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15:36h. domingo, 17 de octubre de 2021

Senderos de gloria, senderos de miseria

Después de estas largas vacaciones, si algo tenía claro era que tenía que escribir sobre mis experiencias con el senderismo, pese a que ya lo había hecho mi amigo y compañero de columna de opinión Óscar Mendoza, en un magnífico artículo que tituló “Subir Los Pasos, bajar El Roquillo, bañarse en El Pescante”, pero cada uno cuenta sus experiencias como le han ido.

Caminar, hacer senderismo, no es algo que descubriese ayer, si bien tengo que confesar que lo he redescubierto en el último quinquenio. Me explico, hacer senderos lo empece a hacer desde muy joven cuando empecé a ir a los campamentos de la extinta O.J.E. Para los lectores más jóvenes, aclaro que esta era la Organización Juvenil Española, a la que en mi humilde opinión, tanto tenemos que agradecer los que alguna vez fuimos jóvenes. Porque fue en el seno de la organización, donde tanto aprendimos sobre el medio natural que nos rodeaba. Mi primer campamento fue el campamento de La Victoria que se desarrolló en el monte de La Esperanza en la isla de Tenerife. Allí conocí como adjunto al jefe de campamento, quien era D. Antonio Acha Meneses, al que con el tiempo  sería un reconocido filólogo y profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, D. Maximiano Trapero,  gran estudioso del Romancero Tradicional Canario, y por inclusión el romancero de La Gomera. 

Lo anterior que ocurrió hacia 1973, tuvo su eco en el Campamento volante de La Gomera, donde empecé mi actividad senderista, que en aquel tiempo, no se llamaba senderismo y mucho menos se empleaban los anglicismos trekking o hiking, simplemente se hacía excursionismo. Y ciertamente, en aquel campamento en julio de 1974, cuya primera noche pasamos acampados en el antiguo campo de fútbol de La Villa, el que estaba frente al mar, y en la que burlando horas al sueño y a la vigilancia nos arrastramos hasta la playa para ver atracado por primera vez al primer Ferry Benchijigua de la compañía Fred Olsen. 

Creo recordar que amigos de la infancia de Agulo, como José Nicanor Pérez Izquierdo, “Pepito Nicanor”, Francisco Cabello, “Quico Macho” y Luis Henriquez, “Luis Gañao” estuvieron en aquel campamento que después de una excursión hasta la casa del Lomo Fragoso en un día de calor y calima como pocos recuerdo, nos dirigimos por senderos hasta el antiguo campamento de El Cedro, que era un claro abierto en medio del monte, y donde preparamos las actividades que después fuimos llevando por los pueblos de La Gomera. 

Esas fueron mis primeras grandes caminatas: San Sebastián-Lomo Fragoso, Lomo Fragoso-El Cedro, Agulo-Vallehermoso, por La Vega, y así. Y digo que tenemos mucho que agradecer a la OJE, porque aparte de que nos enseñó muchas actividades al aire libre, también nos introdujo en el deporte, como era  el tiro con arco, por ejemplo, y el propio senderismo, pero también en la cultura como era el caso de el teatro de títeres, el guiñol, que practiqué allí, y las primeras nociones de amor por la naturaleza de la mano de algún Ingeniero de Montes del extinto ICONA que nos dieron charlas en un ambiente tan mágico como es el del monte de El Cedro.

 


Este verano he cubierto buena parte de la fabulosa red de senderos de La Gomera. La red de senderos de La Gomera tiene una extensión de unos seiscientos kilómetros, de los que yo he recorrido más o menos y con cierta frecuencia unos trescientos, si tenemos en cuenta que los senderos de la  vertiente “sur”, para entendernos, sur, este, sureste, suroeste y oeste apenas los conozco porque o bien madrugas mucho en verano o los tienes que hacer en otoño, invierno o primavera, si no quieres ser víctima de una insolación o lo que es peor un golpe de calor, pero algo sí que he hecho de ese sur caminando o “in illo tempore” cazando.

Y como le dije a Óscar Mendoza cuando se va a caminar, se va a a eso, a hacer camino al andar que escribiera el poeta Antonio Machado, pero no se va a hablar, ni a hacer filosofía, porque entre otras cosas si hablas, te cansas más, y a lo que hay que estar es al camino y a lo que rodea el camino, a la naturaleza que nos circunda. Y sin embargo, cierto es que de la contemplación del paisaje y del paisanaje se disfruta y se aprende, incluso como decía una Desiderata, al parecer un anónimo encontrado en la iglesia de Saint Paul, Baltimore, en 1693:

“Anda plácidamente entre el ruido y la prisa,  y recuerda que paz puede haber en el silencio. Vive en buenos términos con todas las personas, todo lo que puedas sin rendirte. Dí tu verdad  tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante, ellos también tienen su historia. Evita las personas ruidosas y agresivas, sin vejaciones al espíritu…” 

Corría el mes de julio hacia su final cuando hice una de esas caminatas, cuya ruta no se olvida, bien por la aspereza del clima, que no era el caso, como por la dureza del camino. 

