y por ende causó un mayor bienestar y enriquecimiento en la población de esos países occidentales. Y es en ese contexto de “guerra comercial” donde hay que entender quién y porqué ha salido ganando. De ahí el triunfalismo de Xi Jinping, y es que si se ha ganado una guerra comercial es porque no se ha librado en condiciones de igualdad, o con las mismas armas. Me explico:

Si Occidente ha llegado a un cierto grado de bienestar económico, ha sido porque el desarrollo industrial ha venido acompañado de un marco regulatorio que se ha traducido en el desarrollo de un derecho mercantil, un derecho laboral e incluso un derecho medioambiental que se ha redundado en una mejora de las posibilidades de ahorro, inversión, emprendeduría,  y también de las condiciones laborales, entre ellas salariales pero también de seguridad e higiene en el trabajo, de reducción de jornada laboral y por supuesto de medidas de salud ambiental. Por el contrario todo este marco regulatorio que indudablemente mejora las condiciones de trabajo y de vida de los occidentales no existen en China, y pruebas palpables de esto es que hasta hace bien poco en el gigante asiático el descanso laboral se traducía en un día al mes, ahora se ha aumentado a un día a la semana, las jornadas superan las ocho horas, siendo a veces de diez o doce horas y gran parte de la mano de obra de procedencia rural viven en anexos a los centros de trabajo, y disponen del día de descanso para visitar el hogar familiar.

Y además de todo eso, pese a ser una “república popular” no parece  que esos trabajadores del pueblo tengan grandes mecanismos de defensa  para reclamar mejores condiciones, como ocurre con los reconocidos derechos a la negociación colectiva y a la huelga. Quizá por causa de la tradicional opacidad de la república popular no sabemos demasiado pero esa misma falta de transparencia no hace nada por demostrar las bondades de un sistema con preocupación por la mejora de las condiciones laborales y sociales y muy al contrario, visto lo visto en la represión de las protestas de Tiananmen hace mas de treinta años y mas recientemente en Hong Kong, parece que el abaratamiento de la mano de obra y de los costes de producción ha ido en paralelo a un recorte de derechos y libertades y al final han sido los trabajadores la carne de cañón de esa guerra comercial.

Particularmente si el discurso triunfalista de Xi Jinping en Davos y la sumisión servil  
en forma de aplauso de Occidente al “modelo” Chino es lo que se va a llevar y como se ha publicitado, en un alarde comunista “en 2030 no tendrás nada y serás feliz”, que paren el mundo que yo me bajo, pues ese cambio del centro de propulsión del este al oeste ya ha dado una vuelta completa y no necesariamente para que seamos mas libres y felices. 

Si el desarrollo del comercio y del derecho mercantil ha venido mejorando, hasta ahora, las condiciones de vida de millones de personas, ha sido sobre la base del respeto la propiedad privada y la libertad. Pero si algo caracteriza al “modelo”, y esa es otra razón para abaratar costes de producción, es precisamente la ausencia de respeto a cualquier clase de propiedad, sea  la propiedad intelectual o industrial. 

Esperemos equivocarnos y que esta nueva era sea tan feliz como nos prometen sus propagandistas.