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11:09h. Viernes, 06 de diciembre de 2019

Estos días están siendo muy movidos en el mundo educativo a raíz de las declaraciones de José Antonio Marina sobre la evaluación a los profesores. Vaya por delante mi aprecio a la idea de que en el debate está el progreso y que con la confrontación de ideas se pueden frenar otras confrontaciones más, digamos, exterminadoras.

 

Tenía a este hombre por sujeto reflexivo y que poseía la sana virtud de sólo hablar de lo que se sabe o se ha practicado con asiduidad. Pero debe de haber momentos en los que se pierde la compostura intelectual para caer en la alimentación del ego adulado o subvencionado con dinero público, es decir, prestarse a un libro blanco sobre la educación a sabiendas de que será censurado por el poder si no es de su agrado.

Dicho hecho es muy común en la Universidad o en las empresas con cierta facultad para presionar y domar voluntades.

Pero vayamos al asunto. Me parece muy bien eso de evaluar al profesorado. Yo, como profesor de Enseñanza Secundaria,  no tengo nada que esconder e invito a cualquier contribuyente a mis clases. Eso sí, que entienda un poco el francés, porque todo se desarrolla en esa lengua.

Dicho eso, y siendo más ambiciosos, podríamos evaluar a políticos, médicos, psicólogos, jueces y trabajadores en general, incluidos los "enchufados" que están ahí por ser amigo o familiar de. No estaría mal. Me juego la cabeza a que los políticos serían los peor parados. Y es que, muchos, no tienen ni capacidad para ejercer el cargo que ocupan.

Por otro lado me parece de una estupidez supina el pensar que SÓLO el profesor tiene que ver con los resultados. Ya me gustaría ver a este Marina en una clase de 30 alumnos en Primaria o Secundaria. Yo lo invito, si paga sus impuestos, a mi clase de 1º Bachillerato con 36 alumnos y tres niveles o, mejor, a una clase de un compañero mío con 20 predelincuentes o golfos (disruptivos se llaman ahora) a ver qué estrategias haría él para subir los célebres resultados.

No sé, no sé, no lo veo. Me parece un señor poco pragmático, es más, creo que se mueve demasiado en la Universidad y que nunca ha pisado un Centro de Secundaria o Primaria. Además, el papel lo aguanta todo, aunque la realidad suele ser tozuda. 

Finalmente, ¿qué hay de la evaluación de los padres? Hay algunos que no deberían serlo. Están metidos en una dinámica consumista y la transmisión de valores a sus vástagos no es una prioridad. ¿Cómo se explica, si no, los buenos resultados que tengo con niños que han tenido padres, digamos, normales? Es un auténtico  placer trabajar con sus hijos y, como les digo frecuentemente, el 80 % de su nota es mérito del ambiente familiar que ellos han creado. 

¿Saben por qué Marina no habla de este problema de padres ineptos? Porque recibe órdenes de políticos adictos al poder. Y para conseguir o mantener ese poder se necesitan votos y, he ahí el quid de la cuestión, los padres votan. ¿Lo captan? Todo lo demás, como decía Shakespeare, es sólo silencio. O rebuznos, añado yo.

Lo dicho, invito a cualquiera a mis clases y ver cómo trabajo. Me gusta contribuir a la transparencia ya que, desgraciadamente, muchos  otros sólo saben manipular y hacer bueno aquello de “consejos vendo que para mí no tengo”.