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17:00h. Domingo, 18 de agosto de 2019

 “Se tiende a obviar que, para bien o para mal, la escuela es el reflejo de la sociedad. La escuela está dentro de un entorno, los chicos viven en ese entorno, los padres luchan en ese entorno y todos respiramos ese entorno en la certeza de que su aire nos vicia y de que la botella de oxígeno que proporciona la escuela es una gota de sensatez dentro de un mar de incongruencia”.

 

Uno de los grandes problemas del moralismo es presuponer que hay cosas que no admiten debate y otras que ni tan siquiera son correctas. Un aproximación moral es, por inercia, individual y suele ser planteada en la esperanza de ser compartida o en la certeza de que forma parte de ti porque antes ha sido asumida por lo que te rodea. El entorno, como decía Karl Marx, suele condicionar la conciencia y ésta es prisionera de lo que cada uno de nosotros ha vivido.

La lucha por la igualdad de  oportunidades es una forma justa para intentar anular el entorno y centrarnos en los actos.Todo ello, quizás, se plasma de forma contundente en el mundo educativo. El ayudar a los menos favorecidos económicamente mediante becas y el intentar no mandar tareas para casa son ideas que beben de ese intento de corregir la injusticia del entorno potenciando el talento y los actos de cada uno.

La socialdemocracia tiene (¿o tenía?) como esencia este principio que adquiere un vigor pleno en los países nórdicos y una deriva hacia la nada en los sufridos países del sur. Ya se sabe que el Dios Mercado ( “merkalizado” por la ínclita Merkel, Ángela para sus íntimos) conoce razones que la más mínima justicia social no conoce.

Siempre me ha resultado llamativo que, ante la pregunta de cómo solucionar los problemas más importantes de la sociedad, casi todo el mundo recurra a la tópica, aunque cierta, respuesta de que hace falta más educación. Inmediatamente se carga al sistema educativo, a los profesores, con otra responsabilidad más, como si los padres y, sobre todo, el conjunto de la sociedad, no tuvieran ninguna influencia.

Se tiende a pensar que los centros educativos son fábricas de hacer buenos chicos y se tiende a obviar que, para bien o para mal, la escuela es el reflejo de la sociedad. La escuela está dentro de un entorno, los chicos viven en ese entorno, los padres luchan en ese entorno y todos respiramos ese entorno en la certeza de que su aire nos vicia y de que la botella de oxígeno que proporciona la escuela es una gota de sensatez dentro de un mar de incongruencia.

Los centros educativos, recorte tras recorte, humillación tras humillación, no pueden, como diría un liberal, competir con tres horas de televisión basura o con una discusión entre padres en el deporte base. Ésa es la verdad o, en todo caso, mi verdad,  la verdad de un profesor con más de veinte años en las trincheras.

No tenemos varitas mágicas y es muy complicado convencer a treinta alumnos por clase de que la superación y el esfuerzo tienen su recompensa. No obstante, si eres profesor, tienes que intentarlo y llenarte de optimismo para ayudar a los chavales. Luchar por ellos, estar con ellos e intentar que ellos cambien el mundo cuando les toque su turno de intentar cambiarlo. Pero, por favor, que no pidan milagros a los que no podemos hacerlos.

Alguna esperanza queda, recuerden lo del optimismo, ya que viendo cómo está el país me parece increíble que todavía haya padres geniales, que haya alumnos con ganas de aprender, de esforzarse, de plantearse nuevos retos, de sonreír al equivocarse y decirme que lo harán mejor la próxima vez. Esos alumnos míos (la gran mayoría) que se sienten genial cuando responden en francés en situaciones comunicativas que yo, a su edad, no era capaz de hacer. Esos alumnos que ayudan a los compañeros a los que les cuesta un poquito más.

Esos alumnos que comparten un croissant de jamón y queso porque sospechan que el otro no tiene dinero para comerse uno (sí, he visto niños que casi pasan hambre). Esos niños ( la gran mayoría, insisto) que tienen unos padres con grandes valores y que se matan para que sus hijos tengan una buena formación.
Veo todo ese esfuerzo, compañerismo, ganas de mejorar y aprender. Después veo los valores que transmite buena parte de la televisión y me dan ganas de pegarme un tiro al descubrir que, en muchos aspectos, vivo en un país de mierda.