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09:56h. viernes, 07 de agosto de 2020

El jardín de Juana Lola, “Una parte del Paraíso en un Desierto”

Años de trabajo, constancia y el cariño por las plantas que siente  Juana Lola,  han hecho que este rincón de Hermigua sea, sin duda, un espacio singular con los que cuenta el municipio.

El jardín es el ámbito en el que la naturaleza aparece sometida, seleccionada, cercada. Trabajado sin esperar nada a cambio, tan sólo, disfrutar con los sentidos aquello en lo que se invierte ingentes horas de trabajo pero que se van desgranando, como es el caso de esta vecina de Hermigua, como un pasatiempo; algo que crea para su regocijo y evidentemente para el resto de las personas que, gratuitamente pueden admirar este trozo de “Paraiso” en una "inmensidad desierta".

Así son y así era esta porción de tierra de las laderas que encierran el pequeño barrio de Llano Campo en Hermigua; un desierto donde, desde hace bastantes años, Juana Lola, como es conocida esta vecina de la localidad, comenzó la difícil tarea de dotar al lugar cercano a su casa de un exuberante jardín, algo que con el paso de los años, la constancia y el cariño por las plantas, ha conseguido materializar.

Acercarse por el lugar, sobre todo en días de verano,  es como, reposar en un Oasis de un tórrido desierto; un espacio que invita a “respirar” antes de proseguir el camino. Una hilera de palmeras canarias es, a modo de vallado natural, la delimitación con este espacio ajardinado de la carretera que asciende sinuosa hasta perderse en la altitud y lejanía de las laderas circundantes; vía de acceso a otros espacios del municipio como la emblemática Playa de la Caleta

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En él se entremezclan, casi sin orden establecido, más bien imitando a la naturaleza salvaje, las Hayas, helechos, violetas de La Palma, rosales y algún que otro ficus e “hibiscus”  que, con su peculiar mezcla de colores y tonalidades contrastan con los marrones y ocres de los alrededores.

Juana Lola, durante estos años, nada ha esperado, nada ha pedido; tan sólo ha disfrutado viendo como su trabajo le recompensa cada mañana cuando, desde su terraza y al compás del nacimiento de un nuevo día, admira extasiada su “creación” y quizá en su pensamiento, de ese pequeño Paraíso que la rodea, imagine como Adán y Eva  pudieron verlo en la primera mañana de su vida. O parecido.