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04:48h. sábado, 24 de octubre de 2020
El dolor puede darse de carácter sensorial o emocional. El sensorial es el que debo de decir que tengo el umbral bastante alto ya que ni lo siento, pero en este no me voy a basar hoy. Ésta reflexión va del emocional.

El dolor emocional era un sentimiento desconocido para mí hasta hace un año y 3 días. 3, las mismas noches que pasé a tú lado antes de que te fueses para no volver PAPÁ. El dolor llegó a mí sin pedir permiso cuando creía que no cabía en mi vida. Arrasó mi mundo. Lo descubrí y sentí por primera vez en ese instante de pérdida. Desgarra el corazón y aprieta el alma hasta estrangularla, cala en los huesos hasta dejarte exhausta. No puedo definir ni cuantificar el grado de sufrimiento de ese día y de los que han ido llegando después.

El dolor es duro, fuerte, resistente, acaparador y dañino. Es extremo, tanto que no lo puedo describir de una forma precisa. Desgasta. Cuando lo sufres sientes morir por dentro tu alma, ella se desvanece y en ese instante nada importa, nada existe, solamente el suceso que te lo haya causado. Es de esos sentimientos que al imaginarlos nada que ver con la realidad, en esta ocasión la realidad supera con creces la imaginación.

Durante 3 años, los que duró su enfermedad no renuncié ni un solo día a pasarlo junto a PAPÁ. Miento, en ese transcurso de tiempo me ausentaba cuando viajaba de vacaciones una vez al año, las otras vacaciones las compartía con él y mamá. Les regalaba un viaje y lo disfrutábamos juntos. Mi regalo en esos años fue tiempo, ese que sabía que algún día se acabaría juntos. Tiempo compartido de partidas de dominó infinitas y estrategas. Tiempo de paseos y helados en el Puerto.

 Ahora regalo tiempo a la gente que quiero. Algo tenía que aprender de esta situación que llegó como un torbellino tan inesperado como la pandemia del 2020.

Él pura vida, la persona más fuerte y vital que he conocido. Qué irónica la vida, cuando sabes que te vas a ir más ganas de comerte el mundo. Esto fue lo que le pasó a él. No quería parar.
Fue quién me creó y crio junto a mamá, el motor de mi vida en su último aliento y a la vez el que me lo dejó sin gasolina.

Esta reflexión no deja de ser un homenaje dirigido a tí PAPÁ, al hombre que me regaló un mundo, a la fuerza, vitalidad, constancia y amor. Ese que sentías tan inmensamente hacia nosotros, tu mujer, hijos y nietos que te llevaba a ocultar el dolor para no hacernos sufrir. Ese que siento hacia tí de una forma tan intensa que me conduce a no superar tu pérdida. Nos dejaste un legado increíble, una gran familia llena de amor del bueno. 

Nos enseñaste a luchar sin caer, a amar de forma incondicional, a respetar, a ser optimistas, pero sobre todo nos enseñaste a vivir. Gracias a tí descubrí que “La vie est Belle” porque aún en los peores momentos lanzabas una sonrisa de agradecimiento a la vida por seguir estando.

Simplemente quiero pensar que el dolor que siento sea compensado en la misma proporción de felicidad que me está por llegar.
PAPÁ te quiero tanto que te necesito.

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