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17:03h. martes, 11 de agosto de 2020
“La ilusión de viajar, de leer, de conocer, de conversar, de vivir, fue mi timón en las numerosas dudas que te asaltan cuando eres joven. Sabía lo que quería porque sabía exactamente lo que no quería, dejándome llevar por lo que sentía en cada momento, arrastrado a la felicidad o a la tristeza como consecuencia de mis acciones.”

Es curioso cómo cambian nuestras apreciaciones sobre las cosas a medida que pasa el tiempo y cómo llegas a un punto donde te parece que lo que has vivido es mucho más extenso que lo que te queda por vivir. Es, claro está, una impresión falaz, un pensamiento sin ninguna seguridad precisamente porque la vida no tiene certezas o, en todo caso, muy pocas. Lo que fue está consolidado y lo que no ha sido está por llegar, algo marcado por la esperanza para algunos o por un dejarse llevar hasta el final para otros.

A cierta edad los deseos son luminosos y constituyen una gasolina vital que te empuja hacia adelante sabiendo que la carretera de la vida está apenas comenzada y nunca ves, allá en el horizonte, el final. Transitas a golpe de vida y sabes que no hay pena que la energía de los viente años no pueda vencer. Luego pasan los años y todo va cambiando, no necesariamente a peor pero sí de una forma que no presuponías en muchas cosas, siendo las sorpresas el látigo vital del destino, eso que muchas veces formamos y otras nos forma.

Recuerdo muchas cosas del pasado. Recuerdo la voz de mi padre y de mi madre indicándome el camino del sacrificio como único valedor de una vida mejor que, según ellos, sólo dependía de mí, espantando así el factor suerte de la ecuación, sabedores de que no se puede controlar y de que hay que vivir con ello. El sacrificio me ha dado muchas cosas aunque a veces la suerte me las ha arrebatado.  Yo, profesor por vocación y por devoción, nunca recibí una lección más importante.

La ilusión de viajar, de leer, de conocer, de conversar, de vivir, fue mi timón en las numerosas dudas que te asaltan cuando eres joven. Sabía lo que quería porque sabía exactamente lo que no quería, dejándome llevar por lo que sentía en cada momento, arrastrado así a la felicidad o a la tristeza como consecuencia de mis acciones. Y viajé, no tanto como hubiese deseado pero lo hice, leí todo lo que pude explorando así lugares que no pude pisar, conocí gente valiosa y otras que no valían nada, conversé hasta agotar la comunicación para conocerme y para conocer a otros. Sí, confieso que he vivido, que diría Pablo Neruda.

Las ilusiones y deseos de los años mozos iluminaban como relámpagos la senda del futuro e, incluso, algunos parecían tan cercanos que los podías tocar con los dedos de las manos. El saber que  venía un futuro mejor, el poder ganarme el sustento haciendo de mi vocación mi profesión, el conocer a gente tan singular que monopolizaban los plurales, el ser, poco a poco, uno mismo y aceptarlo. 

Pero también había ilusiones fugaces por irrealizables, mucho más intensas porque ya contenían mi derrota de antemano. Esa chica de sonrisa mágica a la que nunca besé (mujer que no tendré, hubiese dicho Pedro Guerra), la certeza de lo limitado de mis cualidades para ser futbolista, sueño loco de no pocos adolescentes, el pensar que las buenas acciones abonan tu deambular por la vida y descubrir que, a veces, no es así, y tantas otras cosas que he olvidado por una especie de higiene mental para no destruirme.

Ahora, mis ilusiones son tranquilas, ligeras de equipaje, como decía Valle-Inclán. No hay tanta pasión porque no hay tanta energía y he aprendido a conformarme con cosas más sencillas a las que antes no les daba tanta importancia. Un viaje a La Gomera para reencontrarme con parte de mi pasado y para asegurar mi presente, la tranquilidad del deber cumplido, la llamada de un amigo que te reconforta, la sonrisa de mi hijo como única exaltación de la felicidad.

Sí, todo es más tranquilo porque ya no soy el que era y lo que me motivaba ya no es tan primordial. El tiempo es un agitador de conductas y va cambiando el orden en el podium de tus prioridades. No me quejo, que conste. He sido muchas cosas que quise ser y las que no fui también fueron esenciales porque me mostraron mis limitaciones y tuve que aprender a vivir con ello. Y ya se sabe que aprender es como respirar: se inicia al nacer y se acaba al morir.

La tranquilidad es la cualidad que viene con la experiencia. Hay que saber elegir las batallas y, muchas veces, es preferible tener calma antes que tener razón. Leo cosas asombrosas, veo hechos insólitos pero pienso que configuran el sentir de alguien y procuro entenderlos. Me cuesta, créanme, y muchas veces no lo consigo, sabedor de que no hay psicología que explique ciertas conductas humanas y que el odio está sembrado en el corazón del hombre.

Paso de puntillas, hago una mueca de reprobación y me centro en mi entorno. Me sumerjo en esas pequeñas ilusiones tranquilas que agrandan mis ganas de vivir, en esos seres que amo, en esa parte de la vida que quiero que nunca muera. 

Todo puede girar y acabarse en un segundo. Por ello hay que beberse la vida y comerse el tiempo para descubrir, a final, que en verdad hemos vivido.