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10:07h. Viernes, 06 de diciembre de 2019

Hay momentos en la vida en los que cuesta desprenderse de ese caparazón de sentimientos egoístas que nos ha sido dado para satisfacer nuestro primer instinto básico: el instinto de supervivencia.

José Saramago, en su monumental Ensayo sobre la ceguera, describió perfectamente esa mezcla de características vergonzosas en lo moral pero tan prácticas en el día a día cuando vienen mal dadas.

Viene todo esto a cuenta a partir de una reflexión que compartí con un familiar. ”Es lógico pensar en uno mismo pero, a veces, deberíamos pensar en lo que queremos para los demás, aunque eso sea asumir riesgos”. Mi interlocutor sonrió como pensando que yo encarnaba el más torpe de los idealismos.

La situación de nuestro país es, para qué negarlo, muy preocupante. Ante una pequeña alegría leída en un periódico al saber que desciende el paro se contrapone la realidad de lo que ves ante tus propios ojos.

Gente explotada por un sueldo ridículo y toda clase de locales llenos de clientes en los que se nota falta de personal. No es mala definición de la avaricia empresarial que impera dentro de un tejido de capitalismo de amiguetes que hace que la economía española no sea competitiva. Por supuesto que hay excepciones y gente que engrandece el concepto de empresario como creadores de riqueza.

Esos trabajadores humillados pueden incluso sonreír y sentirse bien ya que han caído en la trampa de lo que escuchan todo los días y a todas horas en los medios de comunicación. Se repite como un mantra que más vale trabajar como un esclavo que cargar con la conciencia atormentada de ser un  pasivo improductivo o, simplemente, un vago. Y el mensaje cala. Y el trabajador sonríe. Y el empresario sonríe porque su victoria moral es absoluta.

Los que no pueden sonreír ni, supongo, tendrán ganas de hacerlo son los miles y miles de españoles obligados a dejar nuestro país y, lo que es peor para ellos, obligados a dejar a sus seres queridos. Es una huida impuesta y cruel. Y mientras contienen el llanto o, simplemente, lloran en cualquier aeropuerto o estación de trenes de España, se acuerdan de todo lo que han luchado y de todo lo que sus padres, a su vez, han luchado por ellos y sienten la derrota como  una segunda piel que les calienta la cabeza y les enfría el alma. Mientras, sus padres se cagan en este país de mierda que iba para Arcadia feliz y se ha convertido en un  cementerio de derrotados y en un estercolero donde la mayoría de los políticos son los que peor huelen.

Esta catástrofe social tiene una variante económica. Lo he escuchado miles de veces pero con una ligereza aterradora hija legítima de la indiferencia y nieta bastarda de aquello de “esto conmigo no va”.

Formar a todos estos emigrantes o, mejor, exiliados, nos ha costado muy caro a todos los que pagamos impuestos que, como se darán cuenta, no somos todos. Y es que Hacienda somos unos más que otros. Decía que nos ha salido caro aunque era lo que había que hacer y lo que , SIEMPRE, se tiene que hacer.

Otra cosa muy diferente es que esos jóvenes creen riqueza y prosperidad en países que no se han gastado un Euro en formarlos pero que les da una serie de oportunidades que  nuestro país no sabe darles. Es la derrota  en su vertiente más dura, la que toca y hunde al concepto de esperanza, único analgésico social de los pobres y de los abandonados a su suerte.

Y mientras fuera tienen oportunidades, aquí, las oportunidades que tendrían que aprovechar ellos por talento y formación son aprovechadas por gente que, en buena parte, no tienen ni talento ni formación, sólo el haber esgrimido un carné político o ser cercano a alguien con poder, agrandando con ese nepotismo el estercolero del que les hablaba antes.

Hay otro riesgo en todo ello. ¿Y si esos jóvenes no deciden volver? ¿Y si echan anclas en esos países (donde el sol no suele brillar pero en los que la justicia se asoma de cuando en cuando) porque en España siguen sin tener oportunidades? Cuesta imaginar a sus familiares conversando de esto sin que los ojos se les humedezcan. Cuesta imaginarlos sintiéndose orgullosos de su país. Cuesta imaginarlos reflejados en eso que llaman ahora de manera cursi “marca España”.

No me cuesta imaginarlos, es más, los veo perfectamente, cuando se sientan hundidos y humillados ante la verborrea fácil, cruel y traidora de cualquier politicucho que jamás tuvo que despedir a un hijo en cualquier aeropuerto o estación de trenes de España.