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19:22h. jueves, 02 de julio de 2020
“Pero hay otro tipo de posesión que nos da forma. Son los pensamientos, los recuerdos, todo lo que se fabrica en nuestra cabecita, esa máquina de crear tormentas que solamente nosotros vemos. Ahí todo suma y hay que tener mucho cuidado al seleccionar lo que entra y a lo que acabamos por darle mil vueltas.”

Abro el País en su edición del domingo y me encuentro una entrevista con Berto Romero, humorista único, quizás porque quedan muy pocos que sean realmente buenos.  Se formulan preguntas más bien banales, quizás intencionadamente simples, dando como resultado respuestas que dejan con el pie cambiado al entrevistador. No es fácil entrevistar ni tampoco percibir si una entrevista es buena.

El tono es agradable pero incisivo, con lo que aplazo mi segundo café de la mañana para sumergirme en lo que dice alguien que hacer reír pero que, al parecer, también ha llorado mucho. Está escrito en las estrellas que las lágrimas brotan con mucha facilidad en aquél que provoca tantas sonrisas a otros. Estos últimos ríen sin saber que el primero quizás contó anoche cuántas razones tenía para vivir y le sobraron dedos de una mano.

Tragedia y comedia son reversos de la misma moneda que lanzamos al aire a ver qué pasa. 
Y mientras, mientras, la vida sigue porque es lo que te pasa mientras estás haciendo otros planes. La frase, lo habrán adivinado, no es mía sino de un tal John que llevaba gafas, que nació en Liverpool y que decía que lo que único que necesitas es amor.

Y de repente, zas, la frase entra en mi cerebro como una descarga que requiere el cien por cien de mi concentración. “Lo que posees acabará poseyéndote”, cita el humorista con más pedagogía que humor. Es una frase de un diálogo de la película El club de la lucha, de David Fincher. Yo vi esa película pero no recordaba esa parte. Suelo pensar que siempre se me han escapado cosas importantes del pasado y me fustigo por no haber estado atento, obviando que las cosas son como son y que mirar lo que ya pasó con los ojos nuevos del presente es una soberana estupidez. Ya no se puede cambiar y no creo que sea justo. Pero nadie puede ser lo que no es y hay que vivir con eso.

Esa idea de posesión como afirmación siempre me ha interesado porque es lo que se ve diariamente y lo que se transmite como un mantra acelerado en virtud de unos principios basados en el consumismo que alimente la máquina que, de seguir así, créanme, descarrilará más pronto que tarde. Esa locomotora no requiere “más madera”, que diría Groucho Marx, sino más liquidez pecuniaria para hacer al rico más rico y al pobre, en el mejor de los casos, algo menos pobre.

Vivimos tiempos cambiantes y parece que daremos un salto hacia adelante o giraremos hacia lo que nos conviene. En este caso la línea recta no es lo óptimo si queremos sobrevivir como especie. Ese giro necesario, avalado por tantos científicos, será permitido en razón de nuestra fuerza social como conjunto. La unión, ahora más que nunca, hará la fuerza.

Pero hay otro tipo de posesión que nos da forma. Son los pensamientos, los recuerdos, todo lo que se fabrica en nuestra cabecita, esa máquina de crear tormentas que solamente nosotros vemos. Ahí todo suma y hay que tener mucho cuidado al seleccionar lo que entra y a lo que acabamos por darle mil vueltas.

Yo, imperfecto como pocos, tengo días en los que lo que fue me puede, en una especie de baño grotesco en el barro que no es la mejor forma de limpiarse. Lo mal que actué, los errores importantes que cometí, aquella situación que odié vivir, me persiguen a tal velocidad que siempre me alcanzan ya que los mecanismos mentales para eludirlos no siempre llegan, es más, se alejan de mí hacia otras mentes más afortunadas. Y entonces lo que poseí me posee, lo que viví y ya no es vuelve a vivir en mi interior haciendo supurar la herida que yo creía cerrada. En esos días, el pasado manda en mi presente y me odio por ello.

La higiene mental es tan recomendable como la fisiológica. Después de una buena sesión de deporte conviene darse una buena ducha para eliminar todos los residuos. Después de esos días de los que les hablaba antes, conviene una parada, un paseo por la playa, una conversación con un amigo, algún punto de agarre para volver a ser nosotros, para eliminar todos esos residuos del pasado que amenazan nuestro día a día. Esa ducha vital, esa carga de energía, supone más que aquella otra en la que el agua limpia tu piel.

El placer, Dios pagano de tiempos sin Dioses, consiste en desear, no en poseer. Por eso es menos intenso a medida que poseemos algo y necesitamos renovarlo con otras cosas que no poseemos. Es un territorio peligroso, minado con mentiras y apariencias, tramposo como la diferencia entre éxito y derrota. 
Tal vez debamos apreciar el compartir, dando una forma correcta al placer y un significado nuevo a la posesión, es decir, poseer el placer de compartir.