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domingo, 14 de agosto de 2022 00:00h.

Interior traslada a Torres Baena a una cárcel de Valladolid y le impone el régimen cerrado

Instituciones Penitenciarias le retira el segundo grado y le asigna el primero, aplicado a los casos de peligrosidad extrema o inadaptación grave.

La Dirección General de Instituciones Penitenciarias del ministerio del Interior ha retirado el segundo grado – régimen que tiene la gran mayoría de los internos en las prisiones españolas- a- a Fernando Torres Baena, condenado a 302 años de cárcel por el caso Kárate de abuso a menores. Además ha ordenado su traslado desde la cárcel de Las Palmas II, en Juan Grande (Gran Canaria), a la de Villanubla, en Valladolid.

Según han informado a Canarias Ahora fuentes judiciales, Torres Baena volverá a tener, a partir de ahora, un régimen de primer grado o cerrado, que se aplica a los presos solo en los casos de peligrosidad extrema o de inadaptación grave y manifiesta al régimen ordinario. Esto significa que el profesor de artes marciales permanecerá encerrado en su celda 22 horas al día, con salidas individuales al patio de dos horas.

Además, sus comunicaciones estarán sometidas a vigilancia y no podrá disfrutar de actividades lúdicas como los internos de segundo grado. La Audiencia de Las Palmas condenó en marzo de 2013 al principal imputado en el caso Kárate, Fernando Torres Baena, a 302 años de cárcel, como autor de 35 delitos de abuso sexual y otros 13 de corrupción de menores.

La Sala consideró probado que Torres Baena se comportó con los alumnos de su academia de artes marciales como “un depredador sexual” y organizó con ellos “auténticas orgías” sin importad su edad o género.

Así consta en los hechos probados de la sentencia, que constata que Torres Baena, ex campeón nacional de kárate, se aprovechó de su “condición de héroe deportivo” y de su “ascendencia emocional” sobre sus alumnos, muchos de ellos menores de edad, para “doblegar su voluntad” y satisfacer con ellos sus “deseos lúbricos”.

Baena: el cuento del mentiroso

Marzo 2013. Micky F. Ayala coautor de La Secta del Kárate.

Lo que nunca calibró Torres Baena fue que con tanto método deportivo, con tanta práctica sexual, tantas comidas de tarro y chantajes, una niña de apenas 14 años le pusiera contra las cuerdas y acabara denunciando unos hechos por los cuales Torres Baena, el gran maestro, el urdidor y amante sobresaliente, el eterno mentiroso, acabara condenado a más de 300 años de cárcel.


Esgrimir que Fernando Torres Baena ha cometido abusos sexuales por haber sido él mismo víctima cuando era menor resulta, cuanto menos, ridículo. La maquinaria puesta en marcha por el entrenador de kárate para satisfacer sus apetencias sexuales revela un engranaje sofisticado que se fue gestando durante décadas hasta alcanzar, en los últimos quince años, un grado de perfeccionamiento terrorífico en el cual cada pieza, es decir, cada víctima, tenía un papel imprescindible dentro del grupo sectario que el maestro sensei ideó, primero utilizando a su esposa, en la década de los ochenta, y posteriormente, cuando se divorcia de ésta, con la ayuda de María José González Peña e Ivonne González Herrera, declaradas culpables por la sala del tribunal que durante diez meses juzgó a los tres –y a Juan Luis Benítez, puesto en libertad, aunque el abogado de las víctimas advierte que recurrirá ante el Tribunal Supremo dicha sentencia.

El principal responsable de la secta del kárate, a quien describen los especialistas forenses como un gran mentiroso, un individuo capaz de llevarse a su terreno a sus interlocutores a base de discursos efectistas, falsas muestras de cariño y buenas maneras, demuestra en su periplo delictivo que nada de lo ocurrido a lo largo de 35 años ha sido casual: Torres Baena fue eliminando de su entorno a quienes podían suponer un problema en la construcción de lo que definía como la familia, su grupo especial de alumnos y alumnas, los más bellos y con mejores condiciones físicas, que eran quienes acababan visitando con mayor frecuencia el chalé de la playa de Vargas, en Gran Canaria, ese punto neurálgico dentro del espantoso universo del afamado karateka.


Fernando Torres Baena exige a su primera esposa, cuando ésta no tenía aún ni 18 años, mantener sexo con otros hombres porque con ella no se sentía satisfecho. A base de chantajes y humillaciones, el deportista, con apenas 23 años, inicia a su pareja en prácticas sexuales abiertas donde ella era el cebo para atraer a jóvenes deportistas que mantenían relaciones sexuales con ambos, en especial con Fernando, mucho más activo que su mujer.

