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12:30h. jueves, 15 de abril de 2021

El "Micro"

No sé ustedes, pero quizá la realidad sea demasiado ramplona como para recrearnos en ella, así que aficionado a la historia y la ficción como soy voy a hablarles de un vehículo que ha hecho historia

No sé ustedes, pero quizá la realidad sea demasiado ramplona como para recrearnos en ella, así que aficionado a la historia y la ficción como soy voy a hablarles de un vehículo que ha hecho historia, siendo un modelo que ha cumplido los setenta años y seis versiones a lo largo de ella, ahí es nada, lo de la Volkswagen Transporter.

Escribo sobre ella porque me invita a reflexionar sobre la historia y sobre una infancia bonita, como fue la de mi generación. No podemos decir otra cosa, los de la década del sesenta. 

La historia de la Volkswagen transporter se remonta a mil novecientos cincuenta. Con la mitad del siglo pasado ya consumido, Alemania inaugura junto con la Transporter, versión T1, que sale de la factoría de Wolfsburg, unas décadas de prosperidad, a los que se suman otros países de Europa, entre ellos el nuestro. Alemania necesitó solo cinco años, para resurgir de las cenizas de una guerra devastadora. Nosotros, algo más, es natural, ni éramos, ni somos, ni probablemente seremos iguales, para lo bueno y para lo malo.

La Transporter y el éxito en ventas de este modelo de furgón, microbús, minibús, o cómo queramos llamarle, se debe en gran parte a su polivalencia: tanto vale para el transporte escolar, como para caravana, como para transporte de mercancías. Versatilidad, adaptación al medio de este “animal mecánico”. 

Mi primera experiencia en una transporter fue en el micro del Colegio Bayco, allá por mil novecientos sesenta y seis.Desde el año sesenta y tres, mi madre me había llevado con ella y el resto de mis hermanos a Santa Cruz de Tenerife desde mi Gomera natal.

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Ya había dejado el jardín de infancia, que llamábamos por su traducción alemana, Kindergarten, y empecé la escuela primaria en un colegio hoy desaparecido, y al que le debo mucho, probablemente más de lo que pagaron mis padres por mi educación, pues no creo que fuese caro ni para los estándares de la época, y desde luego una formación envidiable.

La conducía un señor que para todos era Don Emilio, y decían las malas lenguas que había sido un profesor al que le podían sus arrebatos de ira, y la dirección decidió relegarle de la tarea docente, y no se le envió al desempleo, sino a conducir aquel rebaño de inocentes corderos en edad escolar que éramos los alumnos. Desconozco la veracidad o no de esta historia, pero no hago daño a nadie vivo contándolo.

Fuere lo que fuese, D. Emilio, nos llevaba y traía del colegio a Santa Cruz e iba recogiendo y repartiendo escolares por los diversos barrios de la ciudad, pues el colegio estaba alejado del centro. Y nos llevaba con puntualidad y seguridad, y con un razonable mantenimiento del orden público, que a veces cuando nos desmandábamos, se nos ordenaba callar, o a la siguiente igual agarrábamos algún coscorrón o cogotazo. Una terapia que nunca nos traumó a ninguno de mis compañeros, y tengo contacto con muchos de ellos en la actualidad. 

Aquella transporter había sido adaptada, retirándole los sillones de la parte trasera, y colocando bancos de madera, en fila, unos detrás de otros para aprovechar el espacio, hasta llegar a la parte trasera, donde íbamos los cuasi parvulitos, que nos sentábamos encima de la parte trasera donde se alojaba el motor de un Volkswagen escarabajo, y que obviamente algo calentaba nuestros traseros, pero tampoco los desplazamientos eran tan largos y duraderos como para que llegase a ser incomodo o penoso.

Delante en los bancos de madera construidos al efecto iban los mayores, o ahora no recuerdo bien si quienes se bajaban antes, con lo que los de la parte trasera, llamada “el gallinero”, pasábamos a ocupar los asientos delanteros. Lo cierto es que a cierta hora teníamos que estar en la parada, que no era tal, sino que en mi caso y el de mis vecinos de edificio, que iban al mismo colegio, era en la esquina de la calle San Vicente Ferrer con la calle Santiago, justo a la entrada de un supermercado de barrio, también hoy desaparecido, donde D. Emilio nos recogía para llevarnos después de múltiples paradas para recoger más escolares, y llegar a nuestro destino final tras enfilar la calle Simón Bolivar, y entrar por una pista de tierra al edificio que albergaba nuestro querido colegio. 

Tengo múltiples vivencias humanas e incluso meteorológicas en aquella transporter azul, con puertas aún de apertura de ventana en la parte trasera porque en el lateral, la puerta era de corredera, y era por allí por donde entrábamos al microbús. Respecto a las inclemencias meteorológicas, recuerdo muy vivamente un día de invierno, en el que justo en la confluencia de la avenida de Benito Pérez Armas y la calle Simón Bolivar, cayó una granizada cómo no recuerdo otra igual. Las bolas de hielo eran del tamaño de un boliche o canica de las de la época, y fue tal el estruendo sobre el techo de chapa de la Transporter que para los niños que éramos, fue como si a un galo de los de Asterix les hubiese caído el cielo encima, Recuerdo como si fuese hoy que 
pese a la dureza de la chapa de la Transporter, aquellas bolas de hielo dejaron marcas sobre el techo, tal fue la violencia y la intensidad que cayó de un cielo que en aquel momento fue de todo menos protector. Pero nosotros estábamos bajo el techo protector de la transporter y aquello duró minutos aunque nos pareciesen horas. 

