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12:10h. miércoles, 05 de agosto de 2020
“Ahí, ya podré irme y él seguirá su viaje, acertando en sus decisiones o pagando un precio por ellas, haciendo de su  vida lo que él quiera hacer y sabedor de que su padre, con sus defectos y flaquezas, siempre lo amó e intentó que fuera una buena persona. Todo lo demás carece de importancia.”

Todo acaba por la sencilla razón que todo empieza. El final es el último paso de un camino cuya esencia no es para siempre y aceptarlo es un proceso que se configura mejor con el paso de los años.
Entro en El País digital y leo la noticia. Juan Marsé acaba de morir. Tenía 85 años y cumplió con la fría estadística que dicta que, a partir de los 80, el final ya no está lejos.

Marsé, escritor catalán en lengua española, es un referente en nuestra novela de finales del siglo XX. Catalán por nacimiento y español por corazón, demostró que se puede ser ambas cosas sin negar ninguna de ellas y que uno es como es sin ser mejor que nadie. El fanatismo y el sectarismo, tan pegados a la piel de toro, no formaban parte de su alma.

Escribía a pie de vida, encerrado en su piso de Barcelona, trabajando sin descanso y haciendo ver que el talento hay que pulirlo, hacerlo venir a fuerza de voluntad y café, instalarlo en la página con el dolor de ojos que te produce tantas horas de lectura y escritura. El proceso es ése y para ganarse la vida escribiendo hay que renunciar a casi todo, afirmando lo que realmente eres y vales. En eso Juan Marsé era un maestro.

Novelas y artículos, conversaciones y relatos de sus amigos, su universo no contemplaba la mentira porque nunca le importó el qué dirán, medicina suprema para intentar dibujar nuestra impronta en la vida. Muchas de sus novelas fueron adaptadas al cine y él, cinéfilo como pocos, no estuvo de acuerdo con ninguna de ellas aunque no se quejó, sabedor de que una vez que vendes los derechos te puedes esperar cualquier cosa. El dinero compra silencios y él los hacía suyos.

¿Su nivel como escritor? Fue el único para el que Arturo Pérez-Reverte pedía premios literarios y más reconocimiento social. Eso lo dice todo.

Ya de noche, veo la telé y tropiezo con un documental sobre su vida. Bendita casualidad. Me aporta más información y me hace acabar el día escuchando cosas grandiosas sobre aquél que juntaba letras para que, quizás, lo quisieran un poquito más, que diría García Márquez.

La muerte no es el final o quizás sí. Viene sin anunciarse y a veces con acuse de recibo en una correspondencia trágica entre lo que ya fuimos y lo que ya nunca seremos. La señora de la guadaña no conoce buenas acciones ni talentos contrastados, se lleva muy mal con la Justicia y su corte es diseñado por la ruleta del destino en la que algunos tienen más números que otros. Lleva milenios haciendo lo que le viene en gana, caprichosa y siniestra.

Siempre me ha gustado esa visión oriental del fin, cercano y natural cuando se es viejo pero trágico cuando se es joven. Sólo este último caso constituye un acto contra natura, algo desalmado y desgarrador, golpe feroz sobre vidas que ya no serán lo mismo. Cuando se es joven el fin es algo perturbador que te aleja de todo pero cuando se es viejo sólo es el paso esperado para dejar el sitio a otros. Duele, pero es ley de vida e incluso, a veces, queremos que llegue porque ya no somos nosotros ni pretendemos hacer nada en ese fragmento de tiempo, en esa hoja roja, que diría Delibes, en la que sólo queda esperar, mirar atrás y ver que hemos estado a la altura.

Yo, por mi parte, no creo en seres superiores pero me gustaría pactar con alguien vivir hasta que mi hijo tenga 24 años, que esté formado y fogueado, pleno en sus valores y creencias. Ahí, ya podré irme y él seguirá su viaje, acertando en sus decisiones o pagando un precio por ellas, haciendo de su  vida lo que él quiera hacer y sabedor de que su padre, con sus defectos y flaquezas, siempre lo amó e intentó que fuera una buena persona. Todo lo demás carece de importancia.

Sí, ése es mi gran deseo y sería un buen pacto, unas condiciones justas porque he visto muchas injusticias y la seguridad siempre nos tranquiliza. No quiero arrastrarme en mis últimos años, no quiero que él vea algo que ya no se parece a su padre. Quiero que aguante el golpe  de mi partida y que sepa que su padre siempre lo quiso así, rápido y sin dudas, sin prolongar una agonía que le haga sufrir más de lo que merece.

Marsé, libre y talentoso, era adorado por sus hijos y nietos. Veo en el documental la sonrisa de los hijos de sus hijos jugando con su abuelo. Lo veo feliz, acertado y bien ubicado, consciente de que no hay palabras que puedan condensar esos momentos. Domador de vocablos y textos, sabía perfectamente que la grandeza no estaba en sus novelas sino en la mirada tierna de aquéllos que se quedan para recordarlo siempre.

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