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04:20h. sábado, 24 de octubre de 2020
Mi preferida, la sonrisa encantadora, como si de un cuento de hadas se tratase va dirigida únicamente a ti y una única vez.

Uno de los gestos más reconfortantes y agradables que tenemos la oportunidad de dar y recibir es la sonrisa. Ese ademán en el que levantamos la comisura de los labios brevemente hacia arriba y provocamos en muchas ocasiones sentimientos de alegría en los demás. Hay varios tipos de la misma, unas son puras porque desprenden felicidad y satisfacción, otras ira y falsedad.

Está la sonrisa cómplice, ésa que entrecruzas con alguien de tú confianza reafirmando que están de acuerdo con lo que están visionando o escuchando en ese momento. Éstas son cálidas y copartícipes.

La sonrisa laboral  es la que ofreces a los clientes, sin importar a quién va dirigida, una sonrisa en ocasiones fingida cuando el que la recibe no te aporta ni transmite nada. Lo mismo haces tú al mostrarla, la que ofrecemos por imposición social. Éstas son impersonales.

La sonrisa comprometedora  va destinada a personas en el instante en el que las conoces, por cordialidad, sin valorar siquiera a dónde te llevará esa presentación. Son falsas y frías en ocasiones. Podría puntualizar que es la que no utilizo a menos que dicha persona de primeras me dé buena vibra. Lo fingido lo utilizo solamente en un apartado de mi vida y es en mi puesto de trabajo. Obvio atención al cliente lo llaman, buena presencia también.

Sonrisa empática que significa estoy contigo, te entiendo y te comprendo. Es simple y al que le llega la recibe desde el alma y el que la expresa lo hace con el corazón. Tierna, dulce y simpática.
Ahora viene una de las buenas, la sonrisa irónica, la contraria a todas las demás. La damos de forma retórica, transmitiendo a la otra persona que de cierto modo no estamos de acuerdo con lo que se dice o hace, mostrando ignorancia y burla hacia alguien. Ideal para aquellas personas que nos intentan vacilar o sentirse superiores. Es dañina y motivadora a partes iguales y, cuando sale el que la da se siente satisfecho.

Mi preferida, la sonrisa encantadora, como si de un cuento de hadas se tratase va dirigida únicamente a ti y una única vez. Dos personas se ven por vez primera y sus miradas se cruzan, la silueta se dibuja en sus labios de forma equivalente al mismo tiempo. Esa es la sonrisa que enamora, es la mejor, no sé si es porque soy una romántica empedernida de esas que viven por y para el amor. Soy de las que creen que existe un amor puro y eterno.

Por ello esta sonrisa me crucifica, si la regalo y es recíproca, estoy perdida. Esta es pura y real, tiene una mezcla de sensualidad, chispa, misterio, curiosidad, dulzura y sinceridad en una. Es la que revela intenciones a la vez que incita al querer conocer a esa persona y ahí comienza la técnica del inspector.

Quieres saber sobre esa persona, presentarte, buscarla en redes, preguntarle a los amigos, lo que sea con tal de volver a revivir ese instante, ese único instante en el que una sonrisa te enamoró y tiene el poder de quedarse retenida en tu mente por un largo espacio de tiempo.

Después de todo esto viene lo que son risas. Jolgorio y jarana de la buena. Por un chiste, un suceso, una serie o película, por complicidad, motivos varios las producen. Son risas lo que nos produce una felicidad inmensa, en ocasiones lloramos por ellas, celebramos e incluso al día siguiente nos duele la barriga por las mismas, pero qué placer tan grande reír a borbotones.

Son risas algo placentero y satisfactorio que nos da felicidad. Compartida con familiares, amigos, compañeros de trabajo. Son risas lo que nos une más si cabe.
Dicen que la risa alarga la vida. Bendita alegría que nos hace perdurar en el tiempo.