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02:53h. jueves, 01 de octubre de 2020
Nunca he sentido incertidumbre por mi futuro y prefiero que la vida me sorprenda, como ha hecho en tantas ocasiones.

 La vida nos regala una cantidad de momentos dignos de ponerles un marco y colgarlos en el salón para recordar cada día que la felicidad sólo depende de nosotros. Sí, no me equivoco. Está en nuestras manos, así lo creo, esa felicidad que tanto deseamos. Somos nuestra prioridad y en muchas ocasiones no nos tratamos como tal. Tenemos la capacidad de cambiar todo aquello que nos disgusta y preocupa pero, por el contrario, sentamos el culo en el sofá y somos los reyes de la vagancia.

Conseguimos un trabajo estable y desestimamos las nuevas oportunidades. Estamos en una relación de pareja y nos acomodamos a esa compañía que ya no nos hace vibrar, los almuerzos de domingos en familia son una tradición que nadie infringe y en ocasiones vamos a determinados eventos por quedar bien, por puro protocolo, aunque no nos apetezca ni acudir ni coincidir con la gente que asiste.

Puro paripé que nos autodestruye y consume día tras día atrapados en una vida que nos oprime. La solución es fácil, pero, ¿arriesgada?.Quizás no tanto con tal de ser un poco más felices, más nosotros. Será cuestión de apreciar nuestro tiempo, nuestros días, que tal vez el viaje no sea tan largo como creemos y mientras tanto, ¿Qué hacemos? ¿paramos? ¿nos acomodamos?, No, para mí la vida es otra cosa.

En mi opinión la felicidad la valoro como un sentimiento, que, al igual que la tristeza, dura por un tiempo determinado, ambos sentimientos efímeros. Aun así, creo que es vital estar el mayor tiempo posible feliz, gastar risas y llantos de alegría, de calidad, que nos aporten, que nos hagan crecer con una sonrisa de satisfacción constante y no un manantial de tristeza y dolor.

Somos tremendamente afortunados. La vida comienza muchas veces, prácticamente tantas como deseemos. Únicamente tenemos que coger el timón y navegar. Ahora bien, sin pensar, el que piensa pierde. La cabeza ese mecanismo que nos echa por tierra en incontables ocasiones los planes por permitirle acceder a nosotros, por ceder ante ese funcionamiento negativo de la misma, por creer en ella hasta que el nivel de ansiedad generado nos rebosa.

 A mí solo me vale sentir, me muevo por sentimientos y quién me conoce sabe que “ni tan mal”. Los sentimientos salen del alma, del corazón, son lo más puro que tenemos, lo más real y en ellos no existe la creación, se forman por sí mismos, no es un invento como la mente humana. Por ello hay que regirse por lo que nos van haciendo sentir. 

Ya hace bastantes años que cogí el timón de mi mundo y sólo navego entre aguas cristalinas. De vez en cuando me desbordo con algún maremoto que aparece de la nada convirtiéndose en el todo. Aun así, no me he llegado a hundir. Soy de esas personas que no se permiten el ahogamiento, ni siquiera con palabrerío, siempre digo todo lo siento, sin miedo a la réplica. Al fin y al cabo, no hay nada como que te dejen las cosas claras, sinceridad lo llaman. La mayoría de las situaciones a las que nos enfrentamos en el día a día son cuestión de actitud y teniéndola de una forma positiva todo sale.  Ahora bien, nosotros elegimos cómo vivir, cómo actuar, cómo continuar, cómo solventar. Todo ello está en nuestras manos.

En definitiva, yo hago lo que me place, que siempre y cuando no haga daño a nadie es la mejor opción para tener una vida plena. Viviendo así la vida es más fácil, más cómoda, menos monótona y sin duda más Feliz. Nada de compromisos, nada de acatamientos, nada de obligaciones. Exclusivamente mi mundo y yo, ése que construyo día a día sin saber que me depara el mañana porque, entre otras cosas, tampoco me preocupa. Nunca he sentido incertidumbre por mi futuro y prefiero que la vida me sorprenda, como ha hecho en tantas ocasiones.