Buscar
13:47h. domingo, 17 de octubre de 2021

Comunión en familia

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“No somos muchos pero parece que somos más, sensación placentera porque todos hablan y todos escuchan mientras mis primos, Jose Carlos y Ana, vienen con su niña por todas las mesas para preguntar si todo está bien, dando regalos sin parar, ofreciendo comidas diferentes al menú si así lo deseamos, repartiendo sonrisas por doquier y haciéndole carantoñas a mi hijo para que esté cómodo, tocándome el alma porque saben perfectamente que ese loco bajito es lo único que me importa.”


Ya tengo una edad y hay cosas que me definen y que no puedo ni quiero cambiar. Otras sí, al no ser tan esenciales en lo que me queda del camino, trecho que transito con sólo una ilusión en mi mente: que mi hijo tenga salud y que encuentre su felicidad. El resto, si soy sincero, me importa bien poco si me atañe a mí aunque me resulta fundamental si toca a los que más quiero. 
Uno, después de todo, es un ser social y no quiere que sufran aquéllos que no lo merecen, sobre todo si los que no lo merecen ayudaron cuando, no pocas veces, creí zozobrar.

 

Y es que lo que temí perder ya lo he perdido y lo que esperaba ganar ya no lo espero.

 

Sí, no quiero cambiar porque no puedo ser lo que no soy, que diría John Lennon. Uno de los rasgos que me definen es anteponer la amistad (o el amor) a mis creencias, sabedor de que, muchas veces, no tengo la razón y que, otras, prefiero la paz antes que el conflicto. Por eso nunca llevo la conversación hacia temas espinosos si sé que la otra persona, ejerciendo su libertad, está en las antípodas de lo que yo pienso. Eso sí, nunca permito que ataquen mi dignidad y, si pasara, ahí sí que corto por la sano, que diría un castizo.

Me llama mi primo José Carlos, no tanto primo como hermano, estando siempre en ese lugar preciso en el que dar la mano para ayudar no supone ningún esfuerzo para él. Me dice que va a celebrar la Primera Comunión de su hija y que cuenta conmigo, que sabe perfectamente que no soy creyente y que no tengo por que entrar a la Iglesia. Le respondo que no hace falta la invitación, que sé que esas cosas suponen dinero y que tiene que ajustar el presupuesto. Me reitera, casi enfadado, que cuenta conmigo y me obliga a aceptar.

Llega el día y mi hijo y yo llegamos a la puerta de la iglesia. Mi hijo se ha puesto guapo. Lo miro, con esa mirada que sólo tienen las madres y los padres, y me doy cuenta de que daría mil veces mi vida por él y que quizás yo, llegando tarde en muchas cosas de mi vida, no sabía lo que era el amor hasta que él me dijo que me quería.

Entro a la iglesia, sintiendo la manita de un niño de 4 años que no quiere que lo suelte porque no conoce a nadie, dedos que aprietan fuerte para sentir la protección, miradas hacía mí buscando a su padre mientras me invade una sensación de sentirme realizado, de que pocas veces me he sentido más útil y de que, en ese momento, soy yo mismo. Esas manitas no aprietan mi mano, van más allá ya que exprimen mi corazón, sacándole el jugo más valioso que baña la tierra: el amor.

Aparece mi primo y me dice que no hace falta que entre, que sabe que soy agnóstico. No pasa nada. He acudido muchas veces a la iglesia, siendo ya lo que era, porque darle el brazo a mi madre en un banco de la iglesia de Agulo es más importante que mis creencias. Éstas, a buen seguro, no se enfadarán por negarlas durante una hora, tiempo en el que los que quiero se sienten bien por tenerme a su lado. Mi madre, mi hijo y mi familia suponen, a veces, la negación de un parte pequeña de mí pero no de la parte más importante en la que, sin duda, ellos mandan.

Llegamos a un restaurante muy conocido del norte de Tenerife para celebrar la dicha de que Miranda, guapa y simpática, inicia su camino en las creencias que son las de sus padres, sabedores de que hay que inculcar valores y que ella, cuando sea mayor, descubrirá su propio camino, igual al de sus progenitores o diferente, presidido en todo caso por la bondad, el sacrificio y el respeto a los mayores, trilogía para construir la educación de un hijo.

No somos muchos pero parece que somos más, sensación placentera porque todos hablan y todos escuchan mientras mis primos, José Carlos y Ana, vienen con su niña por todas las mesas para preguntar si todo está bien, dando regalos sin parar, ofreciendo comidas diferentes al menú si así lo deseamos, repartiendo sonrisas por doquier y haciéndole carantoñas a mi hijo para que esté cómodo, tocándome el alma porque saben perfectamente que ese loco bajito es lo único que me importa. Ana, la madre, está feliz viendo feliz a su hija, educada y cariñosa, como ella misma, con la certeza de que la están llevando por el camino correcto.

Estoy sentado con mi tío Daniel, hombre prudente que escucha mucho y habla poco, lúcido y mordaz en sus comentarios, con mi tía Maruca, recordando lo que fue y lo que pudo ser, una buena mujer con capacidad que tuvo la desdicha de nacer en una época tenebrosa, con mi tía Eladia, conversadora sublime para que nadie se aburra, emocionada por ver que sus tres nietas son, por encima de todo, buenas personas. No les hablo de mi madre, su hermana, por no bañar con tristeza lo que debe ser una fiesta, por no recordar la mala suerte que ha tenido la que me dio la vida.

Se acerca mi prima Yoli, sensata y con una facilidad de palabra envidiable, sonriendo conmigo ante las historias que yo le cuento y que ella me cuenta. Mientras me dice que siga escribiendo, que le gusta mucho lo que escribo, me habla de sus dos hijas, cuyos resultados académicos son muy notables, coincidiendo conmigo en que, después de todo, lo único realmente importante es que tengan salud y que sean felices. Todo lo demás se puede gestionar. La esencia de la vida va mucho más allá de un título.

Pasan las horas, risas y brindis, miradas de felicidad y de esperanza, deseando que, los que estamos iniciando la bajada de la vida, quizás, sirvamos de inspiración en algunas cosas para los que están empezando el camino. Es ley de vida: los que se irán lo harán más tranquilos si los que se quedan parece que van a ser felices.

Ya es tarde y es hora de irse. Recogemos y nos despedimos, sonrisas y miradas para volver a vernos dentro de poco, salud para los que estamos mayores y esperanza para los jóvenes, buenos deseos para no caer en el desánimo en este camino de la vida.
Subo a mi coche. Mi hijo se sienta detrás en su sillita. Lo miro por el retrovisor mientras juega con sus dinosaurios y le pregunto que si se lo ha pasado bien. Responde que muy bien mientras esbozo una sonrisa en este rostro donde el paso del tiempo ya hace mella. 

Pasan cinco minutos y me llama. Papá, dime mi amor, te quiero mucho, y yo mi cielo, mientras cambio de marcha y noto que el motor de mi coche ruge más lento que los latidos de mi corazón.