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15:56h. Jueves, 18 de Abril de 2019

El Tendero con voz afeminada

Cuando tenía mi Seat 600 solía meterlo por caminos prácticamente intransitables...

 Recuerdo una subida desde Mogán a las presas, por una carreterita sin asfaltar, llena de baches y muy pronunciada, en la que Mai Lundqvist- una novia sueca que venía a verme un par de veces al año- tuvo que subirse en el parachoques trasero para que el cacharrito tuviera más tracción y no patinara. Así, angustiosamente, metro a metro, coronamos la cima y llegamos a un caminito de tierra más cómodo.
Lo mismo ocurrió cuando bajamos a la playa del Barranco del Juncal, entre Gáldar y Agaete, la subida fue infernal.

Mai era una dulce y sosegada muchachita a la que mi madre, a pesar de las dificultades para entenderse entre ambas, enseñó croché y hasta algo de bolillos… Se podía pasar horas enteras acariciando a "Paola", una gata siamesa que me encontré en el Camino Largo de La Laguna y que vivió muchos años en casa de mis tías en Guía de Gran Canaria…

En uno de esos paseos en los que forzaba al máximo al pobre utilitario, entramos en una tiendita en pleno campo. Tenía un reservado para los bebedores y un espacio más generoso para exponer los escasos productos de primera necesidad, mezclados con cabos de sachos y picos, hoces, escobas, lecheras de aluminio, cocinillas de “pretolio”, faroles, baldes de sorribas, venenos, etc.

Pasamos al reservado y el dueño nos recibió con un gesto mudo pero afable. Pedimos unos vasos de vino abocado y unos bocadillos de queso con mortadela rellena con aceitunas. Sólo cuando pedí la cuenta el hombre habló y de inmediato entendí porque había guardado silencio durante todo el rato: Aquel lebrancho de hombre tenía una voz de pito infantil, casi femenina. Yo enseguida me acordé de alguien del pueblo que tenía el mismo tono de voz y mi mente perversa empezó a maquinar una confrontación…
A los pocos días se marchó Mai arrasada en lágrimas, volviéndose a cada paso para lanzarme besos “volaos”.

No vayan a pensar que a mí no me afectaban también esas despedidas, yo también tenía los ojos empedrados, a punto de reventar, pero por aquel entonces hubiera estado muy mal visto que yo me abrazara a ella llorando como una Magdalena. Ahora un hombre, gracias a Dios, es más libre de expresar sus sentimientos con toda libertad… nadie se extraña de ver a un tío como un castillo emocionarse hasta el llanto mientras despide a alguien en un aeropuerto.

El caso es que los primeros días de ausencia de Mai los llevaba fatal y tenía que inventar algo para romper esa angustia que me atenazaba el pecho… y entonces se puso a tiro Geño, el amigo que compartía voz de pito con el tendero del campo.

Con Geño viví durante un tiempo en la pensión de Merceditas, en Barrio Nuevo, La Laguna, donde ambos “estudiábamos”. Era un tipo agradable, bohemio, medio poeta, y, lo más importante, soportaba bien las bromas sobre su voz meliflua, aflautada, feminoide, de la que él mismo solía reírse forzando un vozarrón de lo más viril, que según le dijo algún foniatra era peligroso para sus endebles cuerdas vocales.

Que pena que Geño muriera prematuramente, recuerdo nuestras conversadas sobre lo divino y lo humano mientras paseábamos de un lado al otro la Plaza Grande de Guía… Era un tipo divertido que había estado viviendo en Brasil y tenía muy buenas anécdotas, llenas de ensoñación, que contar de ese hermoso país.

El caso es que concreté mi proyecto de encerrona con un par de amigotes e invitamos a Geño a dar una vuelta por el campo. Había llovido recientemente y los caminos, aún sin el asfalto del progreso, eran un verdadero lodazal. Cuando llegamos a la tienda fingimos ver algo en el motorcito del 600 y mandamos a Geño por delante para que fuera pidiendo unos vinitos abocados con algo de enyesque.
Cuando Geño atravesó el dintel de la puerta, nosotros nos acercamos para contemplar el drama que se avecinaba:
- “Buenas”- dijo Geño con su vocesita-

El tendero lo miró incrédulo, calibrando al tipo que se permitía remedar su voz ante sus narices… Se acerco lentamente al mostrador y le dijo:
- “¿Qué, vienes a reírte de mí en mi propia cara, cachocabrón?”
A lo que Geño contestó, también molesto por el tono de voz del tendero:
-“Oiga, caballero… hágame el favor de respetar, esto que yo tengo es un defecto”.

El tendero ripostó:
-“Deje ya la coñita, porque me desgracio, coño… te siego el pescuezo”…-
Su vocecita adquirió inflexiones histéricas, y, echándose mano a la cintura, sacó su cuchillo de labranza y lo estrelló contra el mostrador cubierto de aluminio galvanizado.

Entonces entré yo en escena y viendo que la cosa se salía de madre le dije al enfurecido tendero:
- “Jefe, tranquilo, no le está tomando el pelo, él también habla así”…
El tendero debió de reconocerme como el pibe que había estado, unas semanas antes con la extranjera rubia y se quedó algo confuso, probablemente tratando de entender la situación… Entonces yo aproveché el momento, le eché a un Geño renuente el brazo por lo hombros y lo empujé hasta el 600 que uno de los compinches ya había puesto en marcha.

Salimos pitando del lugar, acojonaditos, pero a unos doscientos metros de la tiendita mis dos socios y yo rompimos a reír estrepitosamente. Entonces Geño, cayendo en la cuenta de que todo había sido un montaje de un servidor, me dio un puñetazo en el hombro y sacando esa voz viril prohibida por los foniatras me dijo.
- “Braulio, tu madre será una santa, pero tú eres un hijo de la gran pu...”
y ahí se calló, para después romper a reír como un loco, mientras me decía:-
- “¡Esto sólo se te ocurre a ti, cabronazo!”.
Cuando llegamos a San Juan de Guía paramos en Casa "El Chaparra" y, en castigo, a mí me tocó pagar las copas y la enyescada… pero las pagué con gusto.

Braulio Antonio Garcia