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05:29h. Miércoles, 24 de julio de 2019

“Yo también salté por La Hila, Hila”

Es probable que La Hila fuese, además de un buen embarcadero natural, la alternativa al puerto que ya existía, para transportar fruta o “mercancía humana” huyendo de la miseria.

La Hila es un embarcadero natural que está en una pequeña ensenada, entre el puerto de San Sebastián y la Playa de La Cueva, en La Villa (La Gomera) y fue un lugar emblemático por donde se produjo la salida de la Isla de miles de gomeros y gomeras, que en las décadas de los cincuenta y los sesenta se vieron forzados a dar el salto al Sur de Tenerife, o a Venezuela, en busca de algo de futuro, ya que además de esperanza, no se tenía ni presente.57534032_2393493387351617_380545952240369664_n

Es probable que La Hila fuese, además de un buen embarcadero natural, la alternativa al puerto que ya existía, pero en donde las autoridades marítimas ponían algún tipo de control a esa oleada migratoria que se producía sin las mínimas garantías de seguridad marítima y de una forma temeraria en pequeñas falúas de pesca, que lo mismo usaban sus chazas para almacenar albacoras y otros pescados, que para transportar fruta o “mercancía humana” huyendo de la miseria.

El Sur de Tenerife y La Gomera tienen mucha historia en común. El Progreso de la agricultura de exportación en un primer momento (plátanos y sobre todo tomates) y la construcción ligada al turismo, posteriormente, no serían lo que fue y lo que es, sin el aporte del sudor y el trabajo de miles de gomeros y gomeras.
Antes que Venezuela se convirtiese en tierra de oportunidades, en El Llano Azul, La Camella, Los Curbelos, Fañabé,..., estuvo “El Dorado” de La Gomera.

Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano y yo, formamos parte de esa historia. Con dos hijos pequeños, a principios de los sesenta la vega de Arure, en la zona alta de La Gomera y dependiendo las cosechas de cómo se portaba la meteorología, no permitía ni siquiera la subsistencia. 

No quedaba otra que echarse la familia a cuestas, cargar con algunos útiles del hogar (la cocinilla, la bombona, algo de vajilla,...), algún casal de gallinas, tal vez una baifa y unos conejos y plantarse en La Villa para dar el salto al Sur de Tenerife, embarcándose por La Hila rumbo a Alcalá o Playa de San Juan (la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta).

El medio de transporte no podía ser más precario, las valientes falúas villeras, llevadas por patrones y tripulantes curtidos en pasar “La Traviesa”, ese proceloso brazo de mar que queda a merced de los alisios cuando se pierde el abrigo de Punta Llana y hasta que se está otra vez a cobijo del Macizo de Teno.

Me contaba mi madre que en uno de esos viajes casi ocurre tremenda desgracia; una de las bombonas que transportaban las familias que viajaban hacinadas en la bodega, empezó a soltar gas. La pronta respuesta de un marinero, que cogió el artilugio y lo tiró por la borda, evitó males mayores.

En una conversación reciente, mi padre me relató que una vez en Tenerife, viviendo en las cuevas labradas en la toba de las laderas de La Caldera (Arona) y ante el inminente comienzo de la zafra de tomates, tomaron la decisión de que yo tenía que regresar a La Gomera para ver si mi familia paterna se hacía cargo de mí, porque era imposible atender a las tomateras y al mismo tiempo a dos chiquillos chicos.

Esta vez el viaje se inició en Los Cristianos, en el embarcadero natural de El Camisón. Allí estaba fondeada “La Amelia”, una pequeña falúa de un patrón de La Lomada de La Villa que regresaba a La Gomera, probablemente después de un viaje de ida con pescado o frutas de exportación.

Al parecer y como casi siempre, “La Traviesa” estaba desatada y solo la pericia del patrón, coordinando el abordaje de los marullos con el maquinista, hizo posible la arribada a puerto sanos y salvos.

A La Villa llegamos al final del día y no quedaba otra que dormir al raso, para ver si al amanecer se conseguía algún medio de transporte para llegar hasta Arure. El único cobijo lo proporcionaban unas piñas de plátanos, estibadas y en espera de embarque y allí, abrigados con badanas de platanera, nos alcanzó el alba. Un camionero que regresaba a Valle Gran Rey fue la salvación definitiva. ¡Ríete tú de lo que es pasar trabajos!

Quiso la casualidad que en una parada en Agulo nos encontrásemos con mi abuela Lupe y mi abuelo Quintín, quienes deberían hacerse cargo de mí y que viajaban a Tenerife por razones médicas. Mi padre los puso al tanto del motivo del viaje y aceptaron de buen agrado.
Hasta su regreso y durante algunos días, estuve bajo la responsabilidad de mi bisabuela Sacramento y de mi tío Víctor Hdez , que por entonces era solo un muchachote y a quien desde entonces permanezco muy unido.

La cantautora cubana y amiga, Liuba Maria Hevia tiene una hermosa canción dedicada a su abuelo asturiano que en una de sus estrofas dice: “Lo cierto es que mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela” y a mí me pasa algo parecido con mi abuela Lupe, mi abuelo Quintín y mi tío Víctor, con quienes empecé la hermosa aventura de descubrir el mundo.

Creo que estuve al menos dos zafras sin volver a Tenerife y de nuevo tuve que “saltar por La Hila, Hila”. Es posible que fuese en ese viaje cuando me pasó algo que se ha convertido quizá en el recuerdo más atávico que conservo y creo que lo es por lo que tiene de dramático; en mitad de “La Traviesa”, un marinero, para hacer una broma, me cogió de los brazos y me sacó por la borda haciendo ademanes y diciendo que me iba a soltar. 

¡Macabra broma, fruto de la cual no sé cómo soy un enamorado tan fiel de la mar, sin cuya presencia creo que no podría vivir!

 José Luis Hernández