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00:14h. viernes, 03 de julio de 2020
“Pero hay también algo terapéutico. Esa sonrisa lanzada hacia el que lleva tres días sin ver la luz porque un problema pesa más que su alma, esa mirada de gratitud hacia el que no se siente lo suficientemente valorado, ese tiempo dedicado con generosidad hacia aquél que ha perdido la fe en el ser humano, todo ello puede ser la medicina salvadora para el que sufre un día sí y otro también. Y no cuesta nada, no nos cuesta nada, no debe costarnos nada, sólo ser amable y amar un poco a los demás. Creo que el Nazareno decía algo parecido a eso.”

Siempre me ha gustado la gente que se muestra como es. Y eso que  lo natural no está de moda o es ahora sustituido por lo exagerado y por las poses.

Quizás me esté haciendo viejo pero el ser uno mismo se me antoja un estado sugerente que puede rozar el magnetismo si el alma acompaña. Los artificios en la conversación o en las maneras esconden, muchas veces, algo que no quiere ser mostrado.

La sonrisa es la puerta del alma o, mejor, la llave que permite saber si esa puerta merece la pena ser abierta. Conocer a alguien tiene sus riesgos y es, a su vez, una forma de vivir. Yo, por mi forma de ser y por mi profesión, he conocido a mucha gente que no aportó nada y a bastantes que me aportaron todo. Estos últimos empezaban la conversación no con vocablos de cortesía sino con sonrisas que contenían más comunicación que el más extenso de los libros. El escribir tiene su aquél pero el sonreír quizás tenga más matices ya que la estructura significante-significado es menos poderosa que la estructura sonrisa-mirada.

Hay sonrisas limpias que son esbozadas por aquéllos que no tienen nada sucio, aquéllos cuya alma merece ser conocida. Naturalmente puede haber engaño pero el riesgo asumido me parece poco si tenemos en cuenta el volumen de lo grato que puede traer acarreado. Un paso hacia adelante puede ser delicado pero el quedarse quieto acaba siendo mortal. Y es que el dinamismo es mucho más enriquecedor que el sedentarismo vital dado que aquél suele provocar tormentas y éste solo provoca la nada.

Uno, defecto profesional, tiende a valorar cosas que van más allá de las palabras. Era lo que, en mi años mozos, se denominaba elementos suprasegmentales de la comunicación. La sonrisa, la mirada, el movimiento de las manos y del cuerpo, todo eso que hace que una palabra valga más o no valga nada, que una frase llegue de la forma en que se pensó o que sólo quede la intención de lo que se ha querido expresar. Los códigos, muchas veces, van más allá de lo verbal.

Pero hay también algo terapéutico. Esa sonrisa lanzada hacia el que lleva tres días sin ver la luz porque un problema pesa más que su alma, esa mirada de gratitud hacia el que no se siente lo suficientemente valorado, ese tiempo dedicado con generosidad hacia aquél que ha perdido la fe en el ser humano, todo ello puede ser la medicina salvadora para el que sufre un día sí y otro también. Y no cuesta nada, no nos cuesta nada, no debe costarnos nada, sólo ser amable y amar un poco a los demás. Creo que el Nazareno decía algo parecido a eso.

El acto fisiológico de sonreír pone en movimiento muchos músculos faciales y, dicen, provoca arrugas. Cuando se tiene claro qué es lo realmente importante esta aseveración deja de tener importancia o, incluso, te parece una soberana estupidez, algo dicho para hacer una gracieta, in animus iocandi. Porque, sinceramente, ¿no asumirían el precio de las arrugas si, a cambio, las sonrisas acaban con los estropicios del alma?

Quizás haya que tener una edad para darse cuenta de ello o, tal vez, tener criterio en un mundo donde el dejarse llevar parece un principio social inalienable. Cosas de los tiempos modernos, que diría Chaplin. El mítico Charles decía, sin ir más lejos, que un día sin sonreír es un día perdido. Háganse un favor y háganle caso al del bombín y el bastón.

Sí, la sonrisa y la mirada como valedores de una forma de ser o, al menos para mí, de la gente que quiere ser a mi lado. Yo, sorteando días grises sabiendo que llegarán algo más claros, tengo una medicina infalible cuando ese gris es casi negro. Miro a mi hijo, me sonríe y me besa. Entonces ya todo me da igual porque lo único que necesito es a esa personita, a esa otra parte de mí que me mejora día a día porque él es mucho mejor que yo. El paso del tiempo, esta vez, sólo se concibe con la esperanza de verlo crecer entre sonrisas y miradas, entre besos que me hacen ver que estoy dentro de ese pequeño corazón mientras que él ocupa completamente el mío.

Los buenos modales empiezan por una sonrisa y acaban diciendo gracias. La ausencia de ellos me repatea, que diría un castizo, y su presencia me reconcilia con el ser humano. Las maneras importan casi tanto como los detalles y no es baladí para medir la grandeza de una persona. Hay gente que ama tener y otros que aman ser ya que la posesión no los define. Son esa gente que te marca, sonrisa y mirada al viento, esa gente que quieres tener a tu lado a toda costa, pequeños héroes de la cotidianidad que no se dan cuenta que lo son. Y es que la heroicidad es casi siempre percibida por quien la recibe, no por quien la ejerce.