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20:15h. jueves, 02 de julio de 2020
Con mis letras no pretendo que volvamos a un confinamiento, de hecho, soy la primera que no tiene reparo en hacer, lo ya permitido por fases, ahora bien; con respeto, con control, con empatía y con ganas, con muchas ganas de que todo vaya a mejor pero no de la forma más rápida sino de la más segura.

Súbitamente la vida hace Chas! Y avanzamos de estar dos meses confinados en casa a darte un baño en el mar, hacer un pateo, ir de tapas, centros comerciales abiertos, reuniones masificadas y vuelos completos de pasajeros sin que nadie controle ni prohíba absolutamente nada.  En fin, cerramos los ojos y abrimos las puertas, desplegamos las alas y abandonamos el respeto, olvidamos el pasado e ignoramos el futuro, queremos libertad y descuidamos la seguridad.

A mí todo esto se me asemeja como cuando sacas la tortilla del sartén, y sin que aún haya cuajado bien el huevo, la cortas para comer y te das cuenta que no está bien hecha, el huevo está crudo y ahí piensas que necesitaba unos minutos más, sólo unos minutos para la perfección. Un símil pasa con el desconfinamiento que hierve en 3 segundos en fuego de inducción cuando necesita cocerse a fuego lento, un poco más de tiempo.

Con todo esto yo no sé si siento incertidumbre, no sé si miedo, no sé si rabia, no sé si incluso dolor, lo que sí tengo claro es que siento tristeza, esa que me genera la mala memoria que sufren la mayoría de las personas hacia lo sucedido en gran escala hace escasamente unas pocas semanas y que no obstante sigue sucediendo en menor medida hoy en día. Sólo espero y deseo que esta amnesia que sufren pase pronto y empiecen a respetar o como mínimo empatizar con los apaleados emocionales de esta pandemia.

Somos muchos los que durante este confinamiento y a raíz del mismo seguimos sufriendo el daño colateral, no se va a olvidar y no se va a dejar de sentir el dolor de no poder acompañar a un familiar en su último suspiro, no poder proporcionarle un entierro digno de una vida pasada, la imposibilidad de visitar a un familiar que está en un centro o un hospital cuando ya no distinguen el día de la noche, no poder abrazar a los nuestros porque son personas de riesgo, y si mencionamos la economía se me podría desgarrar el alma cuando veo las colas de familias esperando por una bolsa de alimentos.

Este ha sido el precio a pagar con esta pandemia, caro, muy caro, extremadamente caro y tiene ese coste por un motivo, porque lo estaremos pagando el resto de nuestras vidas. Hipotecados sentimentalmente por una eternidad.

Con mis letras no pretendo que volvamos a un confinamiento, de hecho, soy la primera que no tiene reparo en hacer lo ya permitido por fases, ahora bien; con respeto, con control, con empatía y con ganas, con muchas ganas de que todo vaya a mejor pero no de la forma más rápida sino de la más segura.
No se puede obviar lo que sucede en el mundo, lo que podemos vivir en breve de primera mano, lo que han pasado miles de personas. Tenemos un Mundo que cuidar, que reparar, que valorar. Debemos de ser más humanos, más conscientes, mirar por todos. Ya lo estamos pagando, queremos abaratar el coste o elevarlo aún más.

Salimos a la calle y ahí estamos; mascarilla blanca, azul, homologada quirúrgica, higiénica, gel desinfectante en el bolso y huyendo de la gente dos metros, esos que nos separan del virus. La mascarilla, esa que tenemos que llevar por imposición, esa que nos oprime, que no nos permite pasar el aire, esa que hace que respirar sea una odisea, esa que hace de barrera entre un contagio más o uno menos.
Piensen, ¿Queremos que la vida sea más cara? ¿máscara?