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21:31h. miércoles, 28 de julio de 2021

Sobre famas y conciencias

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“Nunca he entendido muy bien esa mala fama que tenemos los docentes. No sé de dónde sale, cómo se alimenta y por qué consigue impregnar a una sociedad en la que sus dirigentes, esclavos del voto a toda costa, recogen ese sentimiento y lo explotan para garantizar la poltrona echando a los profesores a los leones. Fíjense, si no, en las estúpidas reformas educativas que han hecho todos los gobiernos allanando el camino de lo fácil y demonizando el esfuerzo como un Dios menor que debe ser aniquilado. Y es que, al parecer, un puñado de votos vale más que el criterio de una generación bien formada. Y así nos va.”


Me llamo Óscar Mendoza y siempre quise ser profesor.
Uno, con el paso de los años, se acostumbra a todo y ya casi nada le sorprende creando una especie de dique de contención por el que sólo pasa lo que realmente es importante: la sonrisa de mi hijo, el agradecimiento de un alumno, el mensaje de un amigo, … Pocas cosas más. Es más, lo que piensen de ti es una suave brisa que apenas escuchas porque carece de fuerza, se va diluyendo en la distancia y no te afecta ya que se desvanece y cae por su propio peso. Y es que sabes lo que eres y el paso del tiempo te hace menos vulnerable o, como diría un castizo, lo que no te importa te lo pasas por el forro.

Nunca he entendido muy bien esa mala fama que tenemos los docentes. No sé de dónde sale, cómo se alimenta y por qué consigue impregnar a una sociedad en la que sus dirigentes, esclavos del voto a toda costa, recogen ese sentimiento y lo explotan para garantizar la poltrona echando a los profesores a los leones. Fíjense, si no, en las estúpidas reformas educativas que han hecho todos los gobiernos allanando el camino de lo fácil y demonizando el esfuerzo como un Dios menor que debe ser aniquilado.

Y es que, al parecer, un puñado de votos vale más que el criterio de una generación bien formada. Y así nos va.
No pretendo establecer una apología sin límites de esta profesión. En el mundo de la tiza, antes, o en el de la tablet, ahora, hay de todo, como suele pasar en todas las profesiones. Hablo con mis amigos Alexis Serafín y Ramón Rodríguez, gente sensata y con criterio, y tampoco entienden esa visión negativa de lo que, en realidad, es lo más importante de una sociedad junto con la Sanidad.

Ambos tienen hijos, ambos están satisfechos con sus resultados académicos, ambos han inculcado disciplina y amor a partes iguales, ambos, en resumen, han cumplido con su obligación y no pretendían que otros, profesores o no, hicieran la labor que sólo a los progenitores corresponde.

Y es cierto que hay profesores que no cumplen con su obligación, cuyo nivel de compromiso deja mucho que desear, que pasan sin dejar huella, que no ponen pasión en lo que debería ser vocacional y pasional, que avergüenzan a quien escribe estas líneas. Pero eso no es culpa del resto que sí intentamos ir más allá de nuestro deber, que hacemos, créanme, a ratos, de padres, amigos, consejeros sentimentales, agentes de seguridad, psicólogos y no sé cuántas labores más para que el chaval se sienta más cómodo y pueda desarrollar todo su potencial, no sólo académico sino en todo lo que afecta a su formación integral.

Si hay quien no cumple es culpa de un muy mejorable servicio de inspección que, quizás atados por leyes estúpidas, no priman todo lo anterior sino una aspecto administrativo en el que debe estar todo recogido en papel. Y ya se sabe que el papel lo aguanta todo, sobre todo si es un papel igual al que se deposita en las urnas para mantener la poltrona.

Hay que, como suelo repetir a menudo, castigar al que no cumple y premiar al que pasa constantemente la frontera entre lo que se debe hacer y lo que va más allá del deber. Menos papeles y más observación directa de si el aula es manejada con perspectiva para lograr que los chavales aprendan y sonrían, mejoren y miren con esperanza el futuro, se bañen en la cultura del esfuerzo para agrandar su criterio y alcanzar así la libertad.

Hablo con mi querida Alicia Rodríguez, compañera y, sin embargo, amiga, y me dice que quizás lo más importante sea el dar ejemplo, ese traje de gala que nos debe cubrir cuando nos ponemos delante de treinta adolescentes y que debe ser la piedra angular de nuestra función. No se le puede pedir a alguien aquello que no ha visto en el que debe ser un referente. Ella, trabajadora incansable definida por un corazón enorme, esboza una sonrisa al ver que muchos somos así y agacha la cabeza al observar que algunos, sencillamente, no merecen estar donde están.

Yo, por mi parte, tengo la conciencia tranquila porque, como ya dije, mi profesión se corresponde con mi vocación, dándome ese plus de compromiso que hace falta para enseñar. Y hay momentos especiales: esa sonrisa de ese alumno que te desea feliz verano mientras te da las gracias, ese regalo de alguien que quiere ser profesor de francés y que insiste en dártelo después de haberle dicho por activa y y por pasiva que no hace falta, esa madre que te escribe un correo en el que te hace ver que, después de todo y a pesar de tus muchos errores, no lo has hecho tan mal, esa palmada en el hombro de un compañero al ayudarlo y que es correspondida diciéndole que esto es un trabajo de equipo, esos momentos que te llenan de energía y que anulan la esperanza de querer jubilarte cuanto antes. Sí, combustible para seguir en lo que, sencillamente, es mi profesión.

Miro a mi hijo mientras me cuenta algo sobre los dinosaurios, haciéndome ver una vez más que soy aprendiz de todo y maestro de nada. Un niño de cuatro años y medio me dice que quiere ser paleontólogo. Sonrío mientras lo abrazo y las palabras mágicas salen de su boca: te quiero, papá. Quizás debería preguntarle si no querría ser  profesor, como su padre, y, de repente, me quedo bloqueado y una idea me puede: no quiero que mi hijo sea profesor.

He tragado mucha mierda, con perdón, y no sé si es lo que quiero para él. Él, por supuesto, será lo que quiera ser según sus capacidades y yo lo voy a apoyar, decida lo que decida. Lo medito un poco más, mucho más y le digo que, de mayor, debe intentar ser feliz. Me mira confundido y lo abrazo con la esperanza de que algún día lo entienda.

Me llamo Óscar Mendoza y siempre quise ser profesor.