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08:36h. sábado, 26 de septiembre de 2020
“El miedo y la esperanza vendrán. Se quedarán durante algún tiempo y sólo deseo que no haya tragedias dentro de esos locos bajitos. Asumo mi responsabilidad de trabajador público y asumo el riesgo, incluso el que me puede ser letal. Pero no podría asumir ver a unos padres que dejan de serlo ante una situación excepcional que podría haber sido mejor gestionada.”

La vida no es un largo río tranquilo que discurre sin alteración en su caudal ni en su línea recta. Es todo menos eso y los vaivenes son la sístole y la diástole de un corazón destinado a no sobrevivir. El milagro de la vida lleva consigo la tragedia de la muerte.

Hace ya una hora que amaneció mientras estoy escribiendo estas líneas y, un poco más atrás, fue la noche. La oscuridad que deja paso a la luz y lo que es vivido en los sueños queda atrás, sin posibilidad de atraparlo dado que su lugar es ocupado por la duda de lo que sucederá. Desayunas, tomas un café y vuelves a ser tú.

Todo es contraste y dicen que para percibir la esencia de la felicidad hay que transitar por las costuras de la tristeza. El paseante solitario, que diría Rousseau, se fortalece en la segunda a la espera de la primera.

Vivimos tiempos que nunca quisimos vivir y los días son consumidos entre el miedo y la esperanza. Leo, escucho y hablo para respirar ese aire del ambiente, esa capa espesa derivada de la preocupación de muchos padres ante la inminente vuelta al cole en estos tiempos de virus que parecían controlados y que no lo están.

No nos faltaban preocupaciones y una nueva es añadida, una que te bloquea porque afecta a esos pequeños locos bajitos que son una versión mejorada de ti. Ahora este país se la va a jugar intentando hacer malabares entre cuidar a los que más queremos al mismo tiempo que se intenta salvar la economía. No se engañen, los niños tienen que estar en los colegios porque, sencillamente, los padres tienen que trabajar para poder seguir consumiendo, alimentando así la economía liberal, ese Saturno devorando a sus hijos para más gloria de la cuenta de resultados.

Las autoridades no se plantean, o lo hacen de forma muy vaga, cómo se puede enseñar mejor en este contexto, cómo conseguir no abandonar a nadie por el camino, cómo ser justo y seguir adelante. No, lo importante es aparcar niños para que no interfieran en el proceso económico que les comentaba en el párrafo anterior. Las cartas del azar son puestas boca arriba para descubrir que la relación déficit-superhábit es más importante que la seguridad de un niño. Ésa es la puta verdad, con perdón.

Todo resulta extraño y nada coherente. No se permite reuniones de más de diez personas, sean públicas o privadas, y, por el contrario, se piensa que clases de más de veinte alumnos de veinte familias diferentes es una buena opción para garantizar cierta seguridad. Me asombraría si no conociera cómo se las gastan nuestros regidores patrios y a quién sirven realmente.

Los profesores afrontaremos la situación con todas nuestras fuerzas e intentando dar lo mejor de nosotros mismos. No les quepa duda. Y lo haremos con un cierto optimismo para vencer al miedo o, en todo caso, para que ese miedo no sea percibido por nuestros alumnos, ésos que parecen que se contagian menos y que, visto lo visto, no importan mucho porque no trabajan ni consumen.

Me veo en el aula, todos con mascarillas puestas, instrumentos necesarios ahora mismo pero muy perjudiciales para la formación. No importa. Ahora nuestro deber es protegerlos en la medida de lo posible y trabajar mucho la parte afectiva y emocional. No habrá miedo en nuestros ojos pero sí que los veremos en lo suyos porque no hay mascarilla para tapar una situación que ellos, menos que nadie, merecen y que no logran entender. 

Sí, habrá esperanza. Es lo único que puede alimentarnos y a lo que nos podremos agarrar cuando flaqueen las fuerzas. Sentido común, cuidado y paciencia serán los complementos perfectos para esa esperanza. Trabajaremos en equipo y nunca esa palabra, equipo, tuvo tanta importancia para la supervivencia. Nosotros, con nuestros equipos directivos a la cabeza, así lo haremos hasta que esta pesadilla sea destruida por una vacunación masiva que, al parecer, vendrá dentro de séis meses o un poco más.

El miedo y la esperanza vendrán. Se quedarán durante algún tiempo y sólo deseo que no haya tragedias dentro de esos locos bajitos. Asumo mi responsabilidad de trabajador público y asumo el riesgo, incluso el que me puede ser letal. Pero no podría asumir ver a unos padres que dejan de serlo ante una situación excepcional que podría haber sido mejor gestionada.

Lo que me pase a mí, con perdón, me importa una mierda. Pero no quiero que le pase nada a mi hijo ni a mis alumnos. Ése es mi miedo. 

Mi esperanza es que se confirme el hecho de que los niños sufren mucho menos esta enfermedad.

Ya ven, el miedo y la esperanza. Lo que no deseamos y lo que sí queremos, lo que nos perturba y lo que nos alimenta el alma.