De las vivencias humanas, también tengo algunas en aquel micro, quizá recuerdo con especial intensidad una pelea de niños que hace muchos años conté en otro artículo para un diario de Tenerife al enterarme de la muerte de un compañero de colegio, que fue mi primer amigo de verdad, y que aún hoy, siento no poder compartir mas vivencias con él, pero así es la vida. Mi amigo era de origen libanés, y se llamaba Moisés Moujir Ayaed.

Nacido en Santa Cruz su padre y su tío eran honrados comerciantes con establecimientos abiertos en la Calle del Castillo. Era mi amigo de verdad. Yo iba a su casa en la calle Suárez Guerra y él venía a la mía. Su madre que creo que aún vive era de una hospitalidad entrañable. En su casa probé por primera vez el yoghurt, aún lo recuerdo. Pues bien, una escena de la infancia, que aún permanece, fue una pelea de escolares en la que Moisés intervino, aunque sospecho que muy a su pesar, pues era un niño extraordinariamente bueno, y lo siguió siendo de adulto.

Un día el micro paró o arrancó estando cerca de la Calle Suarez Guerra donde vivian otros dos hermanos a los que perdí la pista muy pronto. A riesgo de equivocarme, los dos hermanos se llamaban Isidoro y Roger. Por algún detalle insignificante que pudo haber sido “déjame sitio”, o “quítate de ahí” Isidoro le dijo a Moisés, (quiero creer que eran cosas de críos y no odio hereditario), “¡árabe!” y el otro le respondió, -“¡Y tú, judío!”, entonces como si de un resorte se tratase el otro hermano, Roger, se abalanzó con mucha furia sobre Moisés, quien sólo trató de defenderse del repentino ataque.

Tuvo que poner orden, Don Emilio, y ya no recuerdo mas del incidente. Fue la primera vez que pude experimentar el odio en otras personas por razón de raza o religión. Ahí quedó en mi memoria. 
Algún tiempo después D. Emilio cambió la Transporter por otra nueva y mas moderna, y siguió cumpliendo con su cometido de transporte escolar. También era azul, y quizá ligeramente más clara, pero tan eficiente como había sido la primera. 

En La Gomera en los veranos y vacaciones también hubo otra Transporter, que yo recuerde. El color era claro, pero no sabría distinguir a ciencia cierta cuál era el color exacto, pero sí que sé que también funcionó como transporte escolar y quien la conducía. La transporter portaba un rótulo lateral distintivo que llevaba la leyenda Colegio Cristo Rey, y la conducía Don Ismael como profesor que fue de la celebre academia de Don Mario Lhermet, a quien tanto le deben muchos pueblos del norte de La Gomera.

Es de reseñar que varios profesores que conocí en nuestras islas, tanto en Tenerife, como en La Gomera y El Hierro, reconocieron simultáneas la labor docente con el transporte de alumnos: versatilidad. Esta vez humana, que les engrandece cómo personas, y profesionales, pues en aquel entonces, muchas cosas se hacían por buena voluntad y mala o inexistente paga. Quizá deberían aprender muchos de ellos, aunque no esté de moda, pero corren malos tiempos y quizá todos debamos hacer un esfuerzo en generosidad, tanto al trabajar, como al saber estar con quienes nos necesitan. 

La Transporter como testigo mudo de los tiempos también llegó con los primeros hippies de Valle Gran Rey en los años setenta, y también con viajeros rodantes que han pasado por la isla y las islas. 
Una transporter lo mismo sirve para un roto, como para un descosido, también al reparto de pan, mercancías, y toda clase de mercaderías. Probablemente pocos coches y furgones hayan marcado tanto no una época sino varias épocas como el escarabajo y la transporter, que no dejaban de ser primos hermanos. Si bien, creo que la Transporter ha tenido mayor continuidad en la historia, porque el escarabajo tuvo alguna interrupción en la fabricación a lo largo de los años. 

Estas sencillas historias sobre micros que aquí relato, no pretenden ser tanto un artículo versando sobre historia de la ingeniería mecánica como un revulsivo a que el lector recuerde que siempre han habido buenos y malos tiempos para el progreso y los que traen este último, que no son otros que el comercio, la enseñanza y la cultura. Nuevos tiempos, nuevos retos, y nuevas soluciones, pero sin olvidar que tenemos que recuperar el respeto por nuestros semejantes y desemejantes y también en los hogares, trabajos y escuelas la cultura del esfuerzo, como se esforzaron los pueblos de Europa en salir de los desastres de las guerras. Ahora idéntica fe, determinación y coraje.