Buscar
14:03h. martes, 22 de septiembre de 2020
“Sonrisas que algunas veces acaban en risas, bebidas que apenas duran en una competencia feroz por ver quién paga la siguiente. Se deslizan bromas y anécdotas, pequeños piques en la forma de entender la vida, incluso alguna diferencia política bien traída y mejor aceptada por todos. La amistad y el aprecio están por encima de todo.”

Creo que fue Joaquín Sabina el que dijo que nunca deberías volver allí donde fuiste feliz. Entiendo perfectamente la intención de este poeta de la música pero creo que las cosas no son tan fáciles como en un verso de una canción. Ahí la intensidad todo lo explica y en la vida diaria las certezas no son tantas.

Fui a Agulo hace tres semanas. Volví a Tenerife y regresé otra vez al sitio que me vio nacer. No fueron muchos días pero hay momentos en la vida en que tienes la impresión de que, viajando, vas a reencontrarte, por muy corto que sea ese desplazamiento. El viaje es más viaje si el destino es deseado, el trayecto no incordia si la estancia merece la pena.

Llego a Agulo con algo para alguien que no está hecho a ilusiones porque la fortuna le ha sido esquiva frecuentemente. Su sonrisa es la mía y la alegría la llena, sentimiento renovado para la que no está acostumbrada a otorgarse nada porque sus hijos siempre ocupan el primer puesto en sus prioridades. Aquéllos que todo lo dan también merecen algo de vez en cuando.

Me bajo del coche y veo ese anfiteatro fuerte y vetusto, estructura de mi infancia en la que apenas me fijé porque hay edades en las que son otras las pasiones. Respiro hondo y noto el frescor en mis pulmones, aroma de mi pueblo, reverso del calor que tanto me molesta. Doy mis primeros pasos y ya empiezo a saludar a gente que conozco desde hace tiempo y me apresuro a abordarlos de dos formas, más cordial y cercana con la gente de mi generación y otra más respetuosa con la gente mayor, ésos que enfilan ya el tramo final de sus vidas y a los que mi padre me enseñó a respetar y a escuchar.

Alzó la mirada y lo veo. Mi primo Carlos Segredo me está esperando y sonríe a lo lejos. Él me acompaña siempre que estoy en mi pueblo, me explica las cosas que no sé y tiene un rara habilidad para contar historias. Su humor siempre está ahí aunque él no se dé cuenta. Cenamos en casa de mi hermana. Todo va sobre ruedas porque estamos degustando el mejor potaje de berros de la isla. Sí, es una exageración pero uno habla de lo que sabe cuando la comida, precisamente, te sabe, o me supo, después de haberla degustado.

Damos una vuelta y me siento bien. Sí, quiero estar aquí y espero poder vivir en este mismo lugar (entre los riscos de Abrante, La Zula y la Caperuza) cuando me jubile y cuando mi hijo ya no me necesite tanto. No aspiro a nada más. Nos retiramos pronto porque mi primo ha de cumplir al día siguiente con alguien que también merece mucho y al que todo el mundo quiere. Me doy cuenta de que la lealtad y la empatía no están del todo muertas en mi pueblo.

Pasan las horas, leo y frecuento los bares para charlar con la gente. Sólo leo si estoy solo y a veces pasa. Pero la mayor parte de las veces encuentro a alguien. Cierro el libro, miro al interlocutor y soy consciente de que se aprende mucho más escuchando. Yo amo las palabras impresas pero hay cosas que son mejor reveladas con la combinación de oralidad y miradas. Procuro no intervenir mucho y escuchar más aunque tengo cuidado para no calar la conversación y entonces intervengo. No tengo mucho que decir pero no quiero perder el contacto y hablo.

68668905_2606589912707199_7928632833847853056_n

Ya en la noche nos reunimos delante de una mesa un grupo de amigos a charlar. Mi primo Carlos, Kiko y sus hermanos Rafael y Moisés, Francis, Eduardo Lugo y algunos más. Todo fluye entre nosotros y las conversaciones van de un lado a otro, de lo pasado, presente o futuro, de lo que fue o de lo que quizás sea. Sonrisas que algunas veces acaban en risas, bebidas que apenas duran en una competencia feroz por ver quién paga la siguiente. Se deslizan bromas y anécdotas, pequeños piques en la forma de entender la vida, incluso alguna diferencia política bien traída y mejor aceptada por todos. La amistad y el aprecio están por encima de todo.

Suena el teléfono y es mi amigo Jorge Morales. No puede venir porque está muy cansado ya que hoy empezó a trabajar. No pasa nada. Al día siguiente lo veré.
Amanece en Agulo. Es domingo y no estaría mal dar una vuelta por Valle Gran Rey. Llegamos en una hora y descubro que mi hermana había quedado con Ibrahim. Comemos todos en un restaurante y el calor me hace ver que estoy en la parte sur de La Gomera.

Ibrahim, Yoya, Silvia y Elisa nos invitan a tomar café a su casa. Hablamos durante horas y horas mientras el café va y viene para despertar las almas y acelerar las lenguas. Risas y fiestas, historias del pasado que ya no volverán, exaltación de los valores que no deben perderse. Todos hablan y todos escuchan. Me siento bien junto a esta gente pero se hace tarde y debemos volver. Ibrahim saca la guitarra y hace una despedida con música. Salimos de su casa y pienso que no hace falta mucho para ser feliz.

Lunes. Es hora de volver. Paso por la Residencia para ver a mi madre. Ella no está aunque la tengo delante. La miro y no veo a aquella mujer que me dio la vida. El tiempo me ha enseñando a vivir con esto pero, de repente, toda la alegría de los días anteriores gira a una nada en la que no quiero estar pero de la que me es difícil salir. Adiós Mamá, le digo a ésa que es incapaz de decir adiós, hijo mío.

Subo al avión y en el aire me doy cuenta de que era un estúpido al querer crecer deprisa. Siempre queremos lo que no tenemos quizás porque el auténtico placer consiste en desear y no en poseer.

Yo ya no deseo poseer nada. Hay muchas cosas que quise ser y que fui y hay otras que no las conseguí porque quizás no las deseé con la fuerza adecuada. Tantas lecturas, tantos viajes, tantas historias para darte cuenta de que lo realmente importante es lo sencillo, lo que llevas en tu corazón, el sitio de tu recreo y la gente que quieres a tu lado.