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03:49h. miércoles, 21 de octubre de 2020
“Echo un vistazo al Facebook, cosas de la modernidad, y alguien comparte una foto de hace muchos años en la que se ve a una familia celebrando algo. Es en blanco y negro, y eso ayuda a que cierre los ojos, piense en mi infancia en Agulo y vea algo parecido o quizás la misma foto con las caras cambiadas.”

No siempre fui la persona que soy hoy, alguien que actúa a base de fuerza de voluntad porque no tiene el talento necesario para dedicarse a lo que realmente le gusta. Fui muchas cosas antes, algunas me marcaron y otras no tanto porque, sencillamente, no las recuerdo. El chispazo de la memoria tiene su luz cuando la acción penetra en nosotros y pasa a pertenecernos.

Las fotos antiguas tienen un poder extraño sobre mí, anulan mi presente y me llevan a ese pasado que me hubiese gustado conocer para entender mejor el presente ya que el estudio de la Historia, en sí, siempre es a larga distancia.

Hablo con mi querido y admirado Pedro Cruz, Pedro de Agulo en su faceta artística, Pedrito en el corazón de todos los que le queremos. Compartimos muchas cosas, me gusta escucharle y sus ideas suelen ser atractivas, sobre todo en lo que se refiere a nuestro querido pueblo de Agulo.

Me enseña fotos de hace muchos años y yo siempre estoy atento a proporcionarle más aunque, casi siempre, es un acto baldío porque ya las tiene. Miramos las fotos del pasado, hablamos de ello, reímos o nos entristecemos y pensamos que lo lejano, por inalcanzable y muerto, tiene un perfume de calma y tranquilidad que nos gusta, nos emborracha y podríamos estar horas así.

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Fogonazos de lo que ya no es, dibujos con cámara de un tiempo que ya no volverá.
Echo un vistazo al Facebook, cosas de la modernidad, y alguien comparte una foto de hace muchos años en la que se ve a una familia celebrando algo. Es en blanco y negro, y eso ayuda a que cierre los ojos, piense en mi infancia en Agulo y vea algo parecido o quizás la misma foto con las caras cambiadas.

El texto debajo de la foto ayuda a transmitir el mensaje: no faltaba nadie, éramos ricos y no lo sabíamos. De repente, mi cerebro cambia al francés y hace que mi lengua se dispare para decir “et oui” (y tanto),  expresión de la lengua de Molière anclada en mí cuando observo algo obvio por natural, evidente por contundente y claro porque carece de duda. Cosas de esos dos años vividos en un país de cuyo nombre sí quiero acordarme.

Antes bastantes cosas eran diferentes y no todas malas. Esa unión familiar acrecentada en fiestas de Navidad y en vendimias apenas comenzado el mes de septiembre, esos partidos de fútbol (acto de unión del pueblo) en un campo de tierra con algunas piedras mientras voces femeninas desde la grada cantaban una canción que acababa con “ y Kiko, Pedrito o José Ángel, según la época, de portero”, los bailes donde nunca me atreví a sacar a bailar a la chica que me gustaba, las idas y venidas entre Agulo y La Villa en busca de una formación que era obligación y, muchos años después, devoción, esos paseos por El Charco con mis amigos, Andrés, Ramoncito, Alexis, ... después de la cena de Nochebuena y tantas otras cosas que echo de menos, quizás porque en ese momento no le di la importancia que merecían. Hace falta contrastes y cierta edad para percibir la intensidad de lo que realmente importa.

Esa foto de mi pasado me pertenece y nadie me la puede quitar. Lo que he vivido fue lo que me moldeó y lo que quise vivir y no pude fue lo que me fogueó. La vida es así de simple, si la miramos muy de cerca.
Pero no sólo las fotos. También el ambiente donde se grababan en la memoria. No había tantas dudas en lo realmente importante porque los valores hacían de timón y de juez último de las pequeñas dudas de la vida diaria.

El respeto a los mayores, ley que yo infringí una vez (siento vergüenza al escribir esto), acto corregido por la mirada severa de mi padre, la fraternidad de la niñez, transmitida de generación en generación, donde merendabas en una casa diferente cada día después de un partido de fútbol que no tenía fin en un “pedregal” en pleno centro del Charco, meriendas de pan con mantequilla o chorizo de perro, ingestas que harían temblar a un nutricionista pero que nos llenaban el estómago y el corazón porque, siempre, siempre, se escapaban algunas risas entre bocado y bocado, esos toques en la puerta de alguna casa a las dos de la mañana pidiendo ayuda, esa iglesia de la que después renegué pero que tanto unió en misas del Gallo, comuniones varias y entierros con lágrimas a los que no faltaba nadie.

Esos valores son los míos aunque algunos ya no están de moda. El consumismo feroz, el egoísmo establecido por un sistema que no consigue dar trabajo digno a todos, el poder omnívoro de la economía que todo lo puede, la traición de los regidores en su beneficio propio, la falta de sentido común y el no valorar el sacrificio, todo eso y mucho más ha barrido lo que yo echo de menos, lo que, quiero pensar, muchos echamos de menos.

Ya nada es igual y todo parece diferente. Supongo que es el devenir de los tiempos, vientos que soplan fuerte, ya no sé si a favor o en contra, golpeando una vela que impulsa la vida de cada uno de nosotros. 
Sí, lo que fue y ya no es. Lo que se borrará cuando nos hayamos ido, esos años felices del pasado que vienen frecuentemente a mí, que me atrapan y me preguntan si el presente merece la pena, esos seres del pasado que ya no están y con los cuales me reuniré algún día.