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09:34h. miércoles, 01 de diciembre de 2021

Impunidad, divino tesoro

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“El problema es que, como dice un amigo mío, hacen mucho ruido y no son castigados de forma contundente para que sea eficaz. La impunidad, ya ven, campa a sus anchas y muchas cosas que pasan suceden porque no hay efecto disuasorio, ese miedo tan recomendable de saber que si me pillan lo voy a pagar, esa ley que es altamente efectiva en el ruedo ibérico donde, al parecer, el civismo es visto como algo de débiles y de gente que no se aprovecha del sistema. A eso hemos llegado.”

No hace mucho que me he levantado y la cafeína ya ayuda a poner la máquina en funcionamiento, cuerpo y mente que se acoplan para ser yo mismo, alguien cargado de defectos y de pocas virtudes, ése que envejece de forma tranquila, pausada, sin dramatismos, entrando en el invierno de la vida sabiendo que la primavera, vigorosa y luminosa, debe ser dejada atrás.

La juventud, decía Oscar Wilde, es lo único que merece la pena poseerse, años de fuerza y confianza que parece que van a durar siempre y que son perfectamente definidos cuando ya se perfila en el horizonte las líneas de otra etapa, el otoño que precede al invierno, el invierno como consecuencia del otoño. Así es la vida y, si llegamos a viejos, debemos estar agradecidos.
España camisa blanca de mi esperanza, cantaba con voz dulce Ana Belén, parafraseando los versos de Blas de Otero, mientras una sensación agridulce atravesaba nuestro corazón sabiendo que, aun amando nuestro país, había cosas que debían mejorar y que, para qué engañarnos, no han mejorado.

La juventud, divino tesoro para muchos, es cambiada por la impunidad por unos pocos, pirueta asquerosa de aquéllos para los que los valores no tienen ninguna relevancia. La desvergüenza, sí.

Y así nos va, a salto de mata de corrupción en corrupción, de asombro en asombro, desgastando nuestra esperanza con el miedo supremo de qué país se encontrarán nuestros hijos.

Quiero pensar, y estoy casi seguro de ello, que la mayoría de la gente de a pie, del españolito de infantería que diría Eduardo García Serrano, procura comportarse de acuerdo a unas normas, unas leyes que, grosso modo, hacen más fácil la convivencia y atemperan nuestras pulsiones en aras de llevarnos todos bien. Pero hay unos pocos, unos bastantes, unos muchos, dependiendo del contexto en el que te encuentres, para los que la ley y el sentido común no tienen importancia, ésos que se ríen de los buenos mientras se revuelcan en el barro de su mierda, atrapados en un bucle de egoísmo que va del bolsillo al banco y de vuelta al bolsillo.

Son, según Pareto y su famosa ley, un 20% aunque a veces pienso que son muchos más pero me niego a aceptar que sean la mayoría. El problema es que, como dice un amigo mío, hacen mucho ruido y no son castigados de forma contundente para que sea eficaz. La impunidad, ya ven, campa a sus anchas y muchas cosas que pasan suceden porque no hay efecto disuasorio, ese miedo tan recomendable de saber que si me pillan lo voy a pagar, esa ley que es altamente efectiva en el ruedo ibérico donde, al parecer, el civismo es visto como algo de débiles y de gente que no se aprovecha del sistema. A eso hemos llegado.

Y no crean que la inmundicia sólo existe entre nuestros insignes políticos, ya saben, los que tienen diferentes varas de medir según la mierda huela en el hogar o en casa ajena, los que sacan carreras universitarias en poco tiempo o plagian tesis doctorales con la misma facilidad con la que lo niegan todo y se presentan a las elecciones. 

Esa porquería también corroe la vida diaria. ¿No me creen? Seguro que sí, seguro que ustedes también han fruncido el ceño o esbozado una mueca de asombro ante historias del día a día en las que el protagonista alardea de conductas poco edificantes.

Hace unos días me contaban la historia de un colegio en Gran Canaria donde el director descubrió que los empleados del comedor escolar escondían los postres y frutas de los niños con la asquerosa intención de llevarlos para sus casas. ¿Cómo se les ha quedado el cuerpo? ¿Tienen ganas de matar a alguien? No se preocupen. A mí me pasó exactamente lo mismo. Hace falta estar por debajo de las ratas en la escala zoológica para hacer algo así: quitarle la comida a un niño, comida, por cierto, pagada con nuestros impuestos. O esos trabajadores de hospitales, los menos, quiero pensar, que, según otro amigo, se llevan medicamentos y material sanitario, avergonzando a los que sí que cumplen con su obligación y que, curiosamente, cobran igual que aquéllos que merecen nuestra ira.

Y es que eso de cobrar todos igual tendría muchos matices. Hay gente que va más allá de su obligación y los hay que apenas llegan. Créanme, lo veo todos los días.
Hay, incluso, situaciones trágicas. Una chica es atropellada en Madrid por un conductor que se da a la fuga. La chica muere, cambiando la vida de su familia para siempre, incrédulos al principio, destrozados después, buscando razones a diario para seguir viviendo.

¿Ven? Casos a diario que exigen un castigo ejemplar y que, desgraciadamente, no se produce debido a un sentido demasiado garantista de nuestra justicia o porque, sencillamente, hay jueces que aprueban una oposición no se sabe muy bien cómo, dictando sentencias laxas y riéndose del dolor de las víctimas.
Creo que, dado el carácter de bastantes españoles, hay que endurecer las penas ya que, visto lo visto, la gente no se piensa dos veces lo de transgredir la frontera entre el bien y el mal y, por ende, sólo van a reaccionar ante el miedo a la cárcel o el miedo a que le toquen el bolsillo, la vil pecunia, santa sanctorum de esta época que nos ha tocado vivir.

Quizás piense así porque creo más en la reparación de la víctima que en los derechos de los criminales o, tal vez, porque siempre he sido algo vengativo cuando me hacen una buena faena o, mejor, el que me la hace me la paga. Me refiero, claro está, a cosas importantes y no a nimiedades del día a día. No me siento orgulloso al escribir esto pero no puedo ser lo que no soy, que diría John Lennon. 

Algo de eso riega mi pensamiento pero también influye el ver a un delincuente en la calle a los pocos años y, al mismo tiempo, ver a sus víctimas arrastrando su pena y su dolor mientras la sociedad aplica eso tan español y tan asqueroso de mientras no me toque a mí. En fin …
Esto no parece tener fin. Y cosas peores vendrán, como suele decir mi amigo Alexis Serafín citando a la Biblia. Ya apenas me sorprendo de nada y sólo me da miedo el que le pase algo a mi hijo. El resto lo regateo o intento que no me influya aunque mis tragaderas muchas veces no dan para tanto. Me indigno y agacho la cabeza ante lo que parece consustancial al ser humano: hacer el mal y odiar sin medida, menospreciando la fraternidad como algo propio de ilusos y gente que no se adapta al sistema. 

Eso sí, yo me cago en este sistema ya que a veces creo que no hay esperanza. En esos momentos quiero que todo salte por los aires y recuerdo cuánta verdad tenían aquellas palabras proféticas del que fue asesinado en Memphis por pedir un poco de justicia: “ si no somos capaces de vivir todos como hermanos, vamos a morir todos como estúpidos”.