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02:37h. Domingo, 15 de diciembre de 2019
“Hablo con el dueño de la farmacia, me cae bien y le agradezco su educación. Crece el trato y con la confianza le pregunto por qué no se financia todas las vacunas. Él tuerce el gesto y esboza una expresión de escepticismo ante lo que considera a todas luces injusto. Semanas después aumenta la confianza y me confiesa lo que yo presuponía en sus ojos: ha dado vacunas a padres diciéndoles que ya se las pagarán con la casi certeza de que eso nunca va a ser así. Lo miro y digo una vaguedad porque es muy complicado acertar con la palabra cuando tienes un héroe delante”.

No se puede estar en misa y replicando, dice el sabio refranero español para hacer ver que no hay gente que pueda estar en dos sitios a la vez o que tenga, para entendernos, el don de la ubicuidad. Algo parecido sucede con las decisiones que uno toma en la vida al tener que elegir un camino u otro, unas amistades ganadas y otras que no pueden ser, una forma de ganarse la vida con dignidad y con placer ya que, a pesar de saber desde siempre que no te vas a hacer rico, tienes el inmenso placer de hacer lo que te gusta. Esto último, ya se sabe, es privilegio de pocos y envidia de muchos.

Son decisiones personales que te marcan el camino que tú has elegido y que apenas modifican la conducta de los demás o, mejor, que no afectan a la gran mayoría. Se elige y se paga el precio por haberlo hecho. A veces con sonrisas y otras muchas con lágrimas. Nadie acierta a priori o quizás sí pero hay cosas que sólo se aprenden si has tropezado previamente. Ya saben, el que tropieza y no cae da dos pasos hacia adelante, dicen los chinos.

Hay, por otro lado, decisiones que pueden afectar a la gran mayoría y, sobre todo, a los más débiles y desprotegidos. Se toman en el ámbito de las instituciones y son planteadas por los representantes electos por el pueblo para garantizar sus derechos, esto es, están puestos ahí para velar por la mayoría y no por su propio interés. ¿Ríen? No me extraña, yo también es esbozado una sonrisa al escribir estas líneas viendo cómo se han vendido por un plato de lentejas porque, sencillamente, no tienen principios.

La madre de una alumna viene a verme y me pide disculpas porque su hija lleva tres días sin asistir a mis clases. Hablamos y me dice avergonzada que ha ido tres veces al centro de salud a ponerle una vacuna a la niña pero que se ha vuelto para casa al no tener dicho consultorio la vacuna en cuestión. Se echa a llorar y yo no sé qué decir. La miro y veo el miedo en sus ojos ya que, como dice, nunca se sabe con estas cosas. Se va, voy al baño y tengo ganas de darle un puñetazo a la puerta.

Yo soy padre y muchos de ustedes seguro que lo son. Los niños de esas edades deberían estar todos vacunados y el Estado ser el garante de que esto sea así. Si no, ¿para qué queremos un Estado? Sería más fácil que no lo hubiera para unos pocos pero inmensamente injusto para casi todos.

Hay vacunas que se pagan con impuestos (no me gusta la expresión gratis ya que nada lo es) y otras que tienen que pagarla los padres. Lo sé porque soy un adicto a la observación social y todo me interesa ya que casi nada me da igual pero también lo sé porque tengo un hijo pequeño y he pasado por ahí.

Los padres, además de sus impuestos, deben pagar unos 500 Euros en vacunas no financiadas y que se administran entre los dos meses y los tres años de vida. Yo las pude pagar y no me quejo pero habrá gente, no, sé que hay gente que no puede comprarlas a pesar de que todos los pediatras las aconsejan.
El Estado debería asumir todas estas vacunas, es más, debería legislar para que sea obligatorio vacunar, siguiendo los consejos de los médicos.

Siempre iba a comprar esas vacunas de pago a la misma farmacia, amén de todo tipo de cosas que necesita un niño. Hablo con el dueño de la farmacia, me cae bien y le agradezco su educación. Crece el trato y con la confianza le pregunto por qué no se financia todas las vacunas. Él tuerce el gesto y esboza una expresión de escepticismo ante lo que considera a todas luces injusto. Semanas después aumenta la confianza y me confiesa lo que yo presuponía en sus ojos: ha dado vacunas a padres diciéndoles que ya se las pagarán con la casi certeza de que eso nunca va a ser así. Lo miro y digo una vaguedad porque es muy complicado acertar con la palabra cuando tienes un héroe delante.

Hay cosas que duelen y otras que te alegran la vida. A menudo, van juntas de la mano. Un decisión miserable es reconducida por una acción heroica. Sin embargo no basta con eso, hay que ir más allá y proteger a los niños en la medida de lo posible.

Hay que financiar todas las vacunas que recomiendan los pediatras. Hay que ser un país serio y demostrarlo con hechos porque no entiendo que cosas así puedan suceder en un país donde se despilfarra tanto dinero y donde el fraude fiscal alcanza cifras escandalosas.
Lástima que muchos políticos no estén vacunados contra la desvergüenza. Eso ayudaría, al menos, a que yo no rompa la puerta del baño de mi trabajo cuando veo a una madre salir llorando y llena de miedo.