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21:04h. Lunes, 17 de febrero de 2020
“Sentimos y, muchas veces, sentimos en demasía, si eso es posible. La alegría es interrumpida por la tristeza y los momentos obscuros son aplacados por la luz de la esperanza. Así es el devenir del día a día, momentos que empiezan con el sonido del despertador y que no intuyes porque no sabes qué traerá la marea de la vida. Vivir, supongo, es eso, seguir y mirar hacia adelante con pocas certezas que te calmen el alma. Ya saben, “ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror”, que diría Rubén Darío.”

Todo tiene un principio y un final pero hay días en los que uno tiene la certeza de lo vulnerable que es. Te detienes un segundo, piensas, te conectas con tu yo y ves perfectamente que la vida es una serie de acontecimientos y casualidades en los que a veces se gana, otras se aprende y siempre se acaba perdiendo. Hoy eres alguien, mañana sigues siendo el mismo pero pasado puedes ya no ser. Es así de fácil porque la tragedia no respeta bondades.

Leo la trágica muerte de un icono del baloncesto y vivo en primera persona la tristeza de un buen amigo al ver cómo su madre se apaga lentamente y se desliza hacia la nada. Él, fuerte entre los fuertes, gestiona relativamente bien su dolor y no quiere ver a su madre sufrir. Duda si hace bien en desear que todo acabe pero se tranquiliza pensando que no querría eso para sí cuando le toque su hora ni, ya puestos, yo para mí cuando me toque la mía.

Solemos vivir en la inconsciencia de que todo tiene un final. No pensamos mucho en ello por protección psicológica y está bien que sea así para seguir gozando de las grandezas de la vida, que son muchas o pocas, y de esos momentos que te marcan al dibujar perfectamente tu forma de ser y tu espacio en este viaje de ida y vuelta. De la nada venimos y en la nada nos sumergiremos.

Hay algo que va más allá. No sé si es ciencia o está en contra de lo empírico pero tenemos la impresión de que lo fatal, lo auténticamente dantesco, lo que te cuesta mucho asumir, lo que hace que desees apearte de este viaje, es el hecho de que se apague la luz de alguien muy joven o de alguien que no lo merece. Nos ponemos una especie de barrera a la que podemos llegar. Esa barrera es, para muchos, los ochenta años y, después de eso, afrontamos el final con serenidad y con la certeza de haber tenido bastante suerte. Suerte que no han tenido otros muchos que se fueron demasiado pronto. 

Yo, por la parte que me toca, estaría feliz con ver a mi hijo con su formación terminada y con las valores bien establecidos. Sólo pido eso, mucho si se ve cómo la injusticia golpea a otros, poco si nos basamos en el egoísmo. Ahora bien, quiero que mi viaje sea rápido y que mi hijo me llore lo necesario ya que él tendrá su vida y, así lo deseo, su espacio de amar, de trabajar, de ayudar a los demás, de no olvidar quien es, de, en suma, ocupar su puesto en el campo del honor.

Estos días mi deber era estar con un amigo. Su madre se iba y yo, al llegar a su lado, no sabía qué decir. Las palabras se esconden, vienen sin sentido y carecen de expresividad. El dolor te puede y ya no eres tú porque quieres ser el otro y compartir parte de su dolor. Es imposible. Hay golpes que debes encajar tú solo aunque a mí me gusta pensar que las palabras de alguien querido suponen un apoyo para no besar la lona y volver a levantarte.

Sentimos y, muchas veces, sentimos en demasía, si eso es posible. La alegría es interrumpida por la tristeza y los momentos obscuros son aplacados por la luz de la esperanza. Así es el devenir del día a día, momentos que empiezan con el sonido del despertador y que no intuyes porque no sabes qué traerá la marea de la vida. Vivir, supongo, es eso, seguir y mirar hacia adelante con pocas certezas que te calmen el alma. Ya saben, “ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror”, que diría Rubén Darío.

El final no espera a todos. La religión, consuelo de muchos, no me aporta nada aunque a veces desearía ser creyente y tener la certeza de que las buenas acciones se recompensarán en la otra vida. No mis acciones, que son pocas, sino las numerosas de las buenas gentes que pueblan este mundo. Ellos, aire para aquéllos a los que les cuesta respirar, deberían sentarse todos a la derecha del Padre.

A otros, mucho más imperfectos, nos queda el consuelo de que la vida, una vez dada, no puede ser eliminada del todo y vamos hacia algo que no sé lo que es pero que deseo que esté ahí, esencia enorme y luminosa, estado en el que me esperan gente a la que amé.