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06:29h. Jueves, 17 de octubre de 2019

Echas  la vista atrás, a tu juventud, a tus momentos en la escuela, y percibes dentro de ti un sentimiento triste y a la vez revelador. 

La tristeza de que nunca volverás a esa época y la verdad, quizás la única que no te pueden quitar, de que, después de todo, mereció la pena escuchar a cierta gente y  leer ciertos libros. Lo recuerdo con frecuencia cuando, sencillamente, sólo hay que seguir adelante.

Dentro de esa etapa escolar que yo vivía con esperanza de futuro, recuerdo con especial cariño unas clases de filosofía de COU. (¡cómo pasa el tiempo!) impartidas por un profesor que rozaba lo sublime a base de momentos de locura. Era extravagante y genial, perfecto para esta materia porque te hacía pensar partiendo de la base de cómo pensaban los grandes hombres de la historia. Todavía recuerdo su nombre: Lucio.

En aquellos días lejanos trabajamos durante unos días a Adam Smith, teórico y padre del capitalismo. Es complicado darse cuenta de la importancia de sus ideas con 17 años pero creía percibir que su pensamiento tenía una deriva real en el mundo que estaba empezando a descubrir.
El concepto de competencia en igualdad de condiciones sigue siendo un precepto esgrimido por los liberales como un arma de mejora de la sociedad. Claro que, todo ello, desde el punto de vista teórico.

Estos días hemos visto un nuevo episodio de cómo esos supuestos liberales adaptan las ideas de su progenitor intelectual al tamaño de sus bolsillos, en un ejercicio de prostitución ideológica sólo a la altura de su capacidad para mentir. Me refiero a  esos dos pájaros, alumnos aventajados del inepto y cobarde que sienta sus posaderas en el despacho de la Moncloa,  que se enriquecían gracias a sus contactos políticos.

Es lo que se suele llamar "capitalismo de amiguetes", una de la causas de por qué no es competitiva nuestra economía. Por si fuera poco, uno de ellos decía que "así contribuían a sacar a España de la crisis". ¡Con dos cojones! Nada me extraña en esta España de pandereta y corrupción. Solamente me decepciona la cantidad de gente que creerán a pies juntillas a estos dos claros ejemplos de la gestión de la "res publica" en el ruedo ibérico.

No es, como digo, el primer ejemplo ni, me temo, será el último en esta vorágine del todo vale donde las leyes únicamente son cumplidas por los que no tienen el poder económico para traicionarlas o comprarlas, haciendo saltar por los aires el precepto de que la justicia es igual para todos. Precepto que, sea dicho de paso, duerme el sueño de los justos desde hace bastante tiempo.

Ese capitalismo de amiguetes, heredado de la época franquista y barnizado por una transición donde se cometieron muchos errores, es ley suprema en la licitación de obra pública. El gestor político de turno otorga la obra en cuestión no a quien ofrece la mejor oferta desde todos los puntos de vista sino al que es su correligionario en el mundo del dinero y de la buena vida, aunque esa oferta suponga pagar un 30% más del coste real de la obra.

Ese sobrecoste es repartido generosamente entre unos y otros,  y acaba siendo pagado, ¿lo dudaban?, por aquellos contribuyentes que exclusivamente pueden hacer eso, pagar, porque si protestan y denuncian la situación son tildados de antisistema. Vivir para ver.

Hace poco leí que el coste de la corrupción en nuestro país es de 48.000 millones de Euros al año, aproximadamente. Es el dinero con el que se paga la buena vida de muchos gestores y de muchos “arrimados” al poder. Nada más sienten fidelidad a su cuenta bancaria y a sus vicios.

Ésa es la naturaleza de este capitalismo adaptado a la política española. La traición a Adam Smith es evidente y asumida. No les importa los valores porque carecen de ellos y sólo tienen al egoísmo como único Dios.

Adam Smith hace mucho que murió y hace décadas que es traicionado. La dignidad del pueblo español es traicionada frecuentemente por sus gestores. Veremos el día 20 si esa dignidad, ejercida en las urnas,  ha muerto definitivamente.