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23:03h. Lunes, 17 de febrero de 2020
“Pero hay también algunos que pensamos que la docente actuó como lo hubiera hecho cualquier persona de bien, con valores, creyentes en la palabra dada y venerada, ésos que intentamos sumar para los demás, multiplicar las acciones para nunca dividir injustamente y jamás restar a aquél que sufre. Ésas son las operaciones matemáticas que agrandan el corazón, los dígitos que tocan el alma, las variaciones, permutaciones y combinaciones que me hacen creer en el ser humano.”

Pocas cosas me acompañan desde mi juventud. La vida cambia y gira, tiende a modificarte y hace piruetas no esperadas que te acaban de rematar o de fortalecer según la esencia de cada uno y según la fuerza del portazo vital que te hace medir lo vulnerable que puedes llegar a ser. Hoy eres lo que eres y, de repente, mutas a alguien diferente al que conoces porque ciertas partes de ti se han apeado en las diferentes paradas de la vida.

Sí, la vida pasa y presiona hasta dejarte con la lengua fuera pero me gusta pensar que lo fundamental sigue estando ahí, bien pegado a tu alma como esa camisa empapada de sudor mientras devoras kilómetros con la fuerza de tus piernas. Y es esa parte la que acaba por definirnos, de situarnos, de medirnos ante los demás dado que es la que hace actuar en las cosas importantes de la vida, que son casi todas.

Hablo con amigos y recordamos nuestra educación. Ya hace tiempo pero tenemos la certeza que nuestros padres acertaron en lo básico, en ese equipaje para el viaje de la vida, esas maletas que nunca se pierden al estar bien atadas a tu alma. Uno vale lo que vale su palabra, lanzo al aire citando a mi padre y me doy cuenta de que los demás comparten la idea porque también sus padres las hicieron suyas esculpiéndolas a sangre y fuego en sus almas. Las palabras, ya saben, no sobran nunca y si es la dada debe ser mantenida contra viento y marea por la sencilla razón de que las vicisitudes de la vida pueden moldearte pero nunca negarte.

Leo, no recuerdo dónde, que una profesora resulta herida por proteger a sus alumnos ante el desmayo del chófer de la guagua. Tal comportamiento llama la atención en un mundo donde el egoísmo lo devora todo y el triunfo personal es adorado como el nuevo Dios ante el que se postran los fieles del Nazareno, los seguidores de Alá y los hijos de Yahveh o, incluso, los que no siguen ninguna religión por considerar que las esperanzas y las palabras no pueden competir con la vil pecunia. 

Pero hay también algunos que pensamos que la docente actuó como lo hubiera hecho cualquier persona de bien, con valores, creyentes en la palabra dada y venerada, ésos que intentamos sumar para los demás, multiplicar las acciones para nunca dividir injustamente y jamás restar a aquél que sufre. Ésas son las operaciones matemáticas que agrandan el corazón, los dígitos que tocan el alma, las variaciones, permutaciones y combinaciones que me hacen creer en el ser humano.

Hay gente que va más allá de su obligación. Estoy seguro de que siempre la hubo y temo que no la haya en un futuro no muy lejano. Pienso en ello y tiemblo, no por mí, dado que pocas cosas me asustan,sino por mi hijo y por los hijos de los demás. No quiero que vivan en un mundo donde no pasen esas cosas y se acuse al protagonista de loco o inconsciente al arriesgar su vida por salvar la de muchos niños. Sé que no lo puedo controlar, que tal vez venga sin remisión. Sólo espero no estar aquí para verlo.
La palabra dada, pensar en la vida de los niños que empiezan a vivir o honrar a tus padres son cosas que parecen estar demodés, que diría un pedante. Da igual. Tenemos que luchar en la parcela que podamos para que no sea así. 

Hace poco, y perdón por el ejemplo, mis alumnos tenían que hacer un proyecto presentando a sus héroes. Hablaron y se pronunciaron al respecto. Había, como me temía, muchos futbolistas, actores y cantantes e, incluso, algún político. Les dejé hablar y les dije que sólo había una elección posible. Uno de ellos preguntó que si la opción era elegir entre Messi y Ronaldo y yo le contesté de forma tajante que debían escoger o a papá o a mamá. El chaval agachó la cabeza pero no se quejó, es más, esbozó una sonrisa cómplice al pensar que, después de todo, yo tenía razón.

El mundo es como es porque nos dejamos llevar. La dignidad exige concentración y negar esa parte animal que todos llevamos dentro, esa parte primitiva que embiste sin pensar. Hay que asumir que, para solucionar las cosas, debes mantenerte firme y que te duela la cabeza, Julio Anguita dixit.

El alumno al que aludía antes me preguntó, mientras hacía su proyecto, cómo se decía en francés “gracias por todo, mamá”. Se lo dije y vi que sus ojos brillaban recordando cosas que sólo él sabe. Nadie podrá romper nunca ese amor y, quizás por eso, todavía hay esperanza.