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14:05h. martes, 19 de enero de 2021
Delibes era el hombre honesto, el cazador de imágenes, el pescador de ideas a través del disparo certero del castellano sencillo.

Tengo para mí que si nos preguntasen a la mayoría de los españoles que nos aporta la política, un enorme porcentaje diría que solo nos trae insatisfacción, stress, mal humor y sólo unos pocos emplearían términos agradables para referirse a la actividad de los políticos, y probablemente serían estos los que la tratasen con mas amabilidad. Por razones obvias: ellos sí pueden decir que viven de ella, gracias a nosotros, pero nosotros, el común de los ciudadanos, no solo no vivimos de ella, ni de ellos, sino que la sufrimos a ella y a ellos y les pagamos. Por eso, quizá cada vez me alejo más de ella, y  me acerco más a los libros.

 

Este año dos mil veinte, probablemente pase a la historia, a diferencia de “los felices veinte” del siglo pasado como el año de la pandemia, pese a que esta nació el año pasado, o la conocimos, antes de ser declarada la pandemia, como un extraño virus aparecido a finales de dos mil diecinueve en China. Pero pese a lo nefasto del año, y de veinte a veinte del siglo pasado a este, han sucedido algunas efemérides. Entre ellas hay dos de las que se cumplió un siglo este año.

Quiso el destino que en el año mil novecientos veinte se nos fuese uno de los más grandes de la letras españolas: Don Benito Pérez Galdós. Para muchos el segundo más grande después de Don Miguel de Cervantes. Y quiso también el destino, que en ese año, un diecisiete de octubre, naciese otro Don Miguel, esta vez Delibes, que “limpiase, fijase y diera esplendor” a las letras españolas. Parece como si el Destino le dijese a la Lengua Española: “Te quito a un grande, pero te doy otro que te hará ser honrada y mas respetada aún”. Y así fue.

 

Delibes con ser un apellido de origen francés, es el escritor en castellano de Castilla la Vieja de finales del siglo XX. Su abuelo paterno, sobrino del compositor francés Léo Delibes, se había venido a España, para participar en la construcción del ferrocarril en Cantabria. De ahí que el padre de Delibes, quien fuese catedrático de Derecho de la Escuela de Comercio de Valladolid, donde también ejerció como catedrático de Historia del Comercio el escritor, naciese en Molledo, Cantabria. Precisamente, Delibes siempre agradeció la influencia del libro de D.Joaquin Garrigues, “Curso de Derecho Mercantil”, como el impulso que le llevó, entre otros, a escribir. Decía que a Garrigues le debía no sólo el conocimiento del Derecho Mercantil, sino su gusto por lo literario.

 

La figura de Delibes es tan polifacética como atractiva, y su carrera periodística comenzó como caricaturista en el diario, “El norte de Castilla”, periódico este que llegó a dirigir y desde el cual ejerció una suerte de padrinazgo de otros escritores como Paco Umbral, Cesar Alonso de los Ríos y Manu Leguineche, por citar a algunos. Claro que la dirección del diario también le valió algún que otro desencuentro con la censura. En un reciente homenaje que le hicieron en Valladolid, alumnos suyos de la Escuela de Comercio, relataron como se cohibían ante el hecho de que en sus exámenes orales, mientras ellos exponían los temas que les habían tocado en suerte, Don Miguel les escuchaba mientras dibujaba una caricatura del dicente. “Uno no sabía si estaba exponiendo un tema o posando”, comentó uno.

 

Pero además de la actividad docente y periodística Don Miguel tenía tiempo para sus novelas y sus aficiones. Desde que comienza a publicar en los años cuarenta en que se publica la premiada con el Nadal de literatura “La sombra del ciprés es alargada”, su carrera literaria es prolífica con títulos como “El camino”, “Mi idolatrado hijo Sisí”, “Cinco horas con Mario”, “El príncipe destronado”, y así hasta “El hereje” su última novela cerca ya de cumplirse el milenio en mil novecientos noventa y ocho. 

