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10:32h. lunes, 03 de agosto de 2020
“Lo sencillo no está de moda. Parece que todo lo atractivo debe ser complicado y rebuscado, fomentado por el culto a la imagen y a lo extravagante, articulado a través de modelos visuales bautizados como “Instragamer, influencer o youtuber”.  El moverse no es lo ideal porque no aparece en una pantalla o es apenas seguido después de haberlo definido en 280 caracteres.”

No estoy seguro pero creo que fue el genial Emil Zatopek el que dijo que afrontaba el correr una maratón como una aventura. No es mala definición también para la vida al estar ésta condicionada por una serie de causas con sus correspondientes efectos, articulada por los vaivenes del día a día que te pillan a contrapié o, en el mejor de los casos, te empujan hacia adelante. Ya dicen los chinos que aquél que tropieza y no se cae da dos pasos hacia adelante. 

Algo muy parecido sucede en la prueba de Filípides: si no unes tus objetivos a tus realidades puedes sufrir mucho.

No recuerdo muy bien por qué empecé a correr. Siempre me gustó jugar al fútbol y baloncesto, quizás porque era lo que tenía más a mano y porque, por lo general, disfrutaba de los objetivos comunes al trabajar en equipo, al tener todos un horizonte común que se empezaba a atisbar con cada gota de sudor. Yo no era el mejor pero mi pueblo tenía a los mejores de la isla. Agulo, como para tantas otras cosas, siempre fue especial.

Me fui y regresaba con frecuencia. El tiempo ya lo ocupaban deberes inexcusables y las horas del día eran las que eran. Tuve que adaptarme (¡cuánta razón tenía Darwin!) y aceptar que necesitaba algo que solo pudiese hacer en solitario. Además, venía de deportes de equipo y el paso siguiente me pareció muy natural. El reto, esta vez, era probarme en solitario, allí donde no te puedes esconder, donde sólo tú sientes la fuerza o la debilidad, donde no te puedes engañar a ti mismo. Y ya se sabe que no hay nada más complicado como no engañarse a uno mismo.

Hay que moverse. No importa la dirección pero hacia otro punto que no sea el de partida. Estamos diseñados para ello fisiológicamente aunque poca gente lo aprovecha. También es bueno el hacerlo intelectualmente ya que los dogmas enturbian el alma, complican las relaciones y te pueden consumir si no estás ojo avizor. El ser flexible es una virtud y hay que tender hacia el eclecticismo sin renuncia a ser uno mismo pero sabiendo que, muchas veces, sólo los imbéciles no cambian de opinión.

El correr o practicar cualquier deporte debe ser una prioridad para nuestros dirigentes. Debe ser potenciado y publicitado como un estilo de vida saludable. Y no solamente en la parte física sino también en la mental, esto es, a la mejoría en los parámetros de salud corresponde una mejoría en los parámetros mentales. Colesterol, tensión, … se mantienen a raya pero también daños de la vida actual como puede ser la ansiedad o la depresión. Sé de psicólogos y psiquiatras que comentan a sus pacientes que es mejor correr o caminar 8 km que tomar ocho pastillas.

Se olvida con mucha facilidad que el deporte trabaja valores que deben ser reforzados y anclados en las conciencias de los más jóvenes. El espíritu de equipo, el afán de superación, el no rendirse nunca y el aceptar la derrota si llega, todo ello me parece crucial para el desarrollo de una persona. Además el deporte suele enganchar y así evitamos otros enganches que no son nada saludables. Las drogas, la comida basura, la televisión basura, …  son y tienen que ser los enemigos a batir por una sociedad que, o cuida de sus jóvenes o no será.

Lo sencillo no está de moda. Parece que todo lo atractivo debe ser complicado y rebuscado, fomentado por el culto a la imagen y a lo extravagante, articulado a través de modelos visuales bautizados como “Instragamer, influencer o youtuber”.  El moverse no es lo ideal porque no aparece en una pantalla o es apenas seguido después de haberlo definido en 280 caracteres. El que sale a correr o practica algún deporte va, cada vez más, a contracorriente pero debe saber que está remando hacia el lado correcto.

Zancada a zancada me he conocido mejor y he reflexionado mejor. Lo que parecía trágico solo era un obstáculo más después de una hora corriendo, lo que no parecía tener solución la tenía aunque ésta pasara por asumir que la culpa era de otro y no tuya, como habías creído al ser demasiado generoso con los demás y muy severo contigo mismo.

La respiración algo agitada y la ropa empapada de sudor,  la soledad del corredor de fondo que me llena porque no estoy solo. Estoy conmigo mismo, hablándome y escuchándome, atento al peor juez que conozco: mi conciencia. Sí, ese momento mío y para mí.