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23:45h. martes, 26 de octubre de 2021

Éxodo

Acabo de leer unas magníficas y nostálgicas letras de Óscar Mendoza sobre su infancia  en Agulo, que es la de muchos y aunque más viejo, de alguna manera también la mía. 

Decía Delibes que era una suerte ser de pueblo, como nosotros, porque podían pasar decenas de años sin que las cosas cambiasen, mientras que el hormigón de la ciudad todo lo engullía. 

Diez meses, no más, diez, han bastado para encontrar una capital de España muy distinta. Hasta comienzos de este año lo normal era venir una vez al mes, pero bastó un microbio para que todo cambiase. Se nota y mucho. Los cambios con la incertidumbre de lo novedoso, de lo desconocido, nunca sabes si son para bien o para mal. Lo más probable es que algunas cosas mejoren y otras empeoren.

Lo cierto es que Madrid no sé si estará más triste, pero lo que si se nota es más apagada, menos bulliciosa y parece como si todo aquel trasiego, aquel ir y venir febril de gente por la ciudad, todos esos trolleys o maletas de ruedas que te encontrabas por el centro fuese un recuerdo del ayer de la ciudad que nunca dormía como decía Sinatra de Nueva York.

No está más apagada por menos luces, sino por menos ruidos. Parece como si ese deprisa, deprisa, como leit motiv del ciudadano se hubiese quedado en un segundo plano. Ya nadie hace cola para comer en el sitio de moda, entre otras cosas, porque la gran mayoría han cerrado, también los comercios, los de establecimiento propio y los del comercio ambulante. Quizá por eso, se nota menos actividad de la legal y de la ilegal. Y es que el virus no hace distingos.

Contemplar por poco tiempo desde el coche o en las escasas, por poco recomendables, salidas a la vía pública todo este panorama, invita a pensar si toda esta maldición que le ha caído a las grandes urbes, no será desde la otra cara de la moneda, una bendición para nuestros pueblos, que de seguir por los derroteros que iban amenazaban con desaparecer. 

Siempre he sostenido que la historia del progreso de la humanidad ha ido de la mano de la historia del comercio y del derecho mercantil, pero no es menos cierto que desde los albores de la humanidad se han  dado grandes flujos migratorios. Y según parece movidos por la búsqueda de alimentos o de lugares menos inhóspitos para vivir ya se producían  estos con las glaciaciones, razón por la cual se ha encontrado presencia del ADN de los irlandeses en habitantes actuales de zonas por debajo de los pirineos e incluso África.

Durante la milenaria historia de Roma y Bizancio también se produjeron grandes éxodos del campo a la ciudad y viceversa. Quizá sea el tiempo de que se vuelva a poner en valor la vida de eso que se ha dado en llamar con la cursilería propia del político al uso, “la España vacía”.

El confinamiento forzó el arranque del teletrabajo, del que se hablaba ya como modus laborandi de futuro, pero sin que nadie, o muy pocos se preparasen para el futuro, pero he aquí que llegó el maldito microbio y de repente nos vimos que poseíamos instrumentos de trabajo del siglo veintiuno y que teníamos que aplicar remedios o preventivos propios de la edad media, así que encerrarnos en casa y tratar de sacar adelante nuestro trabajo por medio de ordenadores y conductores de fibra óptica pasó de ser lo excepcional a ser lo habitual, y es en esa habitualidad que ha llegado probablemente para quedarse donde entran en juego nuestros pueblos. 

No me digan que no conocen a nadie en Hermigua, por ejemplo, que no teletrabaje, porque yo sí que tengo testimonio de personas que ya desde hace algún tiempo lo hacen para grandes empresas a cuyos directivos y a los objetivos empresariales mismos  les da igual que un trabajador les haga su trabajo desde Barcelona o Paris que desde Hermigua.

Sí esa fuese la pauta que van a seguir  nuestras tendencias laborales, nuestros pueblos se salvarán. Por la campana, pero se salvarán, siempre y cuando sus gestores lo hayan sabido ver y prever, y hayan facilitado la inversión tecnológica necesaria por parte de las compañías de telecomunicaciones para dotar a los teletrabajadores de las “autopistas de la información” que necesitan para realizar sus labores.

Y créanme que entonces con lo aperreada que está la vida en la ciudad y lo cara que se ha puesto la jubilación, muchos como Óscar Mendoza, otros muchos que conozco, y yo mismo veríamos con agrado volver al terruño natal aún antes de la edad, cada vez más lejana, de jubilación. Antes se trataba de un anhelo, un deseo, un proyecto. Hoy en día es una realidad posible.

Y quizá no seamos los mejores, pero sin ser imprescindibles, sí que estemos bien dispuestos a echar una mano en mejorar la tierra que nos vio nacer. 

Siempre me han causado gran admiración aquellas personas que rechazan una oferta profesionalmente prometedora en la gran ciudad para quedarse en su pueblo o en la pequeña ciudad de siempre. Fue el caso de Delibes, por ejemplo, y demuestra un gran amor y gratitud por el terruño de crianza.

Por el contrario el desprecio al medio rural por parte del emigrado a la urbe, me parece propio de malagradecidos y ya se sabe que de estos está el infierno lleno y que “pájaro mal nacido, se caga en su nido”.

Postura bien distinta es la del que conoce el medio, tanto el medio rural como el urbano y sabe conciliar lo bueno de uno y otro. La del que saliendo del medio en que nació, salió de él, creció o se educó en otro medio y no deja de añorar el calor de su nido, porque sólo se valora lo que se tiene cuando se pierde.

Por cada historia o historias de la villa y corte, hay cientos, incluso miles de historias de gentes de los pueblos, quienes siendo de los pueblos hacían ciudad. En cada personaje madrileño de Galdós, como el mismo decía,  se podía reconocer a un paisano suyo, y sin embargo tan nuestro es un urbanita madrileño de los que representaba Don Benito, como un personaje rústico de los de Don Miguel de Cervantes, y es que cuando hace años se hablaba de la aldea global como un concepto para hablar del mundo interconectado, se ignoraba el hecho de que la tribu, la aldea, el pueblo y la ciudad no son sino la elección vital del individuo y su familia que es la célula primigenia de eso que llamamos sociedad, y en la que estamos no para enfrentarnos unos con otros, ciudades contra pueblos, sino para coexistir pacíficamente y con respeto al individuo y su medio.

Sí, después de todas pérdidas, sobre todo humanas, pero también materiales, que como consecuencia del virus hemos tenido, lo que ha de venir es una nueva era de florecimiento y revitalización de nuestros pueblos.

Si lo que nos espera son las aulas de los pueblos llenas de niños, las eretas y los campos roturados, la ganadería, la artesanía y la industria alimentaria bien cuidados, y a nuestros pueblos vengan encantados propios y foráneos, algo bueno nos dejará este año de zozobra, que en estos días zozobra.