 

Entre sus aficiones destaca la caza, sobre la que escribe siempre cuando escribe libros sobre el arte cinegético y cuando escribe de otros temas. Otra de sus aficiones son a pesca de la trucha y la bicicleta, aspectos estos sobre los que también escribe, (“Diario de un cazador”, “Mis amigas las truchas”, “Mi querida bicicleta”) Y es aquí donde me paro a hacer unas reflexiones. Delibes se definía como “un cazador que escribe”, pero son precisamente la caza, en primer lugar, la bicicleta y la caña de pes car las que le definen como el poeta de la naturaleza en lo que el llamaba la era de la técnica.

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Delibes ama la naturaleza y la describe como ninguno, tal era su capacidad  de observación pictórica, y es en esos libros y diarios, los mas desconocidos de Delibes donde encontramos conceptos que se nos antojan más cercanos, más “modernos”: respeto a la naturaleza, ecología, lo que los cursis de la política han dado en llamar la “España vaciada” o vacía ya aparecen en la obra de Delibes de finales de los años sesenta y setenta, y así en “Viejas historias de Castilla la Vieja” ya nos habla de la emigración, y de su amor a los pueblos que nos representan a  muchos, y es que pese a la situación geográfica tan distinta la problemática de esos pueblos del norte de Castilla puede ser la misma problemática de los pueblos que se nos mueren, si Dios y un nuevo éxodo rural no lo remedian, en el norte de La Gomera.

Y la naturaleza de esa España vacía e ignorada por los urbanitas que van de ecologistas y de animalistas y que despreciarían a Delibes por su afición cinegética o a la pesca fluvial, sigue siendo en los años setenta la denuncia serena, sin estridencias, pero firme y en un castellano directo, preciso, sin grandes artificios estilísticos, pero capaz de llegar a todo el mundo,  y que preocupado por un habla que desaparece, recupera para las letras. Es conmovedor leer esas viejas expresiones castellanas, como por ejemplo ese arcaísmo del dequeismo de Castilla la Vieja, cuando se utiliza “De que”, para denotar la más usada expresión preposicional “desde que”.

 

Todo eso y mucho más es Delibes: amor a la naturaleza, observación del paisaje del ayer, del hoy y atisbo de la amenaza del mañana de seguir por la senda de una tecnología carente de alma, y todo ello descrito con la certeza del lenguaje sencillo que nos llega como sólo un docente que llegó a académico de la Lengua Española cuando ocupó el sillón “e” de la Real Academia de la lengua Española, puede hacerlo.

Delibes pronuncia su discurso el veinticinco de mayo de mil novecientos setenta y cinco, tan solo unos meses después de la muerte de su esposa Angeles de Castro, otro de los pilares fundamentales junto al profesor Garrigues en cimentar su vocación literaria. Ese golpe doloroso que describe en su discurso, convive en Delibes con el amor que profeso en vida a su mujer, tanto cuando de novios recorría cientos de kilómetros en bicicleta para verla, como después de muerta.

 

A Delibes, bastante premiado en vida, se le propuso alguna vez para el Nobel de Literatura, pero sospecho que a Don Miguel, que rehuía de los focos y de la fama, si llega a vivir no le hubiese gustado nada la perspectiva de un premio tan desprestigiado por tanta denuncia de corrupción.

Delibes era el hombre honesto, el cazador de imágenes, el pescador de ideas a través del disparo certero del castellano sencillo. Podría seguir escribiendo mucho más, además de lo mucho que se ha escrito,  representado en teatro y filmado sobre su obra, pero me temo que yo no sería tan ameno haciéndolo como lo era Delibes en cualquiera de sus obras.

Por eso, de él, se ha escrito que resiste la prueba del algodón, la de la lectura obligada durante el bachiller y la voluntaria años más tarde, y creo que ahora que se acercan fechas para regalar a quienes queremos, cualquier diario, novela o colección de artículos de Delibes es un buen regalo. Da igual, el tipo de obra o que la obra sea más o menos conocida, es igual, todo Delibes es altamente aprovechable.