Buscar
10:26h. Sábado, 19 de octubre de 2019
oscar mendoza
oscar mendoza
“Dudo mucho que la mayoría de ese pueblo esté de acuerdo con un comportamiento tal vil pero ya sabemos que el miedo fue amo y señor en el País Vasco bajo las pistolas de unos asesinos trasnochados que, lejos ya de luchar por la libertad en épocas franquistas, esgrimían la parabellum para mantener el chiringuito  y vivir en una locura colectiva elevando el dolor a la enésima potencia. Sí, no se engañen, los caminos de los mafiosos conocen razones que la más mínima lógica no conoce”.

Hay ciertos momentos y ciertas circunstancias en las que uno se plantea si de verdad la raza humana se ha desprendido de su parte animal. Hay ciertos momentos que se graban en la sinapsis neuronal como ejemplo de lo que no deber ser y de lo que debe ser repudiado.

Hay ciertos momentos en los que se siente vergüenza de vivir en un país donde parece que el odio no acaba nunca. Hay momentos, en suma, en los que uno desearía ser una piedra que, como dijo Rubén Darío, es “dichosa porque no siente”.

Leo con sorpresa y estupor que un asesino de ETA, lo digo con todas las letras, es homenajeado en su pueblo una vez que ha cumplido su pena de prisión. Las palabras acuden raudas a mi mente, como  un río desbordado, y se acumulan una encima de otra para intentar explicar un comportamiento tan rastrero y bastardo.  Es imposible.

Esas palabras se quedan sin la imagen que representan y son expulsadas a borbotones ya que no consiguen definir tal infamia porque, sencillamente, no hay vocablos cuando pienso en una víctima que intenta superar la humillación y que duda, yo lo haría, si coger un arma y tomarse la justicia por su mano.

Dudo mucho que la mayoría de ese pueblo esté de acuerdo con un comportamiento tal vil pero ya sabemos que el miedo fue amo y señor en el País Vasco bajo las pistolas de unos asesinos trasnochados que, lejos ya de luchar por la libertad en épocas franquistas, esgrimían la parabellum para mantener el chiringuito  y vivir en una locura colectiva elevando el dolor a la enésima potencia. Sí, no se engañen, los caminos de los mafiosos conocen razones que la más mínima lógica no conoce.

En esos tiempos el miedo cubría a muchos como una segunda piel. Era normal porque no se puede obligar a nadie a ser un héroe y, en el día a día, había que convivir con gentuza que te delataba a la menor ocasión. Un gol de la Selección española de fútbol celebrado en público, un comentario apoyando a una madre que había perdido a su hijo en un atentado, eran razones suficientes para ponerte en la diana y para hacerte la vida imposible. Muchos, de hecho, no lo soportaron y abandonaron Euskadi ante el silencio cómplice de la mayoría y la cobardía moral del PNV que no acababa de ser contundente en este asunto. Ya saben lo que decía el cínico de Arzallus sobre el árbol y las nueces.

Pensábamos que esa época ya había quedado atrás y que no se prestaba la mínima cobertura a  alimañas que hicieron tanto daño, que finalmente los buenos habían ganado la batalla de la calle y que, vencido el miedo, caminaban con el gesto gallardo de los que saben que tienen razón dejando en la acera de enfrente a esos fascistas, ellos sí que lo son, que exigen que se piense como ellos y, si no, dos tiros al aire, o en la nuca, para que cunda el miedo de nuevo. Y es que el rédito del miedo es más directo que el rédito de las urnas.

Pero ya ven que no. Homenaje por todo lo alto a alguien que carece de la más mínima humanidad y que, por cierto, no ha pedido perdón ni se ha arrepentido. Esta fiesta de la locura fue bendecida por la corporación municipal atendiendo a razones que no han quedado muy claras y que, bien pensado, tiene que ver más con contentar a los votantes de Bildu que con la supuesta grandeza del vástago del pueblo.

¿Se imaginan ustedes estos actos en un pueblo alemán cuando algún nazi salió de la cárcel? No, claro, porque estos homenajes están prohibidos ya que fomentan el odio y se crea un sentimiento de injusticia y frustración. Spain is different o, como se dice ahora, marca España.

Lo dicho, que uno a veces dimitiría de su condición de ser humano para, como diría el genial poeta nicaragüense,  “no saber a dónde vamos ni de dónde venimos”.