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14:58h. domingo, 17 de octubre de 2021

Actitud como medio de Satisfacción

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Hay temporadas en las que nos es fácil sentirnos bien, seguros, cómodos, vitales y sobre todo realizados. En otras, no tanto.

Hoy en día es tremendamente difícil contentarnos. Que si nos cierran los gimnasios, que si el toque de queda, que si las reuniones limitadas a 6 personas, en ERTE de nuevo y no cobrar en meses. No poder volar. En fin, nos han quitado la libertad y ahora también las alas.
Con todo esto sólo nos queda la satisfacción de estar vivos y que los nuestros gocen de buena salud, entre otras cosas.

La satisfacción, esa sensación de plenitud debido a la emoción que nos producen las cosas bien hechas y los logros conseguidos. En determinadas ocasiones tendemos a confundirla con la felicidad. El sentimiento que nos producen la una o la otra llega a trastocar nuestra aflicción. No obstante, una va ligada a la otra. En ocasiones somos felices gracias a la satisfacción extrema.

En tiempos en los que como comento es complicado sentirse bien tenemos que enfocarnos en la satisfacción que nos producen las cosas cotidianas. Sin duda es un método efectivo a la hora de llevar una vida más placentera aun cuando tenemos que resignarnos a llevarla como nos imponen.
El día a día, a mí en concreto, me regala momentos gratificantes con los que sentirme más realizada y afortunada. 

Estrenar un libro, las 5 páginas que leo mínimo al despertar como norma general, el café de la mañana mientras reviso los WhatsApp y curioseo Instagram, las gracias y felicitaciones por el trabajo bien hecho (ese reconocimiento que no todo el mundo es capaz de hacer).

Comer la aceituna que meto en la jarra de cerveza, los bombones Mon Cheri que solo se comercializan en navidad, la sopa de pollo de mi madre los domingos, las palomitas viendo una película. Un baño en el mar en cualquier estación del año, tomar el sol de invierno, las reuniones familiares, el beso y abrazo a mamá cuando entro por la puerta de su casa, las video llamadas con mi estrella y su abrazo cada vez que regresa a la isla. El abrazo después de hacer el amor y dormir enlazados.

Preparar con ilusión ese viaje soñado para cuando todo pase. Reír a carcajadas con amigos sin ningún motivo aparente, pero por todos a la vez. Ese mensaje de buenos días que no falta nunca y me saca una sonrisa. Escribir al caer la tarde con una copa de vino acompañándome. Ese rato de la práctica de yoga.

Podría enumerar un sinfín de cosas que me reconfortan prácticamente a diario, pero es sólo un ejemplo de que los días si queremos son eternos, mientras que los momentos vivan en nuestras mentes y corazones así será. Nuestros días están llenos de alegrías y recompensas camufladas, sólo hay que encontrarlas y así viviremos de una forma más satisfactoria y menos lamentable. Si nos concentramos en lo crítico, lo destructivo, el desencanto no veremos la magia del estar, del sentir, del vivir, de todo lo bueno que tenemos.

La plenitud se basa en que querer es poder, cuando podemos, ahí llega la satisfacción. No hace falta ir lejos, no hace falta gastar dinero, no hace falta querer de más, sólo hace falta actitud. Con ella se llega a cualquier parte, a cualquier corazón, al bienestar infinito.

Nuestro mundo está dotado para que vivamos satisfechos, pero no para atender a los caprichos de cada uno. La actitud nos hace felices.