Me habían hablado de lo difícil que era  el sendero que lleva desde El Cerrillal en Hermigua y el Lomo Gordo hasta Juego de Bolas ya en el término municipal de Agulo, así que me propuse hacerlo. Después de haber subido a Los Aceviños desde el remanso de paz de “Casa Jonay” en el Andén de Los Pajaritos en Hermigua, no se me antojaba que pudiese ser más duro. Me equivoqué. El caso es que lo intenté y lo culminé. 

Durante esas caminatas, como las mencionadas, sueles encontrarte casas abandonadas en los más recónditos lugares, y uno que desconoce si esa construcción era para albergar al ganado o para que las personas viviesen, no puede permanecer impasible al ver como con una ética del trabajo envidiable y un esfuerzo titánico el gomero cuidaba de sus animales, y ello le exigía hacer duros caminos todos los días o hacía del camino al hogar un deporte de alto riesgo, por el mero arte de la supervivencia. ¡Qué duros tuvieron que ser aquellos tiempos!. 

En opinión de muchos, se pasaron muchas miserias, pero en toda aquella miseria, en toda aquella escasez de recursos, ¡cuánta dignidad no había en cada agricultor, en cada ganadero, en cada uno de aquellos supervivientes, héroes!, y portadores de genes de una raza de héroes, y que sin embargo, la pérdida progresiva de valores les ha convertido en vulgares vividores sin principios, ni dignidad, ni honradez, ni ninguno de los valores que sus mayores les inculcaron sin éxito. A uno de estos personajes de guiñol me encontré en cierto bar de Juego de Bolas cuando fui a refrigerarme después del esfuerzo de subir El Cerrillal, el Lomo Gordo, pasando por La Era y ascender hasta Juego de Bolas. 

Con la desfachatez que caracteriza a la ignorancia, allí dandole culto a la cerveza y al monólogo andaba perorando un uniformado de TRAGSA,(y vaya por delante, que no tengo nada contra los uniformes. Todo lo contrario, el uniforme identifica a quienes lo utilizan, y  si bien es cierto que el hábito no hace al monje, no es menos cierto que un monje con hábito, parece lo que es y sin hábito puede parecer cualquier cosa, y el mencionado uniformado parecía de todo menos trabajador, cosa que al decir popular trabajador y TRAGSA es una antinomia).  

Pues bien, este majadero ignorante, andaba presumiendo de que tenía ya cincuenta y dos años, y por ello tenía derecho al subsidio para mayores de cincuenta y dos años y desempleados, y ¡con toda la caradura del mismo!, agregaba: “ A mi la gente me dice: yo no sé lo que es cobrar el paro, y yo les digo: Pues niño, no sabes lo que te pierdes”. 

Y con estos bueyes hemos de arar, con estos seres profundamente egoístas, gandules e insolidarios, hemos de trabajar más los “baby boomers”. Hasta los setenta y siete como poco, porque si fuese por el ministro Escrivá tenemos que “cambiar de cultura, y trabajar hasta los setenta y cinco años”. Pues muy bien, ¡estupendo! entre un gobierno de vividores y los vividores del gobierno, o mejor dicho de las ayudas y subvenciones del gobierno, vamos aviados. 

Así no se construye una nación, así tan egoísta e insolidariamente no se hace país, así vamos derecho a la quiebra de la Seguridad Social anunciada desde febrero de 1994, por Pedro Solbes. Con “profesionales del paro” como este  individuo, (que aún presumía de lo bien que se vivía en el desempleo y por cuánto tiempo en época de Felipe González), no vamos a ninguna parte, como no sea “pa'l guano” como dicen en Chile, país que por cierto, si abordó con valentía la reforma de su sistema de la Seguridad Social, optando por un sistema de capitalización ¡en los años ochenta!.

Pues si  cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, lo que si era mejor era una ética del trabajo y del buen hacer, que provoca sonrojo a la persona honrada, porque ya se sabe  que a los caraduras, sinvergüenzas de los vividores del impuesto ajeno sea en su versión de guante blanco o de mono de trabajo, vergüenza, lo que se dice vergüenza, ni la tienen, ni se les espera.

Sobra decir que cómo culminación del esfuerzo que había supuesto subir aquellos riscos, y como “aperitivo” que acompañó al refresco para reponer sales minerales y agua al maltrecho cuerpo, el monólogo del “profesional de oficina del INEM” me resultó como una patada en el bajo vientre, y la indignación me subía por oleadas, pero como no tengo por costumbre meterme en donde no me llaman, ni entrar en discusión con interlocutores de ignorancia oceánica, opté por pagar y marcharme, porque parafraseando a la Desiderata antes mencionada, ya había “escuchado a los demás, incluso al aburrido y al ignorante…”, y había que evitar “a las personas ruidosas y agresivas”, pues son “una vejación para el espíritu” y se arruinase todo el bien que había hecho el ejercicio, el sudor y la contemplación de tanta belleza natural. 

P.E. Este artículo si a alguien lo tengo que dedicar es a mi amiga Gloria Gimeno de Zaragoza, a quien hace unos años, haciendo una extenuante caminata desde Roque Blanco en compañía de una incansable trabajadora como es Carmen Méndez “alma mater” del Restaurante Roque Blanco, excelente profesional, madre, esposa y compañera de senderos, envié una foto desde el Mirador de Gloria. Ellas, mi novia María y mi difunta perra Gara, son una parte importante del camino de la vida.