Buscar
15:41h. Jueves, 18 de Abril de 2019

La casa de doña Mariana

Por Juan Marrero Pérez.- Residía doña Mariana en el centro de la ciudad, muy cerca de la Iglesia Catedral, donde acostumbraba ir a misa todos los domingos. Era ese el lugar por excelencia  para verla luciendo sus  elegantes  y mejores trajes.

Gustaba de ir engalanada con blusas blancas o de otros colores suaves que usualmente eran de selectos tejidos bordados a mano, con cuellos triangulares o redondos, en los que prendía siempre algún broche de refinada elaboración y gran valor material y artístico. Vestía conjuntos de faldas y chaquetas de colores lisos muy bien combinados. En su cabeza llevaba un tocado o sombrero, elaborado con gusto, cubierto con  finísimo tul negro que por la parte anterior le cubría casi los ojos, sujetándolo con alfileres o aljorcas, cuyas cabezas eran siempre bellas piedras preciosas o perlas naturales.

Calzaba zapatos de medio tacón hechos de fina piel, siempre bien sujetos con cordones anudados en formas de  lazos,  prefiriendo los colores azul marino o el marrón. Los distintos  bolsos que portaba eran selectos y personalizados,  a juego con el calzado, Acostumbraba a llevar en sus dedos anillos hechos con  metales preciosos al igual que sus brazaletes y pulseras. En una de sus muñecas llevaba el imprescindible reloj, de buena calidad. En  los días  fríos o húmedos se cubría las manos con guantes de cabritilla que armonizaban en color con las medias de seda Los pendientes eran siempre de fina orfebrería igual a sus gargantillas o collares.

Se  apoyaba  en un  bastón con la empuñadura plateada.  A pesar de los años, caminaba con paso ligero, manteniendo su cuerpo erguido, con movimientos armoniosos de brazos y piernas, y,  sobretodo,  se distinguía por sus finos modales, su indestructible optimismo y por los saludos corteses, que dirigía a todas las  personas. A la categoría del buen gusto y la amabilidad, se le añadía también la agraciada estatura del cuerpo bien proporcionado, por lo que en la ciudad todos la conocían por el sobrenombre  de “La Marquesita”. 
 

Un día del mes de Mayo, al salir de la celebración eucarística me percaté de  que algunos de los feligreses la saludaban de una manera especial. Me acerqué entonces al grupo y supe que era su cumpleaños y, no queriendo ser descortés, también yo la felicité, luego nos miró a todos y nos suplicó que la acompañáramos a su casa.

Apenas  pasado el porche  sonó la campanilla, se abrió una hoja de la puerta, por donde apareció el mayordomo a quien dijo en voz baja unas palabras mientras, con delicados ademanes, nos invitaba a pasar a su casa-palacio que enamoró a todos, a primera vista. El gran espacio rectangular del primer patio ¡era un deleite para la vista,¡: la múltiple variedad de plantas estaban en plena floración, y exhalaban  aromas que invadían los amplios corredores.  

En tanto los invitados comentábamos la belleza del conjunto, aparecieron por uno de los pórticos, doncellas uniformadas que traían bandejas y lunetas de lujosa porcelana repletas de exquisitos canapés  y bocaditos variados, con el fin de celebrar su santo del modo más afable posible. Poco después tornaron con café, té, chocolate y leche, para que cada uno se sirviera a  su gusto. Pasamos un rato feliz y divertido. Finalmente le expresamos nuestra  gratitud a la anfitriona quien se deshizo en elogios de satisfacción por compartir el afortunado encuentro con tan inesperados huéspedes que  se despedían  deseándole felicidad.

Cuando  quedaba un pequeño grupo, en el que yo tenía la suerte de incluirme, nos invitó a visitar  su mansión, nos miramos sorprendidos y aceptamos gustosos.

En la galería del fondo vimos las calesas y carruajes; las estancias  del segundo patio están totalmente ocupadas por el personal de servicio. Por una escalera intermedia se sube hasta la biblioteca  con un maravilloso contenido de papiros, incunables, grandes pergaminos y un sinfín de libros. Toda la casa es un emporio de riqueza cultural, arte sacro y herencias familiares. Al terminar nos despidió en la puerta. Sirviendo así, demostró una vez más su grandeza.  

  Juan Marrero Pérez.- Hermano de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios