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19:16h. domingo, 19 de septiembre de 2021

El pescante y la vida.

OSCAR MENDOZA OPINIÓN
“La luz, intensa y amarilla, dibujaba allá y lejos el contorno del Teide y el mar, aquí y cerca, nos llamaba para unirnos a él, sal y agua que mojaba nuestra piel, chapuzones sin fin, miradas cómplices de amistad y algunas hacia esa chica que no era amiga porque querías que fuera algo más.”

Decía Machado que siempre se canta lo que se va y ya no tienes, lo que era y nunca más podrá ser, lo que forma parte de un pasado que, a medida que envejeces, parece una vida vivida por otra persona, un espacio reservado al recuerdo y que es inamovible. Recordamos, sonreímos o lloramos y seguimos adelante, hacia la nada de la que partimos y en la que nos sumergiremos irremediablemente. Nada es eterno y todo tiene un principio y un final.

El verano ya está aquí, luces que parecen más intensas y sonrisas más amplias. Lo especial, por no ser corriente, es lo que todos queremos vivir, esa gasolina que debe alimentarnos para soportar el tedio un día sí y el otro también.

Pronto estaré en Agulo y allí seré más yo, viendo como ese chaval que adoraba leer y jugar al fútbol, ya mayor, se siente pleno, diferente, sabedor de que la jubilación está próxima y de que, por fin, el sitio donde nací será el sitio donde moriré, tranquilo y feliz si mi hijo tiene salud. No es mucho pero no necesito más. 

Allí, entre los riscos y el mar me espera el potaje de berros de mi hermana, la conversación con la gente que quiero, la tranquilad de hablar y de escuchar, las caminatas prometidas con mis queridos Kiko Macho y Alcibiades, la cerveza fría que, como diría Pedro Guerra, regará las amistades. Sí, la vida que espero dentro de poco.

 

pescante agulo

Pero, hace ya mucho, había otra vida, lejana ya, intensa y noble, inocente por joven y llena de esperanza por no ser viejo. Esa vida, dentro de las muchas que he vivido, empezaba cualquier día de verano al ponerte el bañador en el Charco y quedar con Alexis Serafín, Ramón Rodríguez, Kiko Correa, … para bajar al mar, a la costa, a la parte más alejada de La Zula, Abrahante y La Caperuza, allí donde, lo recuerdo perfectamente, las risas eran más sonoras y no había lágrimas.

Había prisa por llegar y aun no entiendo cómo no nos rompimos un brazo o una pierna mientras corríamos hacia abajo, aumentado la velocidad a medida que nos aproximábamos a nuestra piscina comunitaria. Lo que eran pasos al empezar se convertían en zancadas al llegar. Las prisas, por una vez, sí eran buenas consejeras.

La luz, intensa y amarilla, dibujaba allá y lejos el contorno del Teide y el mar, aquí y cerca, nos llamaba para unirnos a él, sal y agua que mojaba nuestra piel, chapuzones sin fin, miradas cómplices de amistad y algunas hacia esa chica que no era amiga porque querías que fuera algo más.

pescante agulo 2

Cierro los ojos  y percibo perfectamente el olor a mar, a lapas, a musgo que brotaba entre las piedras y el rompeolas, estructura de cemento que, cuando no había sitio en la bajada, era zona de descanso con toalla o sin ella, sitio donde los adolescentes nos pavoneábamos cuando entras en esa competición por gustar que empieza al ponerte de pie y acaba con tu forma de nadar. Nadie te miraba, o quizás sí, al percibir que tu mirada se encontraba con la de la chica que te gustaba, con la única mirada que tú querías ver.

Hace ya mucho pero me veo nadando hacia Piedra Rajada. No voy solo sino que comparto brazadas con muchos del pueblo, una pequeña competición, no sé muy bien por qué, para llegar primero. Nos alzamos y nos sentamos en esa roca mientras miramos hacia el frente, marcando distancia con los que se quedaron, sabedores de que podemos charlar sin que nadie nos escuche. Y eso también forma parte del pescante y de la vida. Somos unos diez, de todas las edades, los mayores hablan más y los menores escuchan. Y así debe ser.

Oigo las voces de mi primo Jose Carlos, de Kiko Macho, de Antonio Cruz, … voces que hablan de fiesta y del pueblo, de lo bueno y de lo malo, de lo que ya se fue y de lo que nos espera. Noto una bondad generalizada y todos reímos, nos sentimos bien y Piedra Rajada ya no está rajada, es un piedra unida por el cemento de la camaradería y por la amistad entre los jóvenes. De repente, Kiko Macho se levanta y grita, venga todos después de mí y se lanza al mar mientras los demás nos colocamos en fila y le seguimos, respetando la importancia que sólo da la edad. Nadie se queda porque nadie quiere quedarse solo.

Pasan algunas horas y llegan los barcos de los pescadores, no todos juntos o quizás sí, ya no lo recuerdo, pero siempre respetando el turno y haciendo virtud de la paciencia. Pepe Gámez, Chani, Pedro el de Rita, Fito, mi tío Juan el Villero, … capitanes sin título pero que son obedecidos por lo que creo que se ha perdido en buena parte: el respeto a los mayores y al que sabe.

Todos ayudan a subir los barcos, grandes y pequeños, dando una pausa a la diversión porque la obligación nos llamaba. Una obligación placentera, cierto, llena de miradas admirativas hacia aquellos de rostros fuertes y manos endurecidas.

Yo, con un bañador rojo de no sé cuántos años, traigo agua en un balde para limpiar el barco de mi tío, mientras mi primo Ulises me dice trae otro y otro y otro. Juan separaba el pescado, Ulises limpia el barco y yo traigo el agua. Cada cual está en su sitio, según la importancia del rito. Esa conjunción de tres generaciones tenía la impronta del respeto, de la educación, de la familia, de lo que es realmente importante.

El día se acaba. Alexis Serafín, Ramón Rodríguez y yo, los hijos del Charco, decidimos subir ya. Lo hacemos a menor velocidad que la bajada, no por la dificultad de subir sino porque, quizás, nos cuesta dejar atrás lo que deseamos que nunca acabe.

final opi agulo pescante

Subimos, miradas al frente y, de cuando en cuando, hacia atrás. Es menos difícil remontar si hay algún pepino o tomate que comer, aunque esté muy caliente, si hay un hoja de ñame para compartir el agua bendita, ésa que apagaba la sed de unos chicos que, ahora lo veo, eran felices porque no había responsabilidades que asumir, tristezas que penar cuando eres mayor.

Pero todavía falta algo. Llegamos al tanque de La Verdura, piscina natural de agua dulce que, siendo pequeña, nos parecía un mar sin sal porque siempre pasaban cosas. Baño rápido o no tan rápido, bailes al borde con alguna canción de Palmera, bacadillo finiquitado al ser compartido hasta la última miga.

Nos callamos al ver venir, arriba, a lo lejos, a Angelito el de Salvador quien, al llegar por encima del tanque, se lanza de cabeza, arropado con una capa de valor que solo él tiene, con ese grito atávico que despertaba envidias, con esa risa pícara del primer saltador de las hogueras de San Marcos.

Estanque de La verdura en Agulo

Seguimos subiendo y llegamos a La Tosca. Allí, parlamento del Charco, siempre hay señores que nos miran pensando que ellos, cuando les tocó ser felices en su infancia, no lo fueron y que quizás perdieron mucho. O quizás no, sólo nos miran felices, como yo, ahora, miro feliz a niños jugando y riendo, viviendo esa etapa de la vida que, llegado el momento, debe ser dejada atrás.

Sí, hay muchas vidas dentro de una vida. Hay muchos soles, según el lugar donde estés, hay mares que huelen más a mar que otros mares, hay momentos que, ya lejanos, siempre están ahí. 

El Pescante, bajar feliz y subir algo triste, bañarte y reír, compartir todo con todos, espacio para pescar.  Pero no todos pescamos lo mismo. Los capitanes intrépidos algo de pecado, con esfuerzo y paciencia. Los demás, ahora lo sé, algo parecido a la felicidad.

los-barcos-de-pesca-en-una-playa-piedras-el-pueblo-costero-del-puertito-tenerife-las-islas-canarias-españa-febrero-174045440

P.D. Quiero agradecer a Alexis Serafín y a Ramón Rodríguez sus ideas para la confección de este artículo.