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15:33h. lunes, 03 de agosto de 2020
"Y es que la dignidad no suele estar presente en aquellos con poltrona y coche oficial, sí, ésos que se ponen perfume caro para no oler a mierda.”

A menudo pienso que tengo gustos simples y poco apreciados por una sociedad donde el consumo feroz y el egoísmo más burdo suelen ser los cimientos sobre los que pivota la supuesta felicidad de tener y no del ser. En eso, y en tantas cosas más, no sigo al rebaño aunque a veces sea complicado no caer cuando todo el mundo cae, que diría Antonio Machado.

Me gusta leer y correr o correr y leer. Lástima que no puede hacer las dos cosas a la vez. Son cosas simples pero tienen la virtud de definirme muy claramente. “Nosce te impsum”, siguiendo el precepto clásico y es que uno no puede ser lo que no es.

Las zancadas me llevan de una lado para otro sólo con la fuerza de mis piernas y las palabras me llevan a sitios donde nunca estaré o a estados de alma en los que, si estuve, no lo recuerdo porque suelen ser novedosos al hablarme el libro con una voz nueva.

Salgo a correr por La Laguna y se me une una chica a la que hace años que no veo. El ritmo es lento y hablamos. Le pregunto por su salud y me dice que lleva dos años esperando por una prueba médica que dictamine qué le pasa exactamente. Sonríe resignada pero veo miedo en sus ojos al no saber a qué atenerse ante tanta espera. La animo de forma torpe, de una forma vacía y sabiendo que mis palabras se las llevará el frío viento lagunero mientras pienso que estamos rodeados de injusticias. Todos luchamos batallas, de mayor o menor calado. Debemos sonreír y ayudar, aunque solo sea para que el otro encuentre algo de paz y refugio. Instantes de complicidad pueden borrar horas de sufrimiento solitario o pueden ser el bálsamo coyuntural ante una realidad cruel y prolongada.

Vivimos en un país admirable por sus gentes y ciertamente detestable por quienes lo gestionan. Hay excepciones, claro está, entre las gentes y entre los gestores, pero uno no puede sino avergonzarse ante un problema como el de las listas de espera. Y no por ser un problema de hace años deja de ser importante, es más, lo es en mayor grado ya que no parece tener fin al no darse respuestas globales.

Es curioso cómo la gente asume las cosas, cómo se resigna ante su estado, cómo deja de indignarse, quizás, porque han perdido la dignidad. Se les dice que no hay dinero y que el sistema es el que es, burda mentira para no asumir lo que muchos intuyen y algunos nos atrevemos a decir. El estado del bienestar sería perfectamente asumible, es más, hasta mejorable, si todos cumpliésemos con nuestras obligaciones fiscales aunque solo sea para que los informes de GESTHA no nos pongan la cara colorada, que diría un castizo.

He escrito muchos veces que el fraude fiscal en el ruedo ibérico es de 80.000 millones de Euros al año, cantidad que, sumada a los 60.000 millones por corrupción, daría otra imagen a nuestros servicios públicos y que a muchos de los que ya no creen en este vodevil les haría cambiar de opinión, amar a su país y emocionarse con el himno. Sí, los símbolos son importantes pero no se le puede pedir emoción ante ellos a aquél que no tiene para comer o, ahora que llegan los Reyes Magos, no le puede comprar un regalo a su hijo.

Y que conste que esto último no lo digo yo o, mejor, no soy el primero en decirlo ya que un tal José Antonio Primo de Rivera lo dijo con entusiasmo reivindicando más justicia social. También decía que había que atar muy en corto a los bancos. Es muy curioso cómo esta parte de su pensamiento no es mentada por la mayoría de liberales.

Es lamentable, por otro lado, la manera en la que se culpa al personal sanitario, tomándolo como chivo expiatorio ante un problema que ellos no han creado pero sí que ayudan a remediar. Son, en general, gente seria y que va más allá de su obligación pero ese mensaje no cala en la población porque se transmite a los cuatro vientos y de forma interesada que son funcionarios con muchos privilegios. Se empatiza con el que sufre la precariedad laboral no intentando cambiar el estado de las cosas sino enfrentándolo al cruel funcionario que, como es sabido, es hijo del diablo al haber ocupado un puesto por Oposición y no por enchufe. Una vergüenza, vamos.

Todos amamos a alguien y todos nos preocupamos por alguien. Tememos que sufran y tal hecho nos entristece. No queremos que tengan que esperan por una operación dos años ni que esperen tres horas para una consulta. Su dolor es el nuestro ya que su sufrimiento nos hace daño al asumir sin restricciones que el amor sin medida es la mejor medida para el amor. Por ello debemos reclamar que la Justicia, la Sanidad y la Educación sean la ayuda del estado para reforzar ese sentimiento hacia tu pareja, tu hijo o un amigo. Lo merecemos porque, sencillamente, tenemos derecho a ello. 

Recuerdo que, hace ya años, alguien me contó cómo el responsable político de un Hospital le había dicho a los padres de un niña con una enfermedad importante que con el dinero que se gastaba con su hija podía cubrir no sé cuántas operaciones de cataratas. Los padres, gente noble, tuvieron que marcharse con la cabeza agachada y sintiéndose culpables. Y es que la dignidad no suele estar presente en aquellos con poltrona y coche oficial, sí, ésos que se ponen perfume caro para no oler a mierda.