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03:06h. jueves, 04 de junio de 2020
“Eres alguien y, de repente, ya eres otro, diferente, moldeado por el fuego de la tragedia y los mares que brotaban por los ojos de mi madre. Navegué esos mares y luché contra la corriente al no dejarme llevar exigiendo algo de luz en aquellos días negros en los que mi familia se hundió y se transformó para ya no ser la misma. Sabía que no era fácil y creía que no iba a ser inútil pensando que los que me había arrebatado a mi padre compartían los mismo valores que yo y no, como quedó demostrado, unos principios que los situaban por debajo de las ratas en la escala zoológica.”

Me siento delante del ordenador y temo no poder hacerlo. Temo fracasar o no conseguir lo que quiero, que para el caso es lo mismo. Me paro y medito, miro hacia arriba, noto que las fuerzas me fallan y que la forma adecuada se esconde y se me escapa, lejana ya, hacia otros territorios que no son los míos.

Diez años ya, diez años que no son nada, parafraseando a Gardel, o que son todo, al menos, mi todo, el vacío por el que transcurre mi vida desde que te fuiste y desde que ella ya no sabe quién soy aunque yo sepa en todo momento quién es ella. Sí, una caída hacia  la nada en la que me sumerjo irremediablemente con el único paracaídas que me queda: la sonrisa de mi hijo. Tu nieto, vuestro nieto, al que no conoceréis, al que nunca podréis mimar ni yo pediros que no lo hagáis.

Hace diez años mi vida se puso del revés porque vivía en la seguridad de que estas cosas no pueden pasar y, sobre todo, no deben pasar. Sentía que nadie merecía morir así y, en todo caso, no los buenos, no aquellos que son más grandes al preocuparse por los demás, no aquél que me dio la vida y me marcó el camino, trayecto que afronto con responsabilidad y humildad, como él decía. Ese deseo nunca fue verdad, jamás fue real ya que suceden cosas. Lo que pensabas ya no era y lo que llegó es algo que siempre temiste al saber que no hay peor tirano que la vida misma.

Me hubiese gustado escribir esto mucho más tarde, en el invierno de tu vida, en el otoño de la mía y en la primavera de tu nieto. No fue posible y ahora escribo torpemente al cumplirse hoy diez años de tu muerte. La vida, ya se sabe, está llena de ironías y regates aunque yo siempre pensé que la bondad supondría un dique para que la injusticia no te mojara el alma. Era un iluso, lo sé.

Aquella noche yo no estaba ahí. Pedíais ayuda bajo el frío de la desesperación y la impotencia. Yo, en Tenerife, dormía el sueño reparador mientras tú te adentrabas en el sueño eterno ante la mirada de tu hija y los golpes en la puerta de tu esposa. Yo no estaba ahí, lo sé, y me culpo por ello. No poderte ayudar, no darte la mano en tu último suspiro, esa mano que hubiese destrozado la puerta o arrancado la vida a alguien haciendo de tu injusta muerte mi desgracia asumida.

Eres alguien y, de repente, ya eres otro, diferente, moldeado por el fuego de la tragedia y los mares que brotaban por los ojos de mi madre. Navegué esos mares y luché contra la corriente al no dejarme llevar exigiendo algo de luz en aquellos días negros en los que mi familia se hundió y se transformó para ya no ser la misma. Sabía que no era fácil y creía que no iba a ser inútil pensando que los que me había arrebatado a mi padre compartían los mismo valores que yo y no, como quedó demostrado, unos principios que los situaban por debajo de las ratas en la escala zoológica.

Hay cosas que uno debe hacer solo y así lo asumí. Zozobré y creí hundirme. José Andrés Medina (director de este periódico) y Francisco Méndez me sujetaron y no lo permitieron, sabedores de que los auténticos amigos acuden sin ser llamados.

Preferí la justicia antes que la venganza y creo que me equivoqué. Intuía que estaba en un error pero tenía la esperanza de no estarlo y de que, por una vez, la verdad triunfara sobre la oscuridad. Tú, desde allá arriba, me animabas y me dabas fuerzas pero me gusta pensar que, hoy en día,  no eres conocedor de mi derrota y crees que tu hijo ha cumplido con su deber.

Tu muerte fue un golpe en mi alma y, sin esperarlo, la vida me remata con la enfermedad de una madre, mi madre, la mejor madre del mundo, ésa que hoy me mira y me pide respuestas que yo no tengo, ésa que, por suerte, no puede darse cuenta del fracaso de su hijo. Eso, lo asumo, es lo único bueno que se desprende de su enfermedad.

Los golpes llegan y uno debe encajarlos. Yo lo hice pero ya nunca fui el mismo porque el dolor anula la esperanza, intentando arrancarla de tu corazón.

Debo seguir. Una personita de casi tres años me lo recuerda un día sí y otro también. Lo miro y te veo, Papá, lo abrazo y te abrazo, me besa y te beso. Él es nosotros y tu vivirás en él, como lo haces en mí desde hace muchos años mientras miro hacia arriba y mis ojos, algo empañados por una lágrima furtiva, perciben perfectamente que la muerte no es el final.