Buscar
19:13h. jueves, 02 de julio de 2020
“Ni la imagen ni la palabra son tan contundentes como la música. Las dos primeras llegan pero la última me sobrepasa atravesando mi ser como un relámpago cuya luz tiene acordes y melodía.”

Hay cosas que no consigo entender del todo o cuya dimensión se me escapa, lejana ya, hacia otros derroteros lejos de mi comprensión. No lo digo como una queja o un lamento sino como una verdad revelada con la seguridad del paso del tiempo. Los años dejados atrás, con sus sonrisas y sus lágrimas,  son la luz para medir el momento actual y descifrar mucho del futuro, si eso es posible.

El poder de la música es una de esas cosas. Las notas en el pentagrama, si están bien ubicadas, parecen dibujadas para llegar directamente al corazón. Si la composición flaquea, no dejan de ser ruido y algo que debemos despreciar porque no nos aporta nada.

He tenido, a lo largo de mi vida, ciertos Dioses que me guiaban y me acompañaban en esos momentos en los que zozobraba o en los que todo era agrandado por sonrisas cómplices y algo de alcohol. La lectura, el deporte, la conversación, … venían a mí y formaban parte de mi ser, mejorándome al instante o prometiendo mejoras en los años en los que no tenía certezas absolutas. Ahora las tengo pero hay otras dudas que han ganado peso, territorio hostil pero no necesariamente malo si queremos crecer.

Ya digo, pequeños Dioses que me alimentaban. Ninguno de ellos tenía, ni tiene, el poder de la música. Esa sensación instantánea de llegarte muy adentro y con mucha rapidez, ese cortejo de mi mente con mi corazón, ese estado que no cambiaría por nada, todo ello supone algo muy especial y, como tal, deseable. 

Echo la vista atrás y percibo que muchos momentos de mi vida tienen una canción de fondo, una melodía que los perfila en mi recuerdo. Bailaba, por ejemplo, celebrando el haber aprobado las Oposiciones, después de una año durísimo, a ritmo de una canción de Los Rodríguez donde hacía calor para estar mucho mejor. Añoraba en Francia mi tierra con la voz cálida de Pedro Guerra que, al igual que yo, tenía una casa en el mar con siete puertas.

Recordaba la injusta muerte de mi padre mientras The Crhristians acariciaba mi alma y las lágrimas mojaban un rostro descompuesto que no conseguía entender nada.  Evoco mi pueblo, Agulo, mientras Antonio Vega me ayuda a definirlo como el sitio de mi recreo.

La imagen, fogonazo continuo en el buen cine, también trajo mucho a aquél que siempre se sentía menos y, así, empecé a darme cuenta de las injusticias de la vida cuando Gérard Dépardieu, interpretando a Cyrano de Bergerac, se rendía a la belleza de Christian, entre cuyos brazos descansaba la mujer que él, de forma velada, amaba. Y es que, como decía Miguel Delibes, no hay peor tirano que la vida misma.

Yo, ya lo saben, amo las palabras y muchas veces creo que mil palabras sí que valen más que una imagen. Se conforman en mi mente revelando lo pensado o lo deseado y su recorrido me llena cuando leo. Las escojo, exprimo y las junto cuando escribo no sé muy bien por qué. Hay días que fluyen sin parar y otros que mutan hacia el silencio ante mi perplejidad e impotencia. Sí, esos días que parecen tres inviernos, que diría mi compañera de columna Lourdes González.

Ni la imagen ni la palabra son tan contundentes como la música. Las dos primeras llegan pero la última me sobrepasa atravesando mi ser como un relámpago cuya luz tiene acordes y melodía.

El tiempo pasa y, en algunos aspectos, cambiamos con él. Las marcas de los días pasados se dibujan en nuestro rostro y hay que aceptarlo con dignidad. Las marcas del alma son menos visibles pero tienen más recorrido siendo sus grietas más difíciles de llenar. El dolor también nos da forma, se une a nosotros y deseamos escuchar esa canción que actúe como anestesia. El pentagrama es, en esos momentos, el catecismo para resistir, la boya para no hundirnos.
Más palabras, más cine, más música, por favor.