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16:24h. martes, 11 de agosto de 2020
“Y así vamos pasando por la vida, entre victorias y derrotas, entre cosas que deseamos y otras que nos vienen impuestas. La condición humana está bañada por la lluvia de la incertidumbre y pocas cosas escapan a ese agua.”

Hace ya mucho tiempo que descubrí que la vida no es un largo río tranquilo en el que principio y fin son los extremos de algo que no varía en intensidad. Nuestro transitar por el mundo es todo menos eso. Las subidas y bajadas dibujan el perfil real de algo que es así porque, sencillamente, no puede ser de otra forma.

Pasan los años y aprendes a manejar las situaciones que no deseas, las opiniones de gente que no te conoce y las caricias verbales de los hipócritas, a los que sólo les dura el sentimiento mientras les seas útil. El mercantilismo ha sepultado mucho de lo bueno que formó parte de nuestro pasado y los valores de antaño apenas pueden luchar ya contra los demonios actuales que todos llevamos dentro.

Yo es otro, decía el gran poeta Rimbaud, o, mejor, son varios actuando de forma diferente según quién tengas delante o la situación a la que te empuja la vida. Por eso lo vivido nos da forma y nos moldea como un intenso fuego nacido de lágrimas o de sonrisas, de lo que no queremos vivir y vivimos y de lo que queremos vivir y apenas dura. Lo alegre o lo triste, queramos o no, es inevitable  y te rozará en algún momento de tu vida.

La vida, ese entrenador feroz, traerá lágrimas que creías no merecer pero también alegrías que creías olvidadas.

Y así vamos pasando por la vida, entre victorias y derrotas, entre cosas que deseamos y otras que nos vienen impuestas. La condición humana está bañada por la lluvia de la incertidumbre y pocas cosas escapan a ese agua.

A veces tengo la impresión de no ser quien soy, de meditar y darme cuenta de que hay alguien más viviendo en mí. Cierro los ojos y escucho su latir, ese ente ajeno, esa parte sumergida de mi yo, ese otro que podría hacer locuras, ese reverso que no conozco o que no quiero conocer. Me habla y me dice que mataré a aquel que le haga daño a mi hijo, me susurra que odie a ese hijo de perra que acabó con la vida de su pareja y con la de sus hijos, me comenta que insulte y escupa sobre la foto de ese político que destruye familias, me grita que machaque a ese pedazo de mierda que abusa de un débil. Me convence, en suma, para que, en ciertos contextos, me tomé la justicia por mi mano. Y yo, créanme, creo que debería dejarme llevar.

Pero hay otro viviendo en mí. Alguien más plácido pero menos vigoroso, ése que se alegra de tantas cosas y que me asegura que la vida, después de todo, merece la pena ser vivida. Me susurra que no hay mejor regalo que una conciencia tranquila, me dicta palabras hermosas que acuden a mi boca cuando veo a alguien hacer el bien sin pedir nada a cambio, me tranquiliza cuando me afirma que no soy perfecto y que no debo exigirme tanto, me reconcilia con el ser humano al realzar esa escena en la que una persona se viste de Dios para alegrar la existencia a aquéllos que ya no creen en nada.

Estos seres que viven en mí, estos pequeños diablos o dioses, estos duendecillos que te empujan a la acción, deben existir en todos nosotros. Todos tenemos un límite y todos somos capaces de dar toneladas de felicidad en acciones que consideramos banales pero que son muy especiales para otros. 

Podemos ser demonios o dioses y, muchas veces, nos cuesta frenar ese lado oscuro porque está escrito en las estrellas que el mal vive con nosotros y sólo hace falta un segundo de maldad o de impotencia para que sea revelado. Dicen que el noble se conforma con pensar lo que el malvado hace pero creo que es una descripción demasiado fácil y, por ende, falaz.

He visto situaciones horribles que me apenaban. He vivido alguna que me destrozó y, tiempo después, me hizo más fuerte, haciendo bueno aquello de que el que tropieza y no se cae, da dos pasos hacia adelante. He visto llorar a infinidad de gente sin merecerlo y he comprobado que no hay peor tirano que la vida misma. 

Aquellos que sufrían se envolvían en su tristeza y pasaban de puntillas por la vida mientras otros reían a carcajadas sabedores que sus momentos de alegría borraban las pequeñas decepciones que sufrían. La suerte, lo he aprendido con los años, es la varita mágica del destino y sus caricias parecen ir destinadas siempre a los mismos. A lo mejor no es así pero siempre he estado más cerca de los que pierden que de los que ganan, sobre todo cuando la justicia no ha tenido nada que ver en ello.

Sí, yo es muchos otros. Esos otros configuran el yo para llegar a lo que realmente somos. Y, claro está, somos lo que hemos vivido o lo que deseamos vivir y no pudimos hacer, subidas y bajadas por la montaña rusa de la vida, personajes traídos aquí o allá por fuerzas del destino que no llegamos  a entender. Es una eterna lucha entre nuestra voluntad y la de los hados, una batalla sin tregua en la que a veces ganamos y otras aprendemos.