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00:40h. viernes, 29 de mayo de 2020
“Y qué me dicen de la política, terreno abonado a la falacia, a la mentira más intensa y  a la desvergüenza como bandera. Gestores de la res publica que, si no son mediocres, sí que lo parecen. Hace poco uno  de ellos votaba en contra de una renta mínima transitoria para los más vulnerables y, acto seguido, alababa a Cáritas por repartir comida a los hambrientos. Nunca una acción denotó tanto de alguien, dibujando perfectamente su forma de pensar en la que la justicia social es sustituida por la caridad, panfleto luminoso de esos neoliberales cuyo egoísmo es amo y señor de sus almas.”

No son muchas las personas a las que admiramos en sentido pleno. La admiración, como tantas otras cosas, tiene mucho de personal y de intransferible, dibujando nuestra esencia individual. Uno es lo que es pero también lo que desea o admira, esa conducta o gesto que queremos hacer nuestro al estar cargado de belleza o de ética. Nos gusta vernos reflejados en ese espejo, percibiendo esa imagen que, sin ser la nuestra, se parece mucho a nosotros.

Yo admiro a la gente que intenta no mentir, que lo tiene como principio vital irrenunciable aunque, algunas veces, lo acaecido modifique la intención y resbalemos hacia la mentira. En la reflexión anterior suelo ser contundente y en la acción posterior me gusta ser condescendiente. Puedo perdonar el resultado no esperado pero odio la vileza de la reflexión que lo ha guiado.

Sí, mucha gente odia mentir a los demás. Otra cosa es cuando esa mentira tiene un calado interior, es introspectiva, hacia adentro, más intensa, por lo tanto. Ahí todo cambia y nuestro cerebro puede emitir señales falaces para creernos lo que queremos creer y no lo que es en realidad. Ya lo decía el clásico, no hay nada más complicado como  no engañarse a uno mismo.

Seguro que lo ven cercano porque les ha ocurrido. Se actúa a sabiendas de que estamos en un error, quizás porque el corazón o el deseo conocen razones que la razón no conoce. Aquella amistad que no fue tal por mucho que lo intentáramos, aquella discusión con tu padre obviando que él no tuvo las mismas oportunidades que tú, aquellos errores que cometiste porque tu esencia no fue respetada por tus deseos.

Hay también una hipocresía social. Hablo mucho de ello con mis alumnos, no por ser un moralista al uso, que no lo soy, ni por haber sido un ejemplo a seguir, que no lo fui. Valoro mucho a mis alumnos como para arrastrarlos a mi pasado. Pero me gusta hacerlos reflexionar, ponerlos en coyunturas importantes para que encuentren su sitio. Ellos, en general, responden que siempre harán lo que los dicte su conciencia y no lo establecido. Sonrío y les doy la razón aunque hago hincapié en que hay veces que sí deben asumir una cierta hipocresía destinada a sobrevivir. Les cuento que, si llega el caso, la llevarán a cabo para proteger a sus hijos al, por ejemplo, alabar a tu jefe porque la comida no puede faltar mañana.

¿No han sentido nunca ganas de arrancarle la cabeza (de forma figurada o no tan figurada) a ese familiar que no para de decir estupideces? Y, sin embargo, tienes que asentir de forma hipócrita para no causar daño a esa persona que amas y que no quiere problemas. O decirle cuatro cosas, que diría un castizo, a ese padre divorciado de algunos de mis alumnos, ese padre que no le pasa un duro a su ex porque sabe que el amor de la madre todo lo puede. Sí, ese padre al cual matarías si no supieras que su hijo, pese a todo, lo sigue queriendo. No te queda otra que decir banalidades de forma hipócrita y aceptar que la semilla del mal nunca se acabará.

Y qué me dicen de la política, terreno abonado a la falacia, a la mentira más intensa y a la desvergüenza como bandera. Gestores de la res publica que, si no son mediocres, sí que lo parecen. Hace poco uno  de ellos votaba en contra de una renta mínima transitoria para los más vulnerables y, acto seguido, alababa a Cáritas por repartir comida a los hambrientos. Nunca una acción denotó tanto de alguien, dibujando perfectamente su forma de pensar en la que la justicia social es sustituida por la caridad, panfleto luminoso de esos neoliberales cuyo egoísmo es amo y señor de sus almas.

Lo dicho, no es conveniente negarse a uno mismo y recurrir a la mentira para obtener una aceptación social que nos dé tranquilidad. Tampoco conviene ir al extremo contrario, esto es, asumir el reparto de dolor hacia los demás por  el deseo de afianzar mi libertad. Hay veces que conviene no hablar si con eso ahorras lágrimas ajenas. Las batallas, con el paso de los años, son seleccionadas mejor y uno camina por la vida deseando tener tranquilidad, no la razón.

La felicidad, ya saben, es conseguir caminar por el camino que has deseado seguir, no los éxitos ni tampoco los fracasos encontrados en ese camino porque, como decía Kipling,  éxito y fracaso suelen ser dos impostores.