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05:21h. miércoles, 01 de diciembre de 2021

Coladas de lágrimas y tristeza

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“Todos los canarios nos unimos, amasando el gofio de nuestra esencia desde Tías hasta Agulo, desde Mogán hasta La Restinga, desde Corralejo hasta Garachico y desde cualquier corazón hasta nuestra isla bonita de La Palma. Si hay coladas de lágrimas en Cumbre Vieja no faltarán abrazos con las siete fuerzas de nuestra identidad.”

Uno, de mirada cansada al haber visto tantas cosas malas, va cumpliendo años sin darse cuenta, devorado por este sistema que nos hemos dado donde la prisa reina y el estrés gobierna. La tranquilidad es un don deseado al envejecer y menospreciado en los años mozos en los que somos empujados hacia la actividad por la fuerza de la juventud. La vida tiene sus fases y está bien que sea así.

Solía pensar, hace mucho, qué sería de nuestras islas si estuviesen todas unidas físicamente, la isla Canaria, sólida en el Atlántico y sin división posible. Todo sería más fácil, los eternos problemas de la insularidad no existirían y nos tendríamos que conformar con los inconvenientes de la lejanía a la península para reclamar lo que es justo o para justificar la incompetencia.

Esa quimera da paso a una realidad parecida, deseable y plena, cuando alguna isla es puesta del revés por algo que no merece. Todos los canarios nos unimos, amasando el gofio de nuestra esencia desde Tías hasta Agulo, desde Mogán hasta La Restinga, desde Corralejo hasta Garachico y desde cualquier corazón hasta nuestra isla bonita de La Palma. Si hay coladas de lágrimas en Cumbre Vieja no faltarán abrazos con las siete fuerzas de nuestra identidad.

Finales de Octubre y estoy en mi paraíso, ya saben, uno de los municipios más bonitos de España, reconocimiento de hace poco que demuestra lo que mi gente de Agulo ya veía, quizás porque lo esencial sólo es visto con el corazón, que diría el gran escritor y aviador francés.

Es sábado por la mañana y salimos a comer fuera del municipio, Moisés, Carlitos y un servidor. Éramos cuatro pero Kiko Macho se baja del viaje a última hora, llamado por la obligación mientras nosotros nos lanzamos hacia la devoción de la amistad por las carreteras de La Gomera.

Subimos hacia Las Rosas y veo algo a la derecha, lejos, en el horizonte, la silueta de una isla hermana en la que algo ha cambiado, nubes de dolor que suben y suben, quizás con la intención de rozar el cielo y de que alguien se apiade de ellos. Paramos el coche y nos bajamos. No decimos nada. Miramos y miramos, procurando entender lo que sabíamos que podía pasar, repetición de aquello del Teneguía de lo que me hablaba mi padre. volcan cumbrevieja


Tres horas después repetimos el proceso desde los altos de Valle Gran Rey, segunda parte de algo que nos marca y nos entristece mientras decimos que ojalá no muera nadie.

La Palma, desde La Gomera, es vista perfectamente perfilada en el horizonte, especie de corazón alargado hacia el sur queriendo tocar las islas hermanas, como pidiendo que no la dejen sola, creciendo un poco más día a día en el mar que nos separa, mar que nunca será obstáculo para nuestra ayuda porque, si es preciso, caminaremos sobre las olas para ofrecer potaje de berros, dulces gomeros y miel de palma, endulzando así la tristeza de los que lo han perdido todo.

Pienso, mientras volvemos a Agulo, en mis compañeras Bene y Bolena, una palmera de adopción y la otra palmera de Barlovento. Trabajaron en Hermigua y Valle Gran Rey, saltando el charco hacia la isla del silbo, disfrutando con una buena galleta gomera o con el sol radiante del Valle.
Pienso en lo que me dicen, en su preocupación y su temor, en lo que se fue y no volverá, en el daño de la gente que soporta tantas cosas un día sí y el otro también, en la esperanza como único motor.

cumbre vieja desde la gomera

Una lo vive como una película de terror, a distancia, sabiendo que no está directamente afectada pero recordando aquellos viajes desde el norte hasta Los Llanos, desde el espacio de “los portugueses” hasta el de “los gallos”, equipaje de balonmano que la viste de ilusión o con algún instrumento musical para hacer música. Viajes de ida y vuelta que ya no serán lo mismo, sonrisas esbozadas a penas al volver porque es complicado sentirse bien cuando ves a gente que lo pasa tan mal. Su padre, me cuenta, vivió las tres erupciones, desde San Juan hasta Cumbre Vieja y esta última le parece la más fea, quizás porque es la que más ha destruido.

La otra dio clases durante muchos años en la zona ahora devastada, tiza en mano y sonrisa al viento, haciendo amigos que, hoy, le comentan todo lo malo que están viviendo, mientras barren la ceniza del colegio antes de recibir a niños asustados ante los rugidos de la naturaleza desatada. Ellas lloran un poquito por dentro antes de la sirena pero, cuando los niños llegan, sólo tienen sonrisas y ojos de tranquilidad. Sí, también hay héroes que no están cerca de la lava sino al lado del corazón de los más débiles. Incluso los hay que acogen gatos sin rumbo que maúllan con la misma fuerza con la que los perros piden que los rescaten. La desgracia, al parecer, no deja libre a ningún elemento de la creación.

Las escucho y no sé qué decir, siendo las palabras huidizas, alejándose de mí hacia territorios que no son los míos. No importa. Guardo silencio, actitud conveniente para no intentar enturbiar mi respuesta con palabras estúpidas. No hablo porque no encuentro la forma de mejorar el silencio.
Me pongo en su lugar … No, no puedo, nadie que no sea palmero puede. Hace falta años para hacer de un sitio algo tuyo y para que ese sitio también te posea, danza vital en la que las pasos los marca lo bueno y lo malo vivido en un espacio que frecuentas a diario. Como no puedo ponerme en su lugar les sonrío y me callo, en la certeza de que ellas entenderán mi proceder.

Y la vida sigue, tragedia y miedo en la isla bonita, noticias a borbotones durante mucho tiempo en el resto de las islas, espectáculo que no es tal porque el volcán, a fuerza de coladas y de lava, destruye lo que fue, lo que es y lo que quizás podría haber sido, en estos tiempos de virus y erupciones que nos demuestran que no somos tan fuertes como creíamos. Ésa es la auténtica lección que debemos aprender.

Yo, frecuentador de palmeros sin iguales, seguiré queriendo su compañía. Ricardo Páis, Roldán Candelario, Jorge Rodríguez, Miguel Abreu, Montserrat Concepción, … y tantos otros. Ellos, en el día a día, dejarán escapar un suspiro o una lágrima, mientras me cuentan que allá, desde Los Llanos hasta Fuencaliente, desde Barlovento hasta Tazacorte, están seguros de que todos los canarios ven a la isla bonita cada día más bonita.


P.D. Este artículo está dedicado a mis amigos palmeros, en especial a Bene y a Bolena.