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10:01h. domingo, 27 de septiembre de 2020
“Mucha gente, en un espacio bastante reducido, durante muchas horas al día. Puede ser la tormenta perfecta y el caldo de cultivo ideal para seguir coqueteando con la tragedia. Se imponen unas medidas generosas y alabadas por científicos, alejándose del criterio mercantil que tanto daño nos ha hecho. Es cierto que es difícil tomar decisiones cuando se ocupa un puesto de poder y de gestión, pero hay que obrar en conciencia y pensar en los ciudadanos. Si yo estuviera ahí y me obligaran a tomar medidas contra la más mínima lógica, dimitiría ipso facto, regate necesario cuando tienes la dignidad por bandera y no dependes de la política para vivir.”

Las disyuntivas siempre han formado parte de nuestras vidas. La elección, prueba suprema de la libertad, abre caminos que deseamos hacer o ciertos senderos que no nos gustó transitar al estar llenos de piedras, esos pequeños o grandes inconvenientes que esculpen las almas si logras superarlos. Todo lo que no te mata, te hará más fuerte, decía Nitszche.

Uno se posiciona en la vida desde que tiene uso de razón. Observa, analiza y actúa en consecuencia, con esa incertidumbre tan humana al no saber si estás haciendo lo correcto. Callar o hablar ante una estupidez leída en cualquier red social, sonreír irónicamente o torcer el gesto ante una injusticia, comprender o reprender alguna salida de tono de un amigo, mirar con dulzura o con severidad ante la enésima  prueba de medición que te hace tu hijo. Somos al elegir y al elegir nos reforzamos, para lo bueno y para lo malo.

Y después hay decisiones que toman otros pero que te afectan de una forma plena, directa, sin tiempo a réplica y con la única postura del estoicismo. La política está diseñada y configurada en ese contexto y una decisión puede cambiarte la vida. Recuerdo a un célebre político de la ciudad donde se quiere un trocito del cielo, decir que gobernar era, a veces, repartir dolor. Y muchos lo aceptaban, ignorando que ese dolor siempre se administraba sin anestesia a las clases más desfavorecidas, mientras los de más arriba eran intocables, quizás porque estaban más cerca de ese cielo. Ventajas de financiar campañas electorales y de ser generosos en las comisiones, supongo.

Ahora todo de precipita con la vuelta al cole y las decisiones al respecto parecen emanar de la clásica improvisación española y no de la tan deseable planificación. Y es que, y ése es el problema, nos sobran políticos y nuestro déficit de estadistas es crónico. Un político sólo ve su legislatura entre dimes y diretes mientras trata de afianzar su poder y, por contra, un estadista va más allá, piensa a largo plazo y no le importará inmolarse si con ello beneficia a su país.

Hemos tenido muchos meses para prepararnos y no lo hemos hecho. Todo son protocolos vagos en los que hay sentido común, que está muy bien, pero hay demasiada confianza en un otoño suave y en la diosa fortuna que, no se sabe muy bien por qué, actuará para no contagiar a grupos de más de 20 alumnos, número, por cierto, mayor que el máximo permitido en cualquier contexto público o privado. La coherencia se pierde, una vez más, como lágrimas en la lluvia.

Los padres tienen miedo, sus hijos sienten ese miedo y los profesores intentan dominar ese miedo, el propio y el de los demás, sabedores que no les queda otra y que NUNCA son consultados en lo que se refiere a su trabajo. Reforma tras reforma, los legisladores han acabado con su autoridad moral arrojándolos a una fosa de desmotivación en la que, si falla el agua del insulto, siempre se puede llenar con cubos de supuestos privilegios para enfrentarlos a los padres que, ya se sabe, son más votos que los docentes.

No hace falta ser muy inteligente para saber que la medida más efectiva es bajar la célebre ratio, esto es, el número de alumnos por aula, evitando, así, un contagio más fácil. El uso de mascarilla, el medir la temperatura antes de entrar al Centro, el lavarse las manos frecuentemente, son medidas aplaudidas por nuestros regidores y puestas en marcha inmediatamente. Sin embargo, aquélla que se refiere a la ratio es ignorada a grandes rasgos. ¿Saben por qué? Pues porque cuesta mucho dinero. Y ese es el quid de la cuestión. 

Se argumenta que no hay dinero mientras se dilapida nuestros recursos en estupideces, en cosas sin sentido y en mantener una “industria” política que nos cuesta 24.000 millones de Euros al año. Televisiones autonómicas que sólo sirven para loar los supuestos logros del politicucho de turno, duplicidad incontable de funciones en todos los estamentos, enchufados a mansalva y una estructura basada en la corrupción sistémica que hace, entre otras razones, que no seamos competitivos.

Y, por encima de todo, un fraude fiscal de 80.000 millones de Euros al año. Ningún gobierno democrático ha intentado acabar con esto y, mientras usted o yo pagamos el 20% de nuestra nómina, hay grandes empresas que no han pagado algunos años o apenas el 5% sobre beneficios. Es un atentado contra la igualdad, contra la Constitución que dice que los impuestos son progresivos (el que más tiene, más debe pagar) y contra la más mínima justicia social. Por cierto, muchos que alaban la Constitución nunca dicen nada de ese artículo. ¡Con dos cojones!

¿Ven como hay dinero? Sólo hace falta voluntad política para ir a por él, que diría Julio Anguita.

Sin embargo no se hará nada. Espero equivocarme, no, deseo equivocarme, pero uno tiene ya muchas arrugas en el alma y sabe perfectamente quién manda: el IBEX 35 y la Banca.
Ahora se plantea si elegir Salud y Educación o elegir lo que siempre hemos elegido, a saber, parchear y fomentar la injusticia. 

Mucha gente, en un espacio bastante reducido, durante muchas horas al día. Puede ser la tormenta perfecta y el caldo de cultivo ideal para seguir coqueteando con la tragedia. Se imponen unas medidas generosas y alabadas por científicos, alejándose del criterio mercantil que tanto daño nos ha hecho. Es cierto que es difícil tomar decisiones cuando se ocupa un puesto de poder y de gestión, pero hay que obrar en conciencia y pensar en los ciudadanos. Si yo estuviera ahí y me obligaran a tomar medidas contra la más mínima lógica, dimitiría ipso facto, regate necesario cuando tienes la dignidad por bandera y no dependes de la política para vivir.