Cerca de una década después, cuando su casa y sus gimnasios en Las Palmas de Gran Canaria se habían convertido ya, por obra y gracia suya, en una especia de lupanar del siglo XXI, descubre que su primera mujer, con la cual ya tiene dos hijos, resulta un estorbo para sus objetivos sexuales: ella cada vez se siente menos querida, más utilizada por Torres Baena; sabe que sólo es una pieza dentro del engranaje ideado por Fernando y, cuando llega María José González al entorno de sus gimnasios, descubre que su marido empieza a desplazarla con el nuevo fichaje de la joven María José.

A diferencia de su esposa, la deportista, embelesada por el poder de seducción que desprende el maestro karateka, resulta menos problemática a la hora de convertirse en cómplice imprescindible de las conductas sexuales promovidas por Torres Baena y sus acólitos, entre ellos, presuntamente, Juan Luis Benítez Cárdenes, quien ha sido puesto en libertad pese a los testimonios que le sitúan como un personaje clave en este suceso.

Ivonne González tampoco es una pieza sin importancia ya que se convierte, junto a María José, en otro gancho para atraer a chicas y sobre todo chicos a la cama del maestro karateka. Alguna víctima se negó incluso a practicar sexo con ella, “porque no estaba buena”, argumentaban en sus declaraciones, pero Torres Baena les insistía en que “acostarse con alguien que no te gusta” forma parte del entrenamiento; “¿Cuántas chicas se han acostado contigo y tú no les gustabas?”, les convencía el dueño de los gimnasios. Y tanto que los convencía.

Asimismo, además de que el grupo que lideraba la familia de Torres Baena ofrecía a los menores una actividad sexual que en muchos casos a las víctimas les podía parecer atractivas, al tratarse de adolescentes con las hormonas como una olla a presión, el entrenador y sus dos cómplices femeninas (y algunos también señalan a Juan Luis Benítez, aunque ha sido declarado inocente) promovían una serie de contactos sexuales en los cuales implicaban a un mayor (uno de ellos tres), un adolescente con cierta experiencia y un menor, novato, logrando así que el más pequeño se sintiera cómplice del mediano quien, a su vez, disfrutaba de un modo más pleno de esos encuentros sexuales cuyo objetivo final era alcanzar la cama de Torres Baena con la mayor predisposición posible.


Fernando Torres Baena exige a su primera esposa, cuando ésta no tenía aún ni 18 años, mantener sexo con otros hombres porque con ella no se sentía satisfecho. A base de chantajes y humillaciones, el deportista, con apenas 23 años, inicia a su pareja en prácticas sexuales abiertas donde ella era el cebo para atraer a jóvenes deportistas

Este detalle se suma a otra táctica muy habitual del maestro sensei: juntar en tríos, cuartetos u orgías a chicos y chicas con lazos familiares entre ellos. Hermanos y primos compartieron cama a lo largo de muchos años, llegando incluso a practicar sexo entre ellos o con otros, aunque con su familiar siempre presente. El objetivo era generar una complicidad enorme que, a su vez, implicaba mantener ese gran secreto de cara a padres y al resto de familiares, posiblemente por la vergüenza que les daría a los chicos y chicas relatar esos delicados encuentros sexuales.

El ejemplo más evidente de este tipo de comportamiento lo encontramos en los tres hijos del entrenador, que han sido mencionados en distintas citas sexuales por buena parte de las víctimas, aunque ellos niegan de manera tajante dichos actos. No obstante, pese a sus argumentos, la sala que juzgó a Torres Baena le considera culpable de un delito de corrupción de menores en la figura de su hijo menor, desmontando la tesis del maestro karateka y su entorno.

Borracho de éxito, después de varias décadas de comportamiento sexual desenfrenado con niñas y niños cada vez más pequeños, Torres Baena es normal que se sintiera dios, “el sol” que les decía a sus alumnos/víctimas, que eran “los planetas”, según explicaba él. Su seguridad, el creerse realmente que sus planteamientos deportivos-sexuales eran sanos, normales y hasta positivos para el desarrollo de los alumnos, le lleva a declarar ante los forenses que había ideado un tipo de entrenamiento afectivo-sexual; en una muestra más de su soberbia, trataba, de un modo u otro, demostrar a los psiquiatras que le estudiaban que él estaba por encima de todos, incluidos los especialistas.

Lo que nunca calibró fue que con tanto método deportivo, con tanta práctica sexual, tantas comidas de tarro y chantajes, una niña de apenas 14 años le pusiera contra las cuerdas y acabara denunciando unos hechos por los cuales Torres Baena, el gran maestro, el urdidor y amante sobresaliente, el eterno mentiroso, acabara condenado a más de 300 años de cárcel mientras él, en su imaginación, elaborase una nueva teoría para justificar por qué se produjeron decenas de denuncias contra él y sus acólitos.