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02:13h. viernes, 16 de abril de 2021

Elogio de la responsabilidad

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“El triunfo colectivo depende de la responsabilidad de cada uno, dijo hace mucho Alejandro Magno, antes de afrontar una batalla en la que, al menos, ellos veían venir al enemigo de frente y no de forma invisible como ahora. El hombre sigue librando batallas, continúa peleando por lo justo o lo que no lo es, aunque el escudo y la espada hayan sido sustituidos por una mascarilla y un buen lavado de manos.”

Echo la vista atrás y veo la cara de mi padre expresando amor o reprobación hacia aquel niño que quería ser futbolista pero al que el talento no le daba para tanto. Uno sueña y se da cuenta que hay anhelos que rozan la utopía  y que, por tanto, deben ser dejados atrás con rapidez para que la frustración no te cubra como una segunda piel.

El hombre que me dio la vida me transmitió muchas cosas, importantes y menos importantes, pero siempre necesarias. Hay dos que las tengo presente todos los días o, mejor, que forman parte de mí, de mi equipaje vital en este viaje incierto hacia la nada. Uno vale lo que vale su palabra, me decía, y la responsabilidad del deber hecho es el mejor compañero de la almohada. Quizás él no lo expresaba así o tal vez sí. Los recuerdos te vienen como impactos y da igual la forma en la que se perfilan.

Esas dos ideas, lo sé, están unidas por la misma esencia, esto es, la honestidad y los valores. No parece que esté muy de moda pero uno es como es y tiene que asumir su identidad, hecho que no te dará muchos amigos pero sí los adecuados. Y eso, créanme, ya es mucho para un servidor que junta letras desde una casa de Guamasa.

En estos días aciagos, tristes y llenos de dudas, se nos recuerda muy a menudo el hecho de que tenemos que ser responsables. Ahora ya no sólo depende del gobierno, sino, sobre todo, depende de cada uno de nosotros el vencer a ese bichito que nos ha marcado para siempre porque pocas veces algo tan pequeño hizo tanto daño. En este instante, como digo, la responsabilidad individual es extrapolable a la responsabilidad colectiva, es más, esta última no podrá ser consolidada sin el triunfo de la primera.

Debemos vencernos para vencer, negar nuestros deseos de socializar a mansalva con la intención de no dar un pasó atrás y, por ende, que vuelvan las lágrimas que, esta vez no, no se  perderán en la lluvia sino que serán la bandera húmeda de nuestra derrota.

El triunfo colectivo depende de la responsabilidad de cada uno, dijo hace mucho Alejandro Magno, antes de afrontar una batalla en la que, al menos, ellos veían venir al enemigo de frente y no de forma invisible como ahora. El hombre sigue librando batallas, continúa peleando por lo justo o lo que no lo es, aunque el escudo y la espada hayan sido sustituidos por una mascarilla y un buen lavado de manos.

Ahora debemos actuar pensando un poco más allá. Ya no somos uno sino parte de otros en un gesto de amor o de displicencia. Será amor si renunciamos a lo que nos atrae en aras de proteger a los que están en la última estación de la vida y será de no amor si el egoísmo nos puede y nos maneja como un Dios interior. No parece fácil si entendemos que, al parecer, la felicidad para mucha gente consiste en abarrotar una terraza de un restaurante o tirarse todo el día en una playa atestada de gente en la que la brisa marina no compensa la falta de distanciamiento social en esta nueva normalidad que nos espera. Si eso pasa a ser lo habitual, serán malos mimbres para un futuro mejor.

Soy consciente de que la economía debe empezar a despegar y en ello estamos. Las fases de esta desescalada nos indican el camino a seguir y creo que son medidas mesuradas para ir poco a poco y no retroceder. A todos nos gusta estar con los que amamos y tomarnos un gin tonic mientras las conversaciones fluyen describiendo lo que hemos sido y lo que tenemos que ser. Y no pasa nada por ello. Eso sí, siempre y cuando la responsabilidad individual haga que renunciemos a todo lo lúdico y social si notamos síntomas y creemos que podemos tener una infección respiratoria. Entonces el camino no es hacia la casa de un amigo sino hacia un centro de salud a hacernos un test y salir de dudas. Ésa debe ser la actitud para salir de esta tragedia.

El sentido común, ya saben que es mi ideología, no tiene que ser el menos común de los sentidos. Debe ser, por el contrario, el acto inspirador de nuestra conducta, ese leitmotiv presente en el ambiente y compartido por la mayor cantidad de gente posible, ese viento que lo impregnará todo hasta el advenimiento de una vacuna que nos devuelva nuestro yo, para lo bueno y, lamentablemente, también para lo malo. Hay lecciones, me temo, que aprenderemos y que olvidaremos en pocos días.

Hemos tropezado pero no nos hemos caído y una victoria parece factible a medio plazo. De nosotros depende que, al tropezar sin caernos, demos dos pasos hacia